Holanda negra

Por Federico Larsen|

Las elecciones en los Países Bajos sirvieron para medir el clima político europeo. La extrema derecha no dio el batacazo en los resultados de este miércoles, pero fuera de las urnas va ganando en todo el continente.

Zwarte Piet, o en castellano, “el Negro Pedro”, es uno de los personajes más controvertidos de la cultura neerlandesa. Cada año por su culpa explota la discusión acerca del grado de racismo que habita las costumbres de los holandeses. “Pedro el negro” no es otro que el ayudante de San Nicolás que, según la tradición, llega cada 5 de diciembre desde España a los Países Bajos en su barco a vapor para entregar juguetes a los niños que se han portado bien durante el año.

Del nombre original del festejo en holandés, Sinterklaas, surgió en EE.UU. el más conocido en inglés, Santa Claus. “Si te portas mal voy a llamar al ‘Negro Pedro’”, repiten amenazantes las madres holandesas a sus hijos traviesos hace generaciones. Y en el desfile que acompaña cada año la festividad, hombres blancos, con la cara pintada de negro, una peluca afro y los labios rojo fuego, interpretan al personaje del “Negro Pedro” en lo que muchos consideran una parodia de mal gusto del pasado colonial y racista del país. En más de una ocasión la policía dispersó manifestantes que protestaban contra lo que entienden es una ofensiva ridiculización discriminadora. “Pero es nuestra tradición”, replican millones de holandeses.

La polémica sobre el “Negro Pedro” es bastante representativa del debate político que llega desde los Países Bajos y, en cierta medida, parece respirarse en toda Europa. Inclusive se coló en la campaña electoral, a fines de 2016, cuando el ultra-conservador líder del xenófobo Partido de la Libertad, Geert Wilders, aseguró que prohibir la presencia de Pedro en los desfiles “sería vender la libertad duramente ganada”. Son las piruetas argumentativas que tanto éxito le han dado a la extrema derecha europea: en defensa de nuestras libertades y tradiciones, hay que luchar contra las libertades y tradiciones de quienes quieren cercenarlas. Migrantes, musulmanes, cabilderos europeos e izquierdistas. Todos culpables de querer cancelar a nuestro Pedro el Negro. Y la discusión tan rica, que cuestiona las raíces mismas de la construcción del poder en Europa, se diluye rápidamente.

La delgada línea del enemigo público se vuelve así trinchera. Y en la batalla, el cansancio y hastío por un presente de crisis, de trabajo precario y falta de oportunidades, forman hombres y mujeres dispuestos a pelear por defender “lo suyo”.

Para las elecciones del miércoles había en los Países Bajos 81 partidos inscriptos y 26 fueron habilitados para los comicios. Con un sistema que otorga uno de los 150 escaños en juego a quienes logren conseguir tan sólo el 0,67% de los votos, la dispersión política es inevitable. Lo demuestran los resultados del 15 de marzo. La única forma de que Holanda pueda tener un gobierno estable es que al menos cuatro partidos se coalicionen con ese fin, y armonicen cuatro programas con claras diferencias de perspectiva. Exactamente lo que cansó y hastió.

Pero la fortuna del liberalismo europeo actual es la de contar con contendientes torpes y ruidosos (Trump, Wilders, Le Pen, Erdogan, etc…) fáciles de poner de advertencia de lo que vendría si se desvía el sendero que ellos vienen trazando hace sesenta años.

Y así se salvan las tradiciones. La de la connivencia entre partidos conservadores y socialdemócratas unidos ya en matrimonio en el altar de la gobernabilidad. La de negar el conflicto, invisibilizar movimientos sociales, marginar a las minorías. La de aplastar las alternativas sociales con represión o imposiciones en nombre del orden y el progreso.

Y las elecciones holandesas, que abren un año electoral muy cargado en Europa (abril en Francia y Serbia, mayo en Reino Unido, Septiembre en Noruega, Alemania y Portugal), marcaron un rumbo continental bastante claro.

Aunque la extrema derecha no haya logrado el batacazo que esperaba en los resultados de las elecciones de ayer, hay un ámbito en el que, de a poquito, ya ha ganado. Pedro, el negro esclavo y sucio, que fue un demonio hasta que el buen -y blanco- San Nicolás, obispo de Moya, lo derrotó y convirtió en su ayudante, parece tener asegurados aún muchos paseos en las calles para el deleite de los holandeses. La vieja Europa no aceptará cuestionamientos a sus tradiciones en estos tiempos, sino que verá como mantenerse en pie sin que éstas pesen demasiado.