EEUU y su política exterior en año electoral

Por Francisco Castaño* & Federico Larsen** |

El 2018 se presenta como un año clave para la política exterior norteamericana. En buena parte debido a razones domésticas: en noviembre el país del norte renovará un tercio del Senado, la totalidad de la Cámara de Representantes y 39 gobernadores. Donald Trump deberá enfrentarse a las urnas en medio de una fuerte crisis de aprobación interna. Se calcula que entre el 50 y el 60 por ciento de los norteamericanos desaprueba lo hecho por esta administración a poco tiempo de cumplirse su primer año y medio de gestión. Y la política exterior parece ser uno de los frentes más débiles.

Sin embargo, en marzo, el presidente parecería haber decidido dar un golpe de timón, retornando a la línea original que cosechó una aceptación inesperada y que lo llevó a la Casa Blanca en noviembre de 2015. Dos aspectos clave pueden servir de ejemplo en este sentido: la política arancelaria sobre el acero y el aluminio, y el cambio de su secretario de Estado. 

Aranceles al acero y al aluminio

A comienzos de marzo, Donald Trump anunció el establecimiento de aranceles a las importaciones de acero (25%) y de aluminio (10%) por un “largo período de tiempo”, medida que entró en vigencia el viernes 23 de ese mes. Sin dudas, esta cuestión suma un nuevo capítulo a las disputas comerciales originadas por las políticas de Trump desde su llegada a la presidencia en EEUU, en consonancia con su propuesta electoral de America first.

Las subas de los aranceles para el acero y aluminio tienen su origen en el  “Informe 232” del Departamento de Comercio, que fundamenta que la importación de aquellos bienes afecta la “seguridad nacional”. A su vez, se aduce que China es el gran responsable del exceso de acero en los mercados internacionales, produciendo en un mes lo mismo que produce EEUU en un año.

Puede decirse que la justificación de las barreras arancelarias poco tiene que ver con los postulados de seguridad nacional “tradicionales” de cuño realista, basados en cuestiones de poder y capacidad militar. En este caso, en la defensa de la seguridad nacional, los EEUU de Trump han optado por proteger sistemáticamente a la economía nacional a partir de políticas comerciales defensivas, que tienen su correlato en la suba de aranceles en muchos bienes sensibles para los productores estadounidenses: además del acero y aluminio, lavadoras, paneles solares y biodiésel.

A priori, cada gobierno tiene la potestad de implementar la política comercial que más le convenga atendiendo a los objetivos e intereses en juego, tratando de atenerse a lo acordado en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC). En este caso, las medidas pergeñadas por el gobierno de Trump poco se adscriben a los principios que dieron origen al sistema multilateral de comercio que el propio EEUU supo abanderar, sistema que evidencia una crisis de magnitudes considerables tanto por las políticas proteccionistas que han implementado diversos países de peso en el comercio mundial como también por el fracaso en la Ronda de Doha de la OMC, todo ello en el marco de una economía internacional que todavía acusa el golpe de la crisis desatada en 2008.

Un panorama que también tuvo sus repercusiones en nuestro país. Considerando la importancia del mercado norteamericano para las exportadoras de acero y aluminio nacionales, el gobierno argentino actuó rápidamente para tratar de excluir al país de la suba de aranceles, en una búsqueda que ya tuvo su lado oscuro en el caso del biodiésel, cuestión que evidenció la esterilidad de la política de acercamiento impulsada por el gobierno de Macri desde su llegada a la Casa Rosada.

Las medidas impulsadas por Trump nuevamente afectarían a la Argentina, y especialmente a Tenaris (del Grupo Techint) en el acero y Aluar (única productora nacional) en el aluminio. Con base en datos de la Abeceb, al mercado estadounidense se destinaron el 11% de las exportaciones de aluminio y el 5% de las de acero del total exportado por Argentina en 2017, en un monto que superó los US$ 700 millones.

Las exportaciones argentinas representan solo 0,6% del acero y 2,3% del aluminio que importa EEUU en cada rubro.

Sin embargo, parece que esta vez los esfuerzos diplomáticos argentinos dieron sus frutos, y se logró que el gigante del norte excluyera temporalmente a Argentina de la suba de aranceles, quizá porque las exportaciones argentinas representan solo 0,6% del acero y 2,3% del aluminio que importa EEUU en cada rubro. Esta excepción alcanzaría también a otros países, como México y Canadá (socios en el TLCAN), Brasil y la Unión Europea, mientras que China y Rusia serían los más afectados por las nuevas restricciones al comercio. Si bien Argentina ganó esta batalla, nada parece indicar que Trump dé por finalizada la guerra comercial que impulsa desde su llegada a la Casa Blanca.

De Tillerson a Pompeo

El 13 de marzo pasado, mientras se encontraba en África, el ex secretario de Estado norteamericano Rex Tillerson leyó con sorpresa un tweet del presidente en el que se anunciaba su despido. Fue un colaborador suyo que imprimió el mensaje y se lo presentó. A pesar de su centralidad en el mundo Trump, Tillerson jamás tuvo una cuenta de Twitter.

Entre el presidente y el ex CEO de Exxon, ya habían habido motivos de discrepancia. La posición de Trump de rever el acuerdo acerca del programa nuclear iraní logrado en la administración Obama, el abandono del Acuerdo de París sobre cambio climático, la ambigua relación con la Rusia de Putin fueron temas de un conflicto que fue distanciando al secretario de Estado de su jefe. A tal punto que la estructura diplomática norteamericana fue vaciada de funcionarios y recursos durante los 14 meses en que Tillerson estuvo al mando, algo que jamás había sucedido.

La tensión se hizo evidente en la gestión de la tensión con Corea del Norte. Tillerson se enteró por los medios que su jefe había decidido aceptar la propuesta norcoreana de un encuentro cara a cara con Kim Jong-un. Había sucedido en varias ocasiones que el secretario de Estado conociera por terceros las intenciones del presidente, o que este saliera a dar declaraciones sin consultarlo, obligándolo luego a rectificar o ablandar los tonos a último momento. Pero una reunión con el máximo jefe de Corea del Norte podría ser catastrófica para el delicado equilibrio que Tillerson intentó tejer en la diplomacia estadounidense. La idea de Trump es, probablemente, reunirse para imponer condiciones innegociables a los norcoreanos, una intransigencia a la que el secretario de Estado venía negándose hacía meses.

Tillerson era, según la prensa norteamericana, lo más cercano a un “globalista” en términos de Relaciones Internacionales. Es decir que, a pesar de representar un sector realista y conservador de la sociedad estadounidense, entendía la necesidad de lograr una inserción lo más armónica posible de su país en el sistema global, sin perder de vista los intereses nacionales marcados por Trump. Ese difícil equilibrio parecía irritar al presidente, especialmente porque eso no era lo que sus votantes habían pedido a través de las urnas.

Sin embargo, tampoco hay que pensar que Tillerson representara una visión moderada o liberal de la política exterior norteamericana. En febrero de este año, horas antes de emprender la gira que lo llevaría por México, Colombia, Argentina, Perú y Jamaica, el secretario de Estado dio una significativa conferencia en la Universidad de Texas en Austin, en la que presentó su visión de la estrategia norteamericana hacia América Latina. En la práctica, una revisión de la doctrina Monroe del siglo XIX: EEUU, tierra signada por un destino manifiesto de guía mundial, debe exportar su imperio moral al mundo, y especialmente al hemisferio, conteniendo la avanzada de otras potencias como Rusia –cuya presencia es vista como “creciente y alarmante”– y China, que, según Tillerson, “busca generar dependencia a largo plazo” en la región. Estas visiones reafirman el rol secundario que América Latina recubre en los planes norteamericanos. La región siempre fue usada para contener la avanzada de otras potencias en pos de la seguridad nacional estadounidense.

Es claro que el arribo de Trump supuso un viraje a lo que se suponía que iba a realizar Hillary Clinton, una candidata que continuaría los principales ejes de Obama en materia pluri- y multilateral, como el Tratado Transpacífico (TPP) y el Acuerdo de París sobre cambio climático, que EEUU finalmente abandonó con la llegada del magnate neoyorquino al poder. Eso sí, cada vez que funcionarios estadounidenses se reunieron con políticos latinoamericanos en los últimos años, como fueron los encuentros de Mauricio Macri con Trump en Washington y con Mike Pence en Buenos Aires, no han escatimado en felicitaciones por sus políticas aperturistas y pro mercado global. Una clara muestra de “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”.

Pompeo tiene el mandato de lograr la desnuclearización de Corea del Norte sin conceder nada a cambio, una máxima de este sector conservador de la política norteamericana: “haz lo que yo digo y punto”.

Pero Tillerson, aparentemente, no garantizaba que ese viraje fuera lo suficientemente claro hacia los mismos estadounidenses. La decisión de recurrir a un “halcón” para sustituirlo parece responder a esa necesidad. Mike Pompeo, director de la CIA desde enero de 2017, diputado perteneciente al Tea Party, el ala más conservadora del partido Republicano, experto en inteligencia y seguridad nacional, representa claramente un perfil más en sintonía con lo que el elector de Trump quiere que su gobierno haga en política exterior. Sin abandonar los rezagos de la doctrina Monroe en el hemisferio, Pompeo tiene el mandato de lograr la desnuclearización de Corea del Norte sin conceder nada a cambio, una máxima de este sector conservador de la política norteamericana: “haz lo que yo digo y punto”.

Pompeo, ferviente opositor al acuerdo con Irán, acusado de islamofobia, que desestimó las denuncias de injerencia rusa en las elecciones de 2015, y protagonista de las durísimas acusaciones contra Hillary Clinton durante la investigación de su rol durante los atentados de Bengasi (Libia) que costaron la vida del embajador norteamericano, estará ahora a cargo de una política exterior que se presume más hecha para los de adentro que para generar lazos hacia afuera.

Una decisión en línea con los últimos posicionamientos de Trump, en un año electoral que aún puede concedernos sorpresas.

(*) Twitter: @francastano91

(**) Twitter: @larsenfede