La final del Mundial en clave internacionalista

Por Francisco Castaño y Juan I. Aréchaga |

En el breve relato “La Pelota como instrumento”, el escritor Eduardo Galeano ejemplifica cómo la organización de distintas Copas del Mundo han servido de pantalla o de publicidad para diversos gobiernos. “Ganar un partido internacional es más importante, para la gente, que capturar una ciudad”, cita Galeano al propagandista nazi Goebbels. Los mundiales del 70 en Brasil o el 78 en Argentina bajo sendas dictaduras, son claros ejemplos.

Sin embargo, el mundial de fútbol que se realiza en Rusia se presenta como una ocasión propicia para unir dos mundos más vinculados de lo que a priori parece, como lo son el fútbol y las relaciones internacionales. Los finalistas de la edición 2018 son los seleccionados de Francia y de Croacia, aquellos que supieron ganarle con claridad a Argentina y que, al menos, nos otorga el consuelo de haber perdido ante los mejores.

Sorteando un análisis exclusivamente deportivo, lo interesante aquí lo constituye la cuestión sociohistórica de los dos países finalistas, asuntos que exceden su carrera netamente futbolística pero que los imbuye en una realidad que inexorablemente los vincula al pasado del país al que representan.

La influencia del pasado colonialista francés

La selección actual de la Federación Francesa de Fútbol se destaca por ser un equipo compuesto por jóvenes estrellas, aunque pocos de ellos poseen raíces exclusivamente francesas. En efecto, un rasgo sobresaliente del conjunto galo lo constituye el hecho de que 13 de los 23 futbolistas (el 57%) tienen ascendencia directa vinculada a –o incluso nacieron en– muchas de las excolonias, departamentos y colectividades francesas esparcidas en el mundo. Este vínculo hunde sus raíces en el pasado colonialista de Francia, marcando la influencia imperialista pretérita en la actual conformación de la plantilla mundialista en momentos en donde la cuestión migratoria se encuentra en el centro del debate en el mal llamado “viejo continente” y que signó fuertemente el debate electoral francés de 2017.

La historia de Francia ha dejado valores universales como la lucha contra el Ancien Régime en el marco de la Revolución Francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, las ideas sobre la república y pensadores de la talla de Diderot, D’Alembert, Montesquieu, Voltaire, Rousseau y Descartes. Pero otro rasgo que caracteriza al país europeo en su devenir histórico ha sido un pasado ávido por la conquista de nuevos territorios, tanto dentro de Europa como fuera de ella.

13 de los 23 futbolistas (el 57%) tienen ascendencia directa vinculada a –o incluso nacieron en– muchas de las excolonias, departamentos y colectividades francesas esparcidas en el mundo.

Los primeros viajes de ultramar de navegantes franceses datan a inicios del siglo XVI, unas décadas después de la llegada de Colón a América. Los destinos más recurrentes en ese entonces eran parte de los territorios de las actuales Canadá y EEUU, donde se asentarían y establecerían el Virreinato de la Nueva Francia, aunque también fundarían colonias en diversas partes del mundo, muchas de las cuales son hoy territorios de ultramar de la República Francesa.

Ahora bien, lo interesante aquí está dado por el origen étnico de la mayor parte del plantel mundialista francés, fundamentalmente de raíz africana. Esta cuestión tiene su razón de ser vinculada con la división de África y su posterior colonización por los europeos desde finales del siglo XIX. En la Conferencia de Berlín realizada entre 1884 y 1885, organizada por la Alemania de Bismarck y la Tercera República Francesa –a la que asistieron 12 países, reinos e imperios–, se decidió la repartición de África como si fuese una torta de cumpleaños, imponiendo demarcaciones territoriales marcadamente lineales e inadecuadas, cuestiones que a la postre generarían problemas limítrofes e interétnicos que aún hoy se mantienen vigentes.

En este marco, Francia creó en 1895 una federación de ocho territorios denominada África Occidental Francesa, compuesta por los actuales países de Benín, Burkina Faso, Costa de Marfil, Guinea, Malí, Mauritania, Níger y Senegal. Este imperialismo francés se extendería en el continente al punto de constituir en 1910 la África Ecuatorial Francesa, una federación ubicada en el centro del continente y compuesta por los actuales países de Chad, Gabón, la República Centroafricana y la República del Congo.

Junto a aquellos países, cabe agregar dos cuestiones más que demarcan la fuerte influencia de Francia en África, una sobre la parte subsahariana y la otra sobre el norte. En primer lugar, la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial tuvo como corolario la firma del Tratado de Versalles que, entre otras cuestiones, estableció la pérdida de todas las colonias alemanas, muchas de ellas en África (las actuales Burundi, Camerún, Namibia, Ruanda, Tanzania, Togo y pequeñas partes de Ghana y Nigeria). El Tratado estableció la apropiación de 2/3 del territorio de Camerún y Togo para Francia y el tercio restante para el Reino Unido.

En segundo lugar, hay tres países norafricanos que estuvieron bajo dominio colonial de Francia: Argelia, que fue colonia francesa entre 1830 y 1962, Túnez y Marruecos, que fueron protectorados franceses entre 1881-1956 y 1912-1956, respectivamente. Egipto sufrió la ocupación del ejército napoleónico en 1798, pero la misma no logró asentarse y fue repelida luego de tres años.

De esta manera, es evidente la influencia histórica francesa en el continente africano, fundamentalmente en la parte subsahariana. A pesar de los Estados fueron independizándose, muchos siguieron vinculados a su exmetrópoli en cuestiones económicas, burocráticas, educacionales y de seguridad, tanto por necesidad como también por presiones internas y externas.

Como herencia de este imperialismo, la República Francesa se encuentra constituida actualmente por un territorio continental ubicado en Europa, de 551.500 km², y un territorio de ultramar de 123.722 km² que comprende 11 departamentos y colectividades constituidos por archipiélagos y porciones territoriales ubicadas en el Caribe (Guadalupe, Martinica, San Bartolomé y San Martín), América del Sur (Guayana Francesa), el Canal de Mozambique (Mayotte) y en los océanos Índico (Reunión), Pacífico (Nueva Caledonia, Wallis y Futuna y la Polinesia Francesa) y Atlántico norte (San Pedro y Miquelón).

Es este expansionismo francés un elemento sustancial para comprender el meollo sobre la ascendencia de la mayoría de los jugadores del plantel: Argelia (Fekir), Togo (Tolisso), Marruecos (Rami), Guinea (Pogba), Malí (Kanté y Sidibé), Senegal (Mendy), Camerún (Umtiti, nacido allí), Martinica (Varane) y Guadalupe (Lemar). A ellos puede agregarse la ascendencia mixta de jugadores como Kimpembe (padre congoleño y madre haitiana), Mbappé (camerunés-argelina) y Dembélé (maliense-mauritana).

Es tal el peso africano para Francia que el propio Jacques Chirac sostuvo en 2008 que: “Sin África, Francia se deslizará hacia abajo del rango de tercera potencia”.

En total, son 13 los jugadores nacidos o con ascendencia directa proveniente de excolonias y territorios de ultramar franceses, a los que hay que agregar otros tres jugadores con raíces en países africanos que no fueron colonizados por Francia: en la actual República Democrática del Congo –excolonia belga–, los casos de Mandanda (nacido allí) y N’Zonzi; y el de Matuidi, de padre angoleño –excolonia portuguesa– y madre congoleña. Todo ello incrementa el grado de incidencia de África en el conjunto galo, una cuestión histórica que en los últimos años se ha profundizado en virtud de la creciente inmigración y el establecimiento de muchos de los inmigrantes en los suburbios de las grandes ciudades, los llamados Banlieue. Esta influencia de los hijos de inmigrantes es una cuestión que ya se evidenciaba –aunque con menos fuerza– en el Mundial de 1998: basta recordar las raíces argelinas de Zidane o la ascendencia guadalupeña-martiniquesa de Thierry Henry.

Es tal el peso africano para Francia que el mismo excede las cuestiones futbolísticas, al punto tal que el expresidente Jacques Chirac sostuvo que: “Sin África, Francia se deslizará hacia abajo del rango de tercera potencia”. Más allá de que el nivel de juego desplegado en el campo de juego es el elemento central que determina la suerte de un equipo en una copa del mundo, el aporte africano y de los territorios de ultramar en Les Bleus es innegable y desnudan la xenofibia e hipocresía cotidianas que recaen sobre los inmigrantes y sus hijos en estos momentos en Europa.

Demasiado entusiasmo por la camiseta

Todavía estaba bien caliente la derrota de Argentina por 3-0 frente a Croacia, explotaban las críticas contra el equipo de Sampaoli y los memes con la figura del astro Diego Maradona en uno de los palcos, cuando dos defensores croatas festejaban en el vestuario al ritmo de la banda fascista Thompson y cantaban “Za dom, spremni!” (¡Por el hogar, listos!). El vitoreo croata pospartido rememoraba así el saludo del período fascista de la Ustacha, la organización nacionalista terrorista croata aliada de la Alemania nazi y la Italia fascista. El video del festejo fue subido a Internet por el central izquierdo Dejan Lovren; mientras que el central derecho y exjugador del Dinamo de Kiev, Domagoj Vida, publicó en las redes un saludo de gloria al fascismo ucraniano tras su triunfo frente a la local Rusia.

Ya en el repechaje del Mundial de Brasil 2014, el central croata Josip Šimunić fue suspendido con diez fechas y quedó fuera del Mundial por tomar un micrófono y arengar al público al grito de ¡Za dom!, al que los fans croatas contestaban ¡Spremni! La misma Federación de Fútbol Croata, presidida por el enorme goleador de Francia 98, Davor Šuker, fue sancionada por la UEFA en 2015 con un partido a puertas cerradas y 50.000 euros por insultos racistas de sus aficionados; el encuentro se jugó con una esvástica dibujada en el verde césped y la FIFA volvió a abrir un expediente disciplinario.

La Federación de Fútbol Croata fue sancionada por la UEFA en 2015 con un partido a puertas cerradas y 50.000 euros por insultos racistas de sus aficionados; el encuentro se jugó con una esvástica dibujada en el verde césped.

El nacionalismo xenófobo y ultracatólico croata tiene un complejo origen histórico y una peligrosa actualidad. ¡Za dom, spremni!, por ejemplo, es la inscripción que llevaba una placa puesta en diciembre de 2015 por una asociación de exmilitares croatas en las proximidades del campo de exterminio Jasenovac. Allí, el régimen Ustacha –presidido por Ante Pavelić, quien se ufanaba de tener 20 kilos de ojos humanos en su oficina y que luego se refugiaría en El Palomar, Argentina– torturó y asesinó a alrededor de 100 mil personas, en su mayoría serbios, constituyéndose en uno de los campos de exterminio más grandes y crueles de Europa. De ese entonces es el tétrico y famoso concurso de degollamiento que realizaron cuatro franciscanos: Petar Brzica salió triunfante tras degollar en una noche a 1.360 serbios recién llegados a Jasenovac. Pavelić, en complicidad con el arzobispado católico croata, buscaba crear un Estado Independiente Croata, separándose principalmente de sus vecinos ortodoxos serbios.

La República Federativa Socialista de Yugoslavia, surgida tras la caída del Eje en la Segunda Guerra Mundial y la liberación del territorio yugoslavo del dominio nazi desde 1941, se configuró como un Estado multicultural y federativo, gobernado por el líder de la resistencia antifascista en Belgrado, el Mariscal Josip Broz, apodado “Tito”. Durante 35 años, el Mariscal Tito mantuvo una delicada armonía entre las seis repúblicas que formaban Yugoslavia (Bosnia y Herzegovina, Croacia, Macedonia, Eslovenia, Montenegro y Serbia), a partir de enaltecer los sentimientos de unidad y paz reinantes tras la guerra, mediante su figura de libertador, y con una férrea sofocación a cualquier desafío separatista. Esa armonía empezó a desmoronarse con su muerte en 1980, y culminaría con las Guerras Yugoslavas (1991-2001).

Una de las familias de desplazados durante la guerra fue, justamente, la del 10 de la Selección croata, Luka Modrić, quien con solo seis años vivió el asesinato de su abuelo y el incendio de su casa por parte de milicias serbias.

Ya para fines de los 80, el triunfador de las elecciones en Serbia, Slobodan Milošević, manifestaría que su República no le temía a la guerra, anticipándose así al conflicto más sangriento de Europa de la segunda mitad del siglo XX, que provocó entre 130 y 200 mil muertes, millones de desplazados y la disolución de Yugoslavia. Una de las familias de desplazados durante la guerra fue, justamente, la del 10 de la Selección croata, Luka Modrić, quien con solo seis años vivió el asesinato de su abuelo y el incendio de su casa por parte de milicias serbias. “Solo tenía seis años y esos eran momentos verdaderamente difíciles. Los recuerdo muy bien, pero no es algo en lo que quieres pensar”, comentó Modrić ante la prensa en 2008. “La guerra me hizo más fuerte. No quisiera tener eso en mí para siempre, pero tampoco quiero olvidarlo”. Como la mayoría de los jugadores del seleccionado croata, Modrić tuvo una difícil infancia surcada por la guerra, las granadas y las minas terrestres. Por su parte, el defensor Lovren es otro de los jugadores que rememora ese período con sumo pesar, siendo que su familia migró a Alemania desplazada por la guerra pero al tiempo le fue rechazado su asilo, por lo que debió volver a Croacia. Para entonces, ya había perdido su lengua materna, por lo que tuvo diversos conflictos en la escuela.

Lejos se encuentran los croatas de reconciliarse con alguna idea de fraternidad. En 2017, el concejal de ultra derecha Zlatko Hasanbegović obtuvo el apoyo mayoritario para cambiarle el nombre a la plaza más emblemática de Zagreb, la capital croata. De llamarse “Marsical Tito” pasó a denominarse “Plaza de la República Croata”.

@francastano91

@juanignacioare