Temer o la política que asusta

Las playas de Copacabana. Ph. Juan Ignacio Aréchaga

Por Juan Ignacio Aréchaga |

Medio rostro de Lula a la izquierda y medio rostro de Jair Bolsonaro a la derecha. A política que assusta. Así fue la tapa de la famosa revista brasileña Veja de noviembre. La misma que vilipendió la imagen de Dilma Rousseff y contribuyó a su desenlace. Un juego editorial que rememora la política de “contra los dos extremos”, que enunciaba el periódico O Globo cuando aún era solo un periódico, allá por los años ‘30 para exigirle a Getúlio Vargas que se alejase tanto del fascismo representado por los integralistas como del Partido Comunista. De este modo, hoy el establishment brasileño intenta encauzar la crisis política –no tanto económica, ya que parece despertar de su recesión– con la búsqueda de un candidato pro mercado, mientras que el Supremo Tribunal de Justicia le cierra las rejas a Lula y el PT dice no tener plan B.

Con su poderosa red de intercambio de favores, el presidente Michel Temer logró sostenerse en el gobierno con una caída de su imagen que alcanza al 6 por ciento de aprobación, inédita en la historia de Brasil. “Ha sabido darle a cada diputado lo que cada diputado necesita”, esgrime el investigador del CONICET Ariel Goldstein en diálogo con OM. “La gran mayoría de los partidos que existen no tienen principios ideológicos sino principios pragmáticos, que Temer aprovecha ampliamente”, explica en relación a la alicaída democracia, su sistema multipartidario y su endeble sistema proporcional de elecciones legislativas, que permitió la formación del Congreso que destituyó a Dilma al grito de “por Dios, la patria y la familia”. Es decir, sin mayores argumentos.

Representado como un vampiro corrupto al cierre del carnaval de Río de Janeiro, Temer consiguió llevar adelante una reforma laboral fuertemente regresiva y la aprobación del Proyecto de Enmienda Constitucional (PEC), un mecanismo que congela la inversión social por 20 años al vincularla al índice inflacionario, el cual se estima que irá en descenso. Y coquetea con una posible reelección, aún cuando se le apilan las denuncias por corrupción, impulsadas principalmente por las delaciones del empresario Joesley Batista, que acaba de salir de prisión. Causa que, si bien buscó desestimar, se incluye dentro de los motivos que lo llevaron a militarizar Río de Janeiro, como un guiño a las políticas de mano dura que lo ponen al militar ultra conservador Jair Bolsonaro segundo en las encuestas.

“Obtiene su legitimidad de la colaboración con las corporaciones”, afirma Goldstein para explicar el devenir del líder del PMDB. Sin embargo, aclara que no se trata de un bloque monolítico; por el contrario, diversos sectores como la Federación de Industrias del Estado de San Pablo presionan al gobierno porque consideran que las reformas son insuficientes. Lo cual explica que medios como O Globo apoyen las medidas de Temer y, a la vez, impulsen la imagen de nuevos candidatos. Todos pro mercado.

En busca del Macron brasileño

Congraciados con los amplios triunfos del candidato outsider Emmanuel Macron en Francia, reivindicado por una gran parte de la prensa, Brasil busca su Macron. La Red O Globo tira sus fichas e impuso, en una primera instancia, la candidatura de Luciano Huck, un conductor televisivo del oligopolio. Sin embargo, Huck dimitió a la misma, en parte por la difusión de una fotografía que lo muestra en un yate de lujo con el ex prisionero por corrupción Joesley Batista. El Tinelli brasileño se desinfló en el aire y la O Globo salió a impulsar a Rodrigo Maia, el presidente de la Cámara de Diputados, tras asumir luego de la destitución de Eduardo Cunha, el instigador del impeachment a Dilma y con una condena a 15 años de prisión por haber recibido US$ 1,5 millones en sobornos de Petrobras.

Geraldo Alckmin, Gobernador del Estado San Pablo, y João Doria, alcalde de la ciudad de San Pablo, ambos del PSDB, pelean también en el lote de los que no llegan a los dos dígitos en intención de voto. No obstante, el PSDB, que apoyó con idas y vueltas al gobierno de Temer, puede desempeñar un papel importante si se tiene en cuenta las elecciones municipales de 2016 en las que ganó siete capitales de Estado.

Por último, Marina Silva, ex-candidata presidencial por el Partido Verde, hoy representa a Red Sustentabilidad (REDE) y tiene una intención de voto de alrededor del 8 por ciento. Mientras que otro de los candidatos que más fuerte se encuentra sonando es el ex presidente del Banco Central durante el gobierno de Lula y actual Ministro de Finanzas, Henrique Meirelles (PSD). Los analistas coinciden en que tiene una buena imagen pero escaso conocimiento.

El laberinto del PT

Las elecciones municipales pasadas mostraron un retroceso sustancial del PT. La apatía se tradujo en votos nulos, abstencionismo y en una disminución de su enorme caudal de votos, quebrando su largo ciclo de victorias. En semejanza al proceso abierto en las elecciones pos destitución de Fernando Lugo en Paraguay, con la ruptura de la alianza de gobierno, el partido depuesto no volvió a convencer tan rápido a la ciudadanía. Sin embargo, el caso brasileño presenta una característica extraordinaria: Luiz Inácio Lula da Silva. Uno de los políticos más fundamentales de la historia brasileña y latinoamericana, equiparable a los grandes líderes del siglo XX.

Mas, tras la decisión de un juez del Supremo Tribunal de Justicia de denegarle el habeas corpus para impedir su arresto, incluso en el PT evalúan como probable que este ocurra. Dilma Rousseff es contundente en su retórica de golpe continuado, y afirma que el partido no tiene un plan B porque sería hacerle el juego a los sectores que la depusieron y buscan su lugar de cara a las elecciones de octubre. Las incógnitas se multiplican.

En caso de que el líder más popular de Brasil sea encarcelado, o cuanto menos inhabilitado a competir en las elecciones, ¿es transferible la pasión que despierta Lula? Una pregunta de larga data en las ciencias sociales, que la historia ha demostrado en varias oportunidades que no es así. A la vez, eso se preguntan los probables candidatos del PT, Fernando Haddad y Jaques Wagner. Como también se lo pregunta el precandidato Ciro Gomes, del PDT, otra de las grandes fuerzas progresistas de la historia brasileña, absorbida y opacada en el siglo XXI por el PT.

Por otra parte, el discurso de un Lula proscripto no tiene quién lo escriba. Al decir de Goldstein: “Hoy no hay medios tradicionales que defiendan una voz alternativa, más allá de algunas revistas de escasa circulación en relación a la cantidad de población”. Si bien se sabe que no es un requisito sine qua non, como lo comprendió Dilma al rechazar impulsar un proyecto de ley que democratice el mapa de medios a partir de las sucesivas victorias electorales que obtuvo su partido, tal vez hoy se mortifique de esa decisión. Sobre todo cuando es la actual pionera de dicha retórica.

Apostilla: medios e historia 

Para comprender la idea de la búsqueda de un Macron brasileño, como si fuesen extrapolables las idiosincrasias del gigante sudamericano con el país del socialismo de Mitterrand y Hollande, cabe preguntarse por quién las enuncia o, directamente, promociona. Al respecto, Goldstein explicó a OM: “Los medios de prensa en Brasil defienden los postulados de la ortodoxia económica: defendieron el modelo de ajuste de Fernando Henrique Cardoso, el Plan Real; luego elogiaron al primer ministro de economía de Lula, Antonio Palocci, que era un ortodoxo; y actualmente encuentran un resguardo para con el gobierno de Temer, en la figura de Henrique Meirelles”.

En su libro Prensa tradicional y liderazgos populares (Ed. A contracorriente, 2017), Ariel Goldstein analiza los editoriales de los periódicos O Globo y O Estado de S. Paulo durante dos períodos históricos distintos: el segundo gobierno de Getúlio Vargas (1951-1954) y el primer gobierno de Lula da Silva (2003-2006). Y explica por qué la elección: ambos tuvieron presencia en los dos períodos, continuaron perteneciendo a las mismas familias –los Marinho para O Globo y los Mesquita para O Estado de S. Paulo–. A la vez, en un país caracterizado por los regionalismos, O Globo tuvo una particular relevancia en Río de Janeiro en los ’50 cuando capital política del país; mientras que O Estado de S. Paulo fue representativo de la visión de las élites paulistas, donde se encuentran los mayores capitales de Brasil y los poderosos espacios de influencia político-corporativos. Parte de su tesis fundamenta que ambos periódicos mostrarían afinidad en la creación de estereotipos descalificadores hacia aquellos actores que aspiraban a introducir reformas sociales, como João Goulart durante su estadía en el Ministerio de Trabajo en el gobierno de Vargas, o el Movimiento de los Sin Tierra (MST) durante el gobierno de Lula.

Luego de apoyar fervientemente el golpe de Estado contra Goulart en 1964, las empresas periodísticas tuvieron un período de congratulación con el régimen militar. Así fue hasta que este sofocase la palabra pública y en 1974 asumiese el militar Ernesto Geisel con una pretendida apertura, y utilizase a la prensa para atacar la línea continuista de los militares. A su término, se produciría la campaña Directas Ya –retomada hace poco por el PT–, en la que la prensa sostendría una posición ambigua. Para este entonces, el nivel de concentración mediática tendría la característica de oligopolización que se mantiene hasta hoy, “que involucra una trama densa de relaciones con las élites políticas regionales: unos pocos grupos familiares detentan la propiedad cruzada de los principales diarios, revistas y canales de televisión”. Y continúa: “Los periódicos más importantes, dirigidos a las élites, la clase media urbana y los formadores de opinión, tienen circulación especialmente en el eje Río de Janeiro-San Pablo, a diferencia de la masiva audiencia nacional que posee la televisión en el sistema de medios.”

Una muestra del poderío de la red O Globo, el mayor multimedio de Sudamérica, es la injerencia del grupo en el gobierno de José Sarney (1985-1990), a través de su ministro de Comunicaciones, Antonio Carlos Magalhaes, en lo que se conocería como “coronelismo electrónico”. Esto es la articulación de intereses entre las oligarquías estatales y los imperios mediáticos locales, que consolidaría el poder actual de los grupos oligárquicos sobre las radios, las señales televisivas, los periódicos y las revistas. La moneda de intercambio de favores de la época, del sistema político brasileño acuñado en la Constitución de 1988, impulsado por la O Globo, fueron las licencias de radiodifusión. Para OM, Goldstein simplifica: “Tiene un gran poder. Por ejemplo, puso al ministro de comunicación de Sarney; eso está demostrado. Y realmente es muy difícil gobernar contra O Globo.”

El espeluznante

Iban 235 votos positivos vs. 82 votos negativos cuando llegó un votante particular, de esos que dejan olor a azufre cuando se van. De traje azul oscuro y peinado engominado al costado, Jair Bolsonaro disparó: “Por la familia, la inocencia de los niños en las aulas, que el PT nunca tuvo, contra el comunismo, por nuestra libertad en contra del Foro de São Paulo, por la memoria del Coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, por el pavor de Rousseff, el ejército de Caxias, las Fuerzas Armadas, por Brasil encima de todo y por Dios por encima de todo, mi voto es sí”. A los argumentos de la familia, la patria y Dios, el diputado Bolsonaro le agregaba la memoria del torturador de Dilma al momento de destituirla. Si la clase política buscaba mostrar el impeachment como una transición democrática, Bolsonaro se encargaba de vociferar en nombre de los militares, la dictadura y los torturadores.

“El mejor delincuente es el delincuente muerto”, ha dicho el diputado que se encuentra segundo en las encuestas, con una intención de voto del 17 por ciento, más del doble de la mayoría de los candidatos que vienen detrás.

Hasta entonces de escasa trascendencia, este ex militar que se engulle del discurso de mano dura más burdo y falto de argumentos, es síndrome de la crisis política que atraviesa Brasil. Incluso el empresariado brasileño disgusta de este ex paracaidista, aunque él mismo se encargue de afirmar que continuaría con la ortodoxia económica impulsada desde el gobierno de Temer. Si bien pocos creen que podría alcanzar entrar al Palácio do Planalto, el fenómeno Trump provoca que nadie lo diga con certeza.

En la ciudad del carnaval que se burló de Temer y denunció los constantes homicidios de adolescentes por parte de la policía y de policías por parte del narcotráfico –las últimas estadísticas de homicidios equipararon a Brasil con un país en guerra–, su discurso racista, misógino y homofóbico acapara público. Uno de sus cuatro hijos obtuvo cerca de un 10 por ciento de votos para diputado federal, mientras que otro de sus hijos fue el concejal más votado en las últimas elecciones, con propuestas como militarizar las escuelas públicas y desfinanciar la marcha por el Orgullo Gay.

Además de la apatía política y la deslegitimación del sistema político brasileño, una de las causas que pueden explicar el fenómeno Bolsonaro es la de un electorado mayoritariamente joven que no ha vivido la dictadura militar (1964-1985). Y, en este caso, el hecho de que no haya ningún condenado de los 376 militares y policías denunciados por haber cometidos delitos de lesa humanidad en el informe de la Comisión Nacional de la Verdad, creada por Dilma en 2012, da muestra de la desmemoria brasileña.