Estación Chiapas: un torbellino con nombre de mujer

Día 8 de marzo - Chiapas, México.

Por Evelina Laddaga, desde México |

La convocatoria empezó a rodar algunas semanas previas a la fecha indicada y la atención se fijó en eso que iba a suceder. Quizás para quienes conocen la experiencia de que un Encuentro de Mujeres es posible (como en Argentina, por ejemplo), la incertidumbre podría haber menguado ante el nuevo anuncio, pero no fue así porque otras palabras e imágenes acompañaban el futuro: sería el Primero, sería para el Mundo y sería en un caracol zapatista, en pleno corazón de Chiapas, en México.

El Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan tendría su lugar los días 7, 8, 9, 10 y 11 de marzo. Esa fue la información que corrió hasta casi el mismo día del comienzo. El resto empezaba a ser un mundo de incertidumbres iluminadas por ese prometedor encuentro en el extremo norte de esta Sur-América, donde, sin importar conocer México o haber estado alguna vez en un espacio zapatista, se vibraba algo grande, intenso.

Supimos que muchas idearon múltiples iniciativas para costear el viaje, otras tantas aprovecharon su estadía mexicana para participar del convite y otras miles recorrieron espacios de su propia tierra para fusionarse en una y ser un nuevo espacio-tiempo por cinco días.

“Caminamos, no corremos, porque vamos muy lejos”. Y así debió ser. La calma no es quietud y a veces cuesta aprehenderlo; cambiar el ritmo y despojarse de ansiedades en relación a dónde, cómo, en qué, quiénes.

Estando ya en México, ahora había que llegar al Caracol de Morelia. San Cristóbal de Las Casas, esa hermosa pequeña ciudad que armoniosamente fusiona lo colonial con fachadas de colores como escenario de locales y de turistas cotidianos, fue el epicentro de la coordinación. Allí, desde el CIDECI-Universidad de la Tierra (Centro Indígena de Capacitación Integral), la llamada “oficina urbana del zapatismo”, se organizó el registro para ingresar al Encuentro y los buses para traslados al Caracol el día 7. Pero debieron surgir alternativas, porque como dijo una comandanta zapatista al cerrar el Encuentro días después, a la cifra de 500 mujeres que se esperaban, se debió sumar un 0. Muchas debimos juntarnos entre 14 para llenar un colectivo o bien viajar hasta el pueblo de Altamirano y desde ahí al Caracol. Llegar fue posible, sólo había que hacerlo. Ahí nos esperaban.

A la cifra de 500 mujeres que se esperaban, se debió sumar un 0.

En Chiapas, en territorio rebelde, en el año 2003 y como maduración de las llamadas Aguascalientes, se crearon cinco Caracoles que comprenden la articulación de varios municipios autónomos zapatistas. Un paso más en la profundización de la autonomía, de su propia toma de decisiones, del “mandar obedeciendo”. Sus nombres, según contara el Subcomandante Marcos, fueron elegidos luego de “horas de propuestas, discusiones sobre traducciones, risas, enojos y votaciones”. Uno fue Morelia, el número 4, que agrupa a tres municipios autónomos en la zona de Tzotz Choj.

Allí, esa convivencia armoniosa propia del zapatismo entre la lucha arraigada y el arte/poesía comenzó a hacerse cuerpo cuando, luego de enterarnos desde las ventanillas que estábamos en Territorio Zapatista donde el Pueblo Manda y el Gobierno Obedece, escuchamos el crujir de las piedras y las tierras bajos nuestros pies, levantáramos la mirada y un enorme cartel amarillo nos saludara: “Bienvenidas Mujeres del Mundo”.

Delante de nosotras, a lo lejos, sobre el suelo irregular de césped, tierra e incluso sectores de cemento, cientos de carpas coloreaban el paisaje selvático. Detrás de ese arcoíris y hacia todos los costados, las montañas verdes contorneaban el escenario y se extendían infinitas como tocando las nubes, difuminando así los detalles de su flora y fauna. En medio, mujeres. Dos mil mujeres zapatistas y, al parecer, casi cinco mil de más de 30 países del resto del mundo. Ahí nos esperábamos.

En la entrada al Caracol, luego de chequear el gafete o credencial y de registrar el equipaje, una de las compañeras zapatistas encargadas de la seguridad, abría la reja de ingreso para que de a un cuerpo nos hiciéramos parte del espacio. Espacio que expresamente era para nosotras, porque otro de los carteles aclaraba que la entrada a hombres estaba prohibida.

Y era cierto y claro. Cientos de mujeres en vestidos coloridos y pasamontañas, a la hora del almuerzo, caminaban de prisa, formadas en fila, hacia uno de los alambrados que delimita el Caracol. Detrás de este, hombres zapatistas eran quienes les alcanzaban los platos con comida y quienes, luego, eran los encargados de lavarlos.

Muchos de los hombres del mundo que habían sido invitados por sus compañeras a participar (invitación que debía constatarse en la inscripción para que el hombre obtuviera su gafete), se sorprendieron ante la negativa de ingreso, aunque otros no tanto. De igual modo, a sabiendas o no de lo que sucedía, fuera del Caracol estuvieron organizando sus propios debates, su propio alimento, sus propios deportes. “Ya luego se enteran de lo que pasó aquí”, dijo la Comandanta Erika al abrir el Encuentro. Y ahí esperaron.

Espacio que expresamente era para nosotras, porque otro de los carteles aclaraba que la entrada a hombres estaba prohibida.

Escuchar, hablar, escuchar, observar, compartir. El día 7 fue destinado a la llegada y al discurso de apertura, donde la voz colectiva fue protagonista sobre el escenario como luego lo sería durante el resto de los días. La Comandanta Erika dio el primer abrazo contando cómo se estuvo pensando y preparando el Encuentro, pidiendo colaboración en el mantenimiento entre todas del espacio para que ninguna compañera se sobrepasara de labores y así ninguna se quedara sin participar, y compartiendo, desde la experiencia, palabras claras: “Y entonces en todo el mundo podemos decir que hay mujeres, un bosque de mujeres, que lo que las hace iguales es que son mujeres. Pero entonces nosotras, como mujeres zapatistas, vemos algo más que está pasando. Y es que también nos hace iguales la violencia y la muerte que nos hacen. Así vemos de lo moderno de este pinche sistema capitalista”. Su tono de voz se mantuvo suave, sin sobresaltos y su presencia era calma sobre el escenario aunque de su boca continuaran naciendo palabras firmes. “Les decimos que las invitamos para hablarnos, para escucharnos, para mirarnos, para festejarnos (…) Lo que importa es que somos mujeres y que somos mujeres que luchamos, o sea que no nos quedamos conformes con lo que pasa y cada quien, según su modo, su tiempo, su lugar, ahí lucha; o sea que se rebela, se encabrona pues y hace algo”.

Esas palabras nunca se fueron. Quedaron habitando el aire y los cuerpos y se fusionaron, más tarde, con el discurso de cierre. En medio, el arte, los debates, el recorrer el espacio, el encontrarnos, el conocernos y re-conocernos, el sentirnos seguras, libres y en paz en un espacio común, fue lo que se respiró, lo que se vibró, lo que se vivió.

El 8 fue el día en que ellas, zapatistas, compartieron sus mundos para que desde el resto de los nuestros comenzáramos el ida y vuelta. Las palabras y la vida zapatista se tradujeron en obras teatrales y musicales sobre el escenario durante el calor diurno y hasta la abrupta baja de temperatura cuando el sol comenzó a esconderse. El escenario estuvo siempre vivo, al igual que el andar de muchas buscando espacios donde guarecerse de esa fresca y acomodar bolsas de dormir para pasar la noche.

Hubo batucadas improvisadas en medio de la cancha de fútbol. Cancha que los días posteriores sería escenario de serias partidas donde la diversidad se traducía en deporte y diversión, decorada por cabellos rubios, oscuros, largos, cortos, muy cortos o pasamontañas al rayo del sol.

Y fue el 9 y 10 cuando empezaron las charlas cuyos contenidos abrazaron múltiples tópicos y todos invitaron a la participación, el intercambio. Sí, muchas nos preguntamos por las pocas intervenciones discursivas de las mujeres zapatistas durante esos espacios, y ante la pregunta de posibles por qué, ellas, de nuevo, fueron claras. Algunas no hablan español y ese enorme detalle de seguro sea uno de los tenidos en cuenta para la próxima, pero además, fueron otras situaciones las que trajeron como explicación: su momento había sido el primer día, ahora debían y querían escuchar; y además, quedó claro que sí existen lenguas universales que a veces no necesitan de las palabras para vehicularizar opiniones y sentires: los cuerpos, todos, rompían en carcajadas mostrando los dientes o bien rasgando los ojos y haciendo asomar por el hueco del pasamontañas mejillas que se levantaban ante una evidente sonrisa.

Las mujeres zapatistas estuvieron en cada detalle que hiciera de este Primer Encuentro una experiencia ante todo viva, pero además, nutritiva. Pensaron en todo y en todas. En esos murales hechos especialmente para el Encuentro así como algunas estructuras de madera y nylon bajo las cuales reposar; durante el Encuentro,  en la comida, la  limpieza, la seguridad, el abastecimiento de agua purificada y caliente, guardianas del fuego para que el café no faltara, registro de cada una de las actividades por compañeras de Los Tercios encargadas de la comunicación; y el después, porque de las dificultades que se presentaron por ser el primero, se engendrarán maduraciones, y del claro disfrute constante surgirán motores para seguir profundizando la lucha anticapitalista y antipatriarcal que se sintió echar raíces profundas al paso de cada mujer allí presente.

La situación de mujeres privadas de su libertad, el caminar de diversas organizaciones feministas atravesados por los asesinatos de compañeras, el recuerdo constante de las mujeres asesinadas y desaparecidas de México y el mundo, la lucha por el aborto seguro, legal y gratuito, charlas pedagógicas en las que logramos adentrarnos aún más en nuestros cuerpos para conocernos, recorrernos, entendernos; dinámicas donde desarrollar aún más la confianza y la seguridad entre y para con nosotras. Y los talleres, ni que hablar: serigrafía, elaboración de toallas femeninas, mapeo de nuestros cuerpos-territorios, manejo de programas digitales para crear nuestras propias producciones y más. Espacios de intercambios constantes en los que se buscó echar luz sobre los cercos de peligro que, como alambres de púa, rodean a cada mujer del mundo desdibujando su libertad. Se buscó visibilizar razones, cuerpos y nombres que nos generan inseguridad, temor, vulnerabilidad, y en pos de eso, compartir herramientas para romper esos límites oscuros que aunque oxidados por su antigüedad, aún se mantienen firmes y tienen nombre de patriarcado.

“Lo que importa es que somos mujeres y que somos mujeres que luchamos, o sea que no nos quedamos conformes con lo que pasa y cada quien, según su modo, su tiempo, su lugar, ahí lucha; o sea que se rebela, se encabrona pues y hace algo”.

Este Encuentro nos permitió desvanecer idealizaciones, pero creo que aún es difícil encontrar palabras claras para manifestar lo que significó ser, estar, habitar un pequeño trozo de mundo haciendo coexistir decenas de otros tantos no solo en armonía sino también en complicidad, en lazo. Fueron días, cinco en total, de sentirnos hermanadas por elección y por eso, seguras, en paz, en común-unión.

Días en los que nos regalamos luz para iluminar cada paso de nuestro cotidiano en los que tengamos miedo, y luz para llevar a cada mujer del mundo. Abrazadas, unidas, reafirmamos hacia el final la fuerza de no rendirnos, no vendernos, no claudicar, para mantenernos vivas y seguir luchando, “cada quien su modo, su tiempo, su mundo”.

“Cuídense y que tengan buen viaje. Desde Caracol 4. Torbellino de nuestras palabras”, fue el saludo final; un torbellino que ya levantó mucho polvo, que nos atravesó los cuerpos y que así aumentó su fuerza. Un torbellino con nombre de mujer que, cansada de esperar, está avanzando.