Radiografía de las elecciones en Venezuela

Por Nehuén Allegretti |

20 de mayo de 2018. Una nueva cita del pueblo venezolano con las urnas para elegir presidente para el período 2019-2025. El escenario estaba montado. El Grupo de Lima, EEUU, la Unión Europea y otros países, anticipaban que no reconocerían los resultados electorales. El discurso mediático global, articulado en su acometida contra la revolución bolivariana, hacía lo propio: desacreditaba las elecciones, destacaba su ilegitimidad en el plano internacional y reforzaba las propuestas abstencionistas. Los candidatos opositores, aceptando las reglas del juego electoral, buscaban acumular el voto anti-Maduro, luego de un 2017 signado por las movilizaciones opositoras, las guarimbas y las intentonas destituyentes, en el marco de una atomización de la oposición. El oficialismo, por su parte, requería de un resultado que mostrase que el chavismo sigue siendo la fuerza política mayoritaria de Venezuela y un caudal de votantes que legitime las elecciones. El pueblo debía optar por salir a votar o acatar el llamado de parte de la oposición a desconocer las elecciones en un contexto de aguda asfixia económica, marcada por una hiperinflación que erosiona continuamente salarios e ingresos.

Pasadas las 22 hs. del domingo 20, en Caracas, Tibisay Lucena, presidenta del Consejo Nacional Electoral (CNE), anunció que Nicolás Maduro había ganado las elecciones con un 67% de los votos. “Les pedimos a todos, nacionales e internacionales, que respeten los resultados electorales, que respeten al pueblo venezolano que decidió, y decidió en paz, qué es lo que quiere”, afirmó. Mientras que 6.190.612 votantes reeligieron al candidato del Frente Amplio de la Patria, lejos quedó Henri Falcón con un 21% (1.927.387 votos), más atrás el pastor Javier Bertucci con más de 900.000 electores y, por último, Reinaldo Quijada, con unos pocos miles de votos. El chavismo volvía a salir triunfador de una contienda electoral, el cuarto triunfo en diez meses, todo un indicador para un proceso político al que muchos le contaban las horas desde la derrota legislativa de diciembre de 2015.

¿Cuánta gente votó? Alrededor de 9.400.000 venezolanos y venezolanas ejercieron su derecho al voto, un 46% del padrón electoral. Los números de participación son menores a los de las últimas elecciones presidenciales en Venezuela, pero se encuentran unos dígitos por encima de la votación de representantes para la Asamblea Constituyente de julio del año pasado (41%). Están en sintonía o incluso superan a las cifras de otros países de la región, cuyos gobiernos cuestionan la legitimidad de las elecciones venezolanas.

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La estrategia abstencionista para la oposición era un arma de doble filo. Por un lado, les permitía reforzar un posicionamiento programático frente a los procesos electorales en Venezuela: la denuncia de fraude y de manipulación de votos. Hace años que los sectores opositores al chavismo se repiten para sí que son mayoría y que si no ganan las elecciones se debe a que estas se encuentran amañadas. La secuencia es simple: el pueblo decide a través del voto, el CNE da los resultados y la oposición acusa fraude. Este accionar promueve la frustación de su base social que, partiendo de reconocerse mayoría, aboga por que sus dirigentes estén a la altura del enorme desafío que supone “salirse de Maduro”.

La MUD, al decidir no participar de las elecciones, se quedó sin alternativa, sin estrategias que compartir con sus seguidores. Ningún dirigente, ni Leopoldo López, ni Capriles, ni María Corina Machado, han conseguido capitalizar políticamente este llamado a no participar.

Lejos, en el vertiginoso paso del tiempo caribe, quedaron las movilizaciones de cientos de miles de opositores en 2017, lejos (por ahora) quedó la salida insurreccional y la pretendida “Toma de Venezuela”, a través del control de territorios por grupos armados irregulares entrenados en la lógica paramilitar. El gobierno retomó la iniciativa política y logró encauzar el conflicto y devolver la paz a las zonas calientes, algo que la ciudadanía ha valorado positivamente en las urnas. Y esto mismo constituyó un dilema para la oposición. La arenga abstencionista, basada en la exaltación heroica de la “lucha contra la dictadura” y en el desconocimiento a las autoridades, se diluía en el marco de una oposición atomizada, con diferentes tácticas y con una merma considerable de poder de movilización callejera. La Mesa de la Unidad Democrática (MUD), al decidir no participar de las elecciones, se quedó sin alternativa, sin estrategias que compartir con sus seguidores. Ningún dirigente, ni Leopoldo López, ni Capriles, ni María Corina Machado, han conseguido capitalizar políticamente este llamado a no participar. Nuevamente, se desnuda la desorientación opositora, que lucha no sólo contra el gobierno sino contra los personalismos, los intereses y las estrategias diversas que conviven en su interior.

Las votaciones se realizaron con normalidad y sin incidentes, a diferencia de las elecciones de constituyentes en las que sectores opositores hostigaron a los votantes y buscaron obstaculizar la llegada a los centros de sufragio o la apertura de los mismos (esto obligó a abrir el Poliedro de Caracas como centro de contingencia). En las zonas de clase media, el abstencionismo tuvo un mayor nivel de acompañamiento, en tanto que en los sectores populares, la afluencia de votantes se dio con normalidad. Un fenómeno que ha venido consolidándose en los últimos tiempos, en un escenario político venezolano tan polarizado, es el crecimiento de los desencantados, de ciudadanos que descreen tanto del oficialismo como de la dirigencia opositora y engrosan las cifras de indecisos o de abstencionistas. Parte de esos desencantados eran base social chavista, que dejó de votar por el PSUV  (1.400.000 menos que en 2013 recibió Maduro) y que el chavismo deberá intentar interpelar, seducir nuevamente; no por una cuestión meramente electoral, sino para recomponer su hegemonía.

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El mismo domingo por la noche, previo al primer anuncio oficial del CNE, el principal candidato opositor, Henri Falcón, militar de pasado chavista, exgobernador del Estado Lara (que perdió en las últimas elecciones regionales), anunció que desconocería los resultados de los comicios presidenciales y reclamó una nueva convocatoria a las urnas, pero “sin ventajismos”. Falcón, que había sido señalado por los sectores abstencionistas de la oposición como “funcional a Maduro”, rápidamente se desdecía de su convencimiento de participar de la contienda electoral, y se plegaba al desconocimiento. En los últimos días, ha habido intentos de tender puentes, más allá de las diferencias tácticas, entre la MUD y el exgobernador de Lara.

Un fenómeno que ha venido consolidándose en los últimos tiempos, en un escenario político venezolano tan polarizado, es el crecimiento de los desencantados, de ciudadanos que descreen tanto del oficialismo como de la dirigencia opositora.

Por su parte, Nicolás Maduro, desde el centro de Caracas, el mismo domingo por la noche señalaba: “Somos la fuerza de la historia convertida en victoria popular, victoria popular permanente”.  Y agregaba: “Cuánto me han subestimado”. En ese discurso, además, planteó la necesidad de un gran diálogo nacional, “una jornada de encuentro y de diálogo político por el futuro de Venezuela, para establecer una agenda constructiva”. El mandatario reelecto tendrá un nuevo período hasta 2025 para tratar de reencauzar la economía venezolana que lleva años de crisis.

En su jura como presidente, Maduro realizó una autocrítica y delineó los seis ejes principales de su nueva gestión. “Venezuela necesita un nuevo comienzo, escuchemos bien el clamor de un pueblo y también sus silencios. Necesitamos una transformación del liderazgo, una transformación de la jefatura de la Revolución. No lo estamos haciendo lo suficientemente bien, hace falta una gran rectificación, profunda. Hace falta hacer las cosas de nuevo y mejor. Hay que comenzar por nosotros”, reconoció durante su discurso. Los ejes prioritarios que estableció el presidente reelecto son el diálogo y la construcción de una agenda de paz, avanzar en acuerdos económicos para la estabilización y crecimiento del país, la lucha contra la corrupción y la ineficiencia, el fortalecimiento de las políticas sociales, la defensa nacional de la soberanía nacional y la construcción del socialismo.

El chavismo salió airoso de una nueva contienda, consiguió aire y pudo atravesar las últimas instancias electorales sin sobresaltos. Los próximos comicios serán en 2020, restando dos años para que el gobierno encare los problemas acuciantes que atraviesa el pueblo venezolano sin tener que medirse en las urnas. Ganó Maduro, ¿y ahora qué? Es la pregunta que circula entre los y las venezolanas. La arremetida contra la Revolución Bolivariana no va a detenerse, y el escenario principal sigue siendo el frente externo: las sanciones anunciadas por Trump horas después de las elecciones son sólo una muestra.

Ganó Maduro, ¿y ahora qué? Es la pregunta que circula entre los y las venezolanas.

La escasez, la hiperinflación y la asfixia económica urgen. Buscan promover el individualismo, el “sálvese quien pueda” y desarticular lazos sociales y experiencias colectivas que se fortalecieron al calor del chavismo. En este contexto, la organización comunal en los territorios sigue siendo la respuesta autogestiva de las poblaciones para hacerle frente de forma colectiva a las necesidades populares. Resta ver en el rumbo que delinea el gobierno para este nuevo período qué lugar le dará al impulso del socialismo comunal, qué estrategias contemplará para una gestión eficiente de los recursos estatales, penando la corrupción y habilitando la contraloría social. Las elecciones le dieron aire y tiempo, pero la urgencia es hoy.