Trump y Netanyahu agitan un nido de abejas

Cumpliendo con su promesa electoral, el presidente Donald Trump trasladó la Embajada de EEUU desde Tel Aviv hacia Jerusalén, la cual quedó inaugurada formalmente el lunes 14 de mayo, a 70 años de la creación del Estado de Israel. Esta situación generó la protesta de cientos de palestinos en el límite de la Franja de Gaza, en momentos en los que tenía lugar la conmemoración del 70° aniversario de la Nakba (“catástrofe”), que tiene su origen el día siguiente de la independencia israelí. En este marco, el Ejército de Israel reprimió brutalmente las marchas con francotiradores, tanques y aviones, que dejaron más de 60 muertos y 2000 heridos, en una clara violación de los derechos humanos más esenciales a la que el mundo es testigo nuevamente.

Jerusalén es considerada por musulmanes, judíos y cristianos como una ciudad sagrada, encontrándose allí la Explanada de las Mezquitas, el Muro de los Lamentos y el Santo Sepulcro. Si bien los conflictos en torno a Jerusalén existen desde hace miles de años, para entender la disputa actual hay que remontarse a 1947, cuando la Asamblea General de la ONU emitió la resolución 181 por la que se decidió la partición de Palestina –que se encontraba desde 1922 bajo Mandato británico– en un Estado judío, un Estado árabe y una zona bajo régimen internacional especial –administrada por Naciones Unidas–, quedando Jerusalén comprendida en esta última como un corpus separatum. Sin embargo, la resolución se volvería inaplicable ya que el mismo día de la finalización del Mandato británico David Ben-Gurión (líder sionista y primer ministro israelí entre 1948-1954 y 1955-1963) proclamó la independencia del Estado de Israel, país que se consolidaría y que se expandiría territorialmente con el correr de los años.

Desde entonces, Jerusalén constituyó uno de los focos en disputa entre los palestinos e israelíes. En 1949, el armisticio pos primera guerra árabe-israelí dividió a la ciudad en dos, resultando la parte occidental bajo control de Israel y la oriental –de mayoría árabe, que Palestina reclama como su propia capital– fue ocupada por Jordania. En 1967, durante la denominada Guerra de los Seis Días, Israel se hizo del control, entre otras cosas, de la parte oriental de la ciudad, y sería con la Ley de Jerusalén de 1980 cuando la declaró como su capital “eterna e indivisible”. En 1993, Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) firmaron los Acuerdos de Oslo para discutir el estatus de la ciudad, discusión que se daría en la Cumbre de Paz de Camp David en el 2000, pero que terminaría sin un acuerdo final.

En 1995, el Congreso de EEUU había aprobado una ley que reconocía a Jerusalén como la capital de Israel y estipulaba el traslado de la Embajada estadounidense a esa ciudad para 1999, medida que fueron postergando los distintos presidentes hasta que llegó Trump a la Casa Blanca. En diciembre de 2017, el mandatario neoyorquino reconoció a Jerusalén como la capital del Estado de Israel, y finalmente mudó la sede diplomática a esa ciudad –medida que emularon Guatemala y Paraguay–, lo cual constituye, sin dudas, un nuevo capítulo del apoyo estadounidense a la causa israelí.

Ahora bien, cabe el interrogante sobre por qué EEUU y otros 86 países tenían sus respectivas embajadas en Tel Aviv y no en Jerusalén, que Israel considera como su capital. La causa radica en que, un mes después de la ley israelí de 1980, la ONU emitió la resolución 478 por la cual condenó la anexión de la ciudad como una violación del Derecho Internacional y solicitó a sus miembros que trasladasen sus embajadas hacia Tel Aviv hasta tanto se resolviese la disputa sobre Jerusalén.

Para profundizar sobre la situación actual que se vive en aquella parte del mundo, L’Ombelico del Mondo dialogó con Sergio Yahni, colaborador del Centro de Información Alternativa (AIC) de Jerusalén, quien brindó su testimonio desde esa ciudad.

–Luego de lo que fue la represión del pasado lunes, ¿cómo podrías calificar la situación en este momento en la Franja de Gaza?

–Hubieron más de 2700 heridos, una gran parte de ellos heridos de gravedad, y tenemos que recordar que la Franja de Gaza se encuentra sitiada, así que los propios servicios médicos que podría proveer a los heridos también son limitados. También vemos otros problemas en Gaza que ya son endémicos, como por ejemplo la inexistencia de agua potable. Así que un herido, las posibilidades que tiene de sobrevivir son muy bajas, y por eso iremos viendo en los próximos días que el número de heridos irá subiendo. Es una situación trágica para la población de Gaza ya que la población misma, o sea los comités populares, habían decidido un método de protesta o de acción no violenta, una manifestación, como podría ocurrir en Buenos Aires o en cualquier lugar del mundo, donde la gente sale a la calle a demandar lo que ellos ven como un derecho, y lo hacen manifestándose como cualquiera hace una manifestación. Y eso fue reprimido, por un lado con francotiradores, y cuando la cantidad de la gente sobrepasó la capacidad de estos, Israel comenzó a utilizar tanto tanques como aviones para reprimir la movilización palestina.

–Durante su campaña, Trump había prometido el reconocimiento a Jerusalén como la capital de Israel y el traslado de la Embajada a esa ciudad, así como también dar de baja el acuerdo con Irán. ¿Cómo enmarca su política exterior hacia la región? ¿Cuáles cree usted que son los principales condicionantes de esta medida?

–Básicamente la política de Trump hacia Medio Oriente, como para otras regiones del mundo, es un pragmatismo neoconservador radical, extremo. Hemos visto una política extrema, que puede cambiar de un lado para otro en cuestión de 24 horas, como en Corea; así que en Medio Oriente está imponiendo esa política radical, que pasa de un radicalismo a otro radicalismo. Y en este momento, la política de Trump es un apoyo incondicional a Israel, un apoyo neoconservador, donde trae los grupos y las bases más retrógadas de la política norteamericana: vimos ayer en Jerusalén a curas fundamentalistas que llegaron. Ese es este momento de Trump en Medio Oriente. ¿Cuál será el próximo momento de Trump en la región? No lo sabemos. Y lo mismo pasa con cualquier cosa en la que él se mete. Lo que es un factor permanente en la política de Trump es la muerte, es la guerra, la destrucción de esquemas políticos que preexistían.

–Parece que esta política más conservadora y violenta de Trump también tiene aprovechadores, como es el primer ministro Benjamín Netanyahu, que en el último año parece haber decidido usar aún más la mano dura hacia los palestinos, y en la represión de la marcha se usaron balas de plomo. Efectivamente el gobierno de Israel, ¿está apoyando esta idea de mayor mano dura?

–Recordemos que no se trata de balas de plomo sino con aviones, se ha bombardeado la manifestación; si hablamos de Argentina, sería algo que ocurrió allá por 1955. Ahora, volviendo a Medio Oriente, lo que ocurre acá es que Netanyahu se ha envalentonado: no tiene oposición interna dentro del país, no existe en Israel ninguna fuerza de oposición; ninguna propuesta alternativa a la de él, ni de derecha ni de izquierda. Por lo tanto, está totalmente envalentonado. Por otro lado, también lo está porque no ve en la región en el día de hoy ningún tipo de amenaza a su política: el Ejército sirio está por la guerra civil, destruido e incapaz de reaccionar frente a Israel; Egipto colabora con Israel; Arabia Saudita colabora en la esfera de Trump. Así que todo eso le da un espacio de impunidad a la política de Netanyahu, que se ve impulsada por una economía que en este momento está muy pujante: un dólar muy barato, una exportación bastante alta, bajos niveles de desempleo. Y todo eso crea una impunidad, porque el pueblo se siente bien, la gente tiene trabajo, tiene un ingreso, puede viajar, así que lo que haga el gobierno frente a los palestinos les importa muy poco. En ese contexto de impunidad, Netanyahu se ha envalentonado, y ese envalentonamiento lo lleva a hacer cosas que quedan consecuencias terribles, como los muertos en Gaza, por un lado, y los bombardeos en Siria, por el otro, que vienen ocurriendo todos los meses. Ahora, ¿cuál podrían ser las consecuencias de esta actitud? No lo sabemos. Podrían ser terribles, tanto como los hechos llevados adelante como Netanyahu.

–El otro frente que abrió Netanyahu en su política exterior es el iraní, acusándolos de haber roto el pacto de Ginebra sobre el enriquecimiento de uranio y pidiéndole abiertamente a Trump que salga de aquel acuerdo. Es decir, está construyendo un enemigo y, además, bombardeando posiciones en Siria, donde se encuentran soldados iraníes. Desde acá nos da la sensación que Netanyahu está tratando de empujar lo más posible para llegar a un conflicto bélico con Irán. Allá en Israel, ¿existe también esa percepción?

–Justamente, en la idea media de la prensa y del mainstream israelí, se cree que los enemigos –ya sean los palestinos, Irán, Hezbollah o Siria– son demasiado débiles para reaccionar, y por lo tanto se aprovechan de una situación donde ellos se ven con las cartas de ganar. Ahora, lo que pasa que podría ser en estos momentos –no digo que eso es lo que pasa– es que Irán se está manteniendo a raya por políticas internas, pero el día de mañana podría tener la capacidad de reaccionar; en ese momento, la política israelí se derrumbaría en el mismo instante. O sea, estamos frente a un falso envalentonamiento de la administración israelí, que supone que no tiene enemigos, y eso es una fórmula para un futuro desastre en el Medio Oriente.

–En el último congreso de la OLP hubo sectores importantes que decidieron boicotear la reunión de una organización que se reúne después de 20 años. Es decir, la posibilidad de un frente palestino unido frente a esa situación que vos describís es realmente lejana; por lo menos eso es lo que parece leyendo la prensa desde acá. ¿Cómo se vive desde allá?

–Yo creo que las acciones de Israel del lunes han logrado reunificar las tendencias palestinas. En este momento, la actitud de los EEUU frente al conflicto, la desaparición de algún tipo de mediador que podría imponer una solución de dos Estados y la violencia de Israel contra la Franja de Gaza, ha terminado con cualquier tipo de diferencias dentro del pueblo palestino. El problema ahora va a ser más técnico, de cómo se organizan las organizaciones para una respuesta, por un lado, y por otro lado, también el propio miedo. Porque bueno, Israel ha reaccionado de tal manera que dice “bueno, ahora estamos dispuestos a matar a quien sea, no nos importa que sea un niño de ocho meses o un dirigente político”. Todos son –en hebreo– “hijos de la muerte”, o sea, todos podrían ser matados, y eso también hay que ver qué tipo de reacción social genera. Políticamente hablando, en este momento no hay ninguna diferencia entre Fatah, la izquierda y el Hamas; esas diferencias han sido totalmente destruidas por Israel, diferencias que existían y que habíamos visto en la conferencia de la OLP. Eso ya no existe.

–Analizando las opciones existentes para poner fin a este conflicto, pareciera que depende más de lo que haga Israel y no tanto la ONU, ya que el Consejo de Seguridad, con la presencia de EEUU, no es esperable que se inmiscuya al respecto ante la matanza de civiles. ¿Qué alternativas o perspectivas existen desde la parte internacional para dar por finalizado este conflicto?

–En el contexto inmediato, las perspectivas son muy malas, porque las Naciones Unidas están paralizadas por la actitud norteamericana, por un lado, e Israel tiene su envalentonamiento que tiene su capacidad de llevarlos hacia un enfrentamiento bélico que no sabemos cuáles serían sus consecuencias. En un término medio o largo, solamente una efectiva intervención internacional que fuerce a Israel a cambiar sus políticas podría traer algún tipo de resolución al conflicto en este lugar.