Palestina: a 70 años de una catástrofe sin fin

(*) Por Lucio Garriga Olmo |

Hay pocas fechas en el mundo que tengan un significado tan importante de forma tan diferente para dos poblaciones. Una de ellas es el 15 de mayo. Para los palestinos es la conmemoración de la Nakba (catástrofe) y para los israelíes es el comienzo de la guerra de independencia tras declararse independientes un día antes. El 14 de mayo, los israelíes festejan la independencia. El 15, los palestinos conmemoran el inicio de una catástrofe que los obligó a abandonar sus casas y aldeas y que todavía perdura hoy en día.

Este año, el pueblo palestino recuerda a la Nakba en un contexto violento marcado por la transferencia de la embajada de los Estados Unidos de Tel Aviv (capital israelí reconocida internacionalmente) a Jerusalén y por el asesinato de 97 hombres, mujeres y niños y más de 12 mil heridos desde el pasado 30 de marzo, cuando comenzaron grandes movilizaciones en la Franja de Gaza.

¿Catástrofe o liberación?

El ideario de la creación de un Estado judío fue del húngaro Theodor Herzl quien, luego de cubrir el polémico caso Dreyfus en Francia, concluyó que la discriminación y persecución que sufrían los judíos en Europa se resolvería con la creación de un Estado propio. Bajo su ideario, en el año 1897 se desarrolló el Primer Congreso Sionista, donde se establecieron las bases para la creación del Estado propio y se envió a dos rabinos a explorar la “Tierra Santa”. Durante su viaje, los enviados escribieron un telegrama como respuesta a su misión donde aseguraron: “La novia es hermosa pero está casada con otro hombre”.

De esta manera, quedó en evidencia uno de los mayores problemas que existía y que el sionismo nunca tuvo en cuenta: en esa región ya existían poblaciones nativas árabes, tanto musulmanas como judías y cristianas.

A pesar de esta importante realidad, el proyecto nacionalista judío siguió adelante e intentó convencer al Imperio Otomano, que dominaba la región desde el año 1500, para poder establecerse, y luego hizo lo mismo con el imperio inglés, con el que obtuvo mejores resultados.

El Ejército inglés había ocupado el territorio el 9 de diciembre de 1917 luego de firmar con Francia el acuerdo de Sykes-Picot (por el nombre de los firmantes), por el cual ambas potencias se dividieron la región. Durante este dominio, conocido como “El Mandato británico de Palestina” –porque en 1922 la Liga de las Naciones (antecesora de la ONU) le concedió a la Corona británica un mandato legal para su administración–, el proyecto sionista obtuvo uno de sus primeros grandes apoyos: la declaración Balfour. El Canciller inglés, Arthur James Balfour, aseguró que su país contemplaba con “beneplácito el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío”.

El sionismo tomó esta declaración como un importante apoyo occidental a su proyecto pero, una vez más, no tuvo en cuenta una parte importante. La misma declaración decía que el gobierno inglés “no hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”.

Mientras tanto, en el territorio en disputa, las comunidades árabes locales se opusieron en gran medida a la llegada de judíos y, con el establecimiento de los mismos, la situación se tornó cada vez más violenta. Los continuos enfrentamientos entre ambos sectores tornaron la situación incontrolable y se agravó, aún más, con el aumento de la llegada de judíos luego de la Segunda Guerra Mundial y los horrores del Holocausto. Ante esta realidad, la Corona británica decidió retirarse de la región y el proyecto sionista giró hacia un nuevo aliado: Estados Unidos. Una relación que dura hasta estos días y que hoy parece en uno de sus momentos más fuertes.

La comunidad internacional vio nacer a un Estado independiente gracias a la presión de las grandes potencias del momento, vulnerando los derechos de la población nativa.

En mayo de 1947, la recientemente formada Organización de las Naciones Unidas (ONU) formó una comisión para encontrar una solución al problema y recomendó un acuerdo que tenga en cuenta tanto las aspiraciones judías como las de las poblaciones nativas. De esta manera, el 29 de noviembre de 1947, con 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones, se aprobó la resolución 181 que establecía la división del Mandato británico en dos Estados diferentes: uno judío y el otro árabe-palestino.

La decisión favoreció ampliamente al movimiento sionista porque se quedó con el 56% del territorio y sólo representaba al 37% de la población y poseía nada más que el 7% de la tierra privada. Por su parte, al Estado palestino se le atribuyó el 43% mientras que el restante 1% correspondió a la ciudad de Jerusalén que quedó bajo mandato internacional sin la jurisdicción de ningún Estado. De esta manera, la comunidad internacional vio nacer a un Estado independiente gracias a la presión de las grandes potencias del momento, vulnerando los derechos de la población nativa que en ningún momento del proceso fue consultada sobre la situación o los planes para solucionar los problemas.

A partir de este momento, la violencia se recrudeció. Al día siguiente de la división, una emboscada contra un micro provocó la muerte de cinco judíos, aunque las dudas sobre responsabilidad del hecho perduran hasta nuestros días. En este contexto violento, la población judía decidió declarar la independencia del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948, un día antes que finalice el mandato británico. Se calcula que desde el momento de la división hasta la declaración de independencia, entre 250 mil y 350 mil palestinos fueron expulsados de sus hogares por paramilitares sionistas que buscaban obtener más territorio.

Al día siguiente de la independencia israelí, el 15 de mayo, comenzó la Nakba palestina. Se desató la guerra árabe-israelí con la invasión de cinco Estados (Líbano, Siria, Jordania, Irak y Egipto) sobre el territorio israelí que rechazaban la división y finalizó el 7 de enero de 1949. Durante estos 15 meses, más de 700.000 palestinos fueron desplazados de sus hogares por la fuerza, más de 500 localidades y aldeas palestinas fueron destruidas, se sucedieron decenas de masacres y el Estado judío conquistó un 26% más del territorio.

Esta situación provocó que los refugiados palestinos que fueron desplazados se esparcieran en campos de asilados en países limítrofes, creando la “diáspora palestina”. Estos palestinos y palestinas tienen el derecho al retorno contemplado en la resolución 194 de la ONU, aprobada el 11 de diciembre de 1948, que establece que “debe permitirse a los refugiados que deseen regresar a sus hogares y vivir en paz con sus vecinos, que lo hagan así lo antes posible”. Según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA), hoy en día este número asciende a más de cinco millones y representan la quinta parte de los refugiados de todo el mundo.

La Nakba palestina tiene un inicio pero, por ahora, no tiene un final. La decisión de los Estados Unidos de reconocer a Jerusalén como capital de Israel, violando los tratados internacionales y la violencia y la segregación que sufre el pueblo palestino todos los días, son ejemplos que demuestran que la solución está lejos de llegar.

(*) Esta nota fue publicada originalmente en la revista Crisis de Ecuador, disponible aquí.