La polarización que hunde a Nicaragua

El pasado 16 de abril, el gobierno de la República de Nicaragua, presidido por Daniel Ortega, oficializó la reforma del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS). La misma disponía un aumento de las contribuciones patronales (del 19 al 22,5%) y de los trabajadores (del 6,25 al 7%) pero a su vez estipulaba un recorte de las pensiones, con el objetivo declarado de evitar una posible falta de liquidez futura de un Instituto que durante varios años manejó irresponsablemente los fondos públicos.

Luego de la reforma, tuvieron lugar enfrentamientos entre distintos partidos políticos y sectores de la sociedad civil a favor y en contra de la medida, cuestiones que desataron una escalada conflictiva en todo el país que se ha agravado con la participación de fuerzas policiales y milicias oficialistas, lo cual ha dejado como saldo más de, por lo menos, 200 muertos y 1200 heridos, según organismos internacionales.

A pesar de que el gobierno desistió con la reforma cuatro días después de haberla promulgado, el conflicto adquirió características análogas a una bola de nieve y terminó convirtiéndose en un hecho externo e independiente a su foco de origen, resquebrajando el consenso interno del gobierno con la Iglesia y la burguesía empresarial e incluso profundizando demandas de algunos sectores de que Ortega renuncie.

Esta cuestión trajo a colación las divisiones internas en un país en donde Ortega ostenta la presidencia desde 2007 y que desde el año pasado se encuentra secundado en la vicepresidencia por su esposa Rosario Murillo. La polarización creciente del país dificulta la aproximación a los hechos, en los que buena parte de la referencia del sandinismo califica como una “insurrección popular y cívica”; mientras que Ortega –quien encabezó la Revolución Sandinista de cuño distributiva en los 80– gobierna actualmente en fuerte alianza con los empresarios, posee el control de la mayoría de los medios televisivos y avala el férreo accionar de las fuerzas civiles.

Con el objetivo de profundizar lo que acontece en el país, L’ Ombelico del Mondo dialogó con Giorgio Trucchi, periodista italiano que reside en Nicaragua desde 1998, corresponsal para Centroamérica de diversas agencias de noticias. Trucchi hizo foco sobre los condicionantes internos del conflicto y advirtió las consecuencias negativas que tendría la renuncia de Ortega en un país convulsionado desde hace tres meses.

–¿Cuál es la situación en que se encuentra hoy Nicaragua?

–Una primera pregunta que cualquier persona que quiera entender qué es lo que pasa debería hacer es: ¿cómo es posible que un país que hasta hace tres meses era el país más seguro de toda la región, de buena parte de América Latina, con una situación económica bastante estable, con datos sobre reducción de pobreza y bienestar de la población bastante buenos –por lo menos, una reducción continua de la pobreza en el país–, y con un cuerpo de Policía que a nivel internacional era reconocido como uno de los mejores –en el sentido de una policía que viene de la revolución, una policía comunitaria muy conectada con el tejido social–, cómo es posible que en menos de 72 horas pasa a ser un país al borde casi de la guerra civil? Y una Policía que, de repente, se transforma en asesina que masacra a la población. Entonces, ya este dato nos da a entender que no es tan sencilla la interpretación, la explicación. Hay varios elementos que nos llevan a la situación actual. En definitiva, creo que hay tantos elementos internos como externos que han contribuido a cómo estamos hoy.

El elemento interno tiene que ver con que, en los últimos 11 años, el gobierno de Daniel Ortega –del Frente Sandinista– ha logrado muchas cosas en cuanto a mejorar la situación, los niveles de vida de la población en cuanto a estructura, estabilidad económica, financiamiento para la pequeña y mediana industria. O sea, hay todo un avance en la economía para mejorar la situación de la población. Pero a la par hay una forma de gobernar que, con el pasar de los años, se ha vuelto cada día más autoritaria, concentrando el poder institucional y con toda una serie de actitudes autoritarias y verticales también hacia adentro del mismo partido, que han creado un fuerte malestar. Un malestar que estaría en la misma base del Frente Sandinista porque cuando ocurren los primeros choques la noche del 18 de abril, y después siguen durante el 19, se miran dos cosas: por un lado, esta forma autoritaria, esta forma de querer imponer la reforma; la reforma del Instituto de Previsión Social se da sin ningún tipo de consulta, se impone, se baja la línea de la reforma a la base y se aprueba, creando toda una serie de reacciones. Y, paralelamente a esta forma, hay una reacción de parte de la población que, inicialmente, yo no tengo dudas de que fue espontánea. Fue una reacción a la primera represión, a los primeros choques. Al primer muerto, la gente reacciona, pero reacciona porque también había ya una base, la misma base sandinista, que tenía cierto malestar, un malestar fuerte, según las zonas del país hacia el gobierno. Inmediatamente después, y eso no lo podemos esconder, había claramente ya un plan, diría yo, muy bien organizado.

O sea, lo que decía al comienzo: ¿cómo es posible que todo esto cambie este país, que se derrumbe en menos de 72 horas? Tiene que ver con este factor interno de la forma de gobernar, de malestar entre la población, pero al otro lado tenemos una posición que venía preparando un plan que estaba esperando el momento adecuado para poder echarse a andar. Porque es un plan que no puede funcionar si no hay una reacción de parte de la población que sale a la calle. Entonces, eso es lo que yo miré claramente: al comienzo, fue una reacción espontánea y autoconvocada de la gente; en menos de 24 horas hay una infiltración de esta protesta para elevar el nivel de conflictividad y beligerancia, confrontar también de manera armada a la misma Policía y crear los primeros muertos. No estoy diciendo que no hubo muertos, que es mentira, sino que crearon las condiciones para que, inmediatamente, el nivel de enfrentamiento subiera de tono y llegara ya a un conflicto armado. Inmediatamente, nadie se acuerda, nadie quiere recordar, pero la misma noche hubo ataques a diferentes alcaldías de diferentes puntos del país, hubo ataques a casas y centros del Frente Sandinista. El nivel de violencia subió de tono. Hubo los primeros muertos y esto generó una gran conmoción y rabia entre la misma gente. La misma masa sandinista salió a la calle, en parte por el malestar que venía arrastrando desde hace años, pero sobre todo mirando lo que los sectores de la oposición estaban creando; es decir, las condiciones para que se llegara rápidamente. Yo creo que ese era el objetivo: crear una crisis y en menos de un mes poder botar el gobierno. Esto no les funcionó. Precisamente por este motivo, hemos venido arrastrando una crisis muy profunda, que tiene este elemento interno pero que tiene, también, elementos externos.

Al comienzo, fue una reacción espontánea y autoconvocada de la gente; en menos de 24 horas, hay una infiltración de esta protesta para elevar el nivel de conflictividad y beligerancia, confrontar también de manera armada a la misma Policía y crear los primeros muertos.

Este plan concretamente quiere decir que, y esto ya es público, no es nada nuevo, desde hace años hay organizaciones que hoy en día conforman esta alianza cívica de Nicaragua, que es prácticamente la oposición que está instando a la mesa de diálogo. Pero las mismas organizaciones de derechos humanos que están trabajando aquí en el país, han recibido muchísimos fondos de parte de institutos tanto gubernamentales como privados de Estados Unidos para crear todo este tejido, esta estructura que se pudiera activar en el momento más adecuado. Y, con cosas muy sencillas, son todos programas de crear nuevos liderazgos, son programas para formar jóvenes sobre todo en las redes sociales, en la institucionalidad, en diferentes planes de capacitación y de formación para crear, exactamente como decía, el tejido adecuado que pudiera activar en el momento más adecuado. Entonces, yo de verdad no creo que hubo un plan en el que la CIA estaba –como varios sectores han dicho– en Nicaragua creando esta situación. Pero sí han creado las condiciones para que se activara lo que se activó a partir de la noche del 18. Y lo hemos visto en muchos elementos: la manipulación de datos de la persona muerta, el uso de las redes sociales para confundir, la manipulación de las redes sociales y de las noticias. Esto ha servido todos estos meses para mantener a la gente en las calles, mantener la presión hacia el gobierno y obligarlo a aceptar una rendición.

Entonces, la confusión que se vive en Nicaragua es grande porque se trata de polarizar lo más posible. Es difícil poner elementos de análisis: o es una insurrección espontánea, pacífica, cívica, lo cual no es  –lo fue al comienzo, como explicaba, pero eso ya pasó a otra parte del plan, que era botar al gobierno–, o es ahora todo terrorismo, todo golpismo. Yo creo que la cosa es más complicada exactamente es esto, tratar de ver lo que está pasando, efectivamente cómo se están moviendo las partes y, sobre todo, tanto interno como externo, cómo se están moviendo los diferentes actores de este caos en las calles.

Yo de verdad no creo que hubo un plan en el que la CIA estaba –como varios sectores han dicho– en Nicaragua creando esta situación. Pero sí han creado las condiciones para que se activara lo que se activó a partir de la noche del 18.

–Ante la cantidad de cifras diferentes que hay sobre los muertos y heridos que hay tras estos meses de protestas ¿Cuál es la cifra que usted tiene y cuál es la del gobierno?

–Están habiendo cifras diferentes y, sobre todo, nadie te presenta y explica el contenido, o sea dar nombre, apellido, cara a las personas que han muerto. Entonces, es muy difícil. Yo no me atrevo a decir son 250, son 300; hay organizaciones que ya hablan de más de 400. Seguramente, ha habido muchos muertos. Lo que me atrevería a decir es que seguramente son más de 200.

Hay un intento de hacer un estudio, una persona que ha comparado las diversas informaciones, los diferentes informes de por lo menos dos organizaciones nacionales y una internacional con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), comparando nombres, apellidos, diferentes situaciones. Y en este estudio se evidencia esto: por lo menos el 50% de las personas que ahí aparecen como muertas no tienen que ver directamente con la protesta. O sea, casos de gente que no murió porque estaba participando en la protesta. Hay nombres repetidos, personas que nunca han muerto, personas que estaban pasando por el lugar y fueron alcanzados lamentablemente por una bala. Hasta aparecen varias personas que murieron en accidentes que nada tienen que ver, como el caso del periodista y cineasta guatemalteco que muere aplastado por uno de esos árboles de la vía que la gente las primeras semanas botaba, y ahí lo ponen como muerte directa de la represión gubernamental. El otro elemento que evidencia es que hay casi una partición, no diría igual pero sí muy similar, entre los muertos, entre gente que tiene afines a la Policía o al partido de gobierno y gente que son de la oposición. Entonces, ahí cuando las organizaciones de derechos humanos dicen que son muertos –y esto se repite como parte de la campaña de manipulación mediática, cada vez que se dice “300 muertos por la represión gubernamental en Nicaragua”–, hay absolutamente de todo. Prácticamente, la mitad son afines al gobierno y la otra mitad es de la oposición. Pero, independientemente de eso, yo creo que alguien que conoce Nicaragua sabe quiénes son estas organizaciones de derechos humanos, que tienen una relación muy difícil con el actor gobierno. Es gente que ha participado en los años pasados en política o, por darte un ejemplo, la organización que da los datos más alarmantes (más de 400 muertos, el otro día anunciaron que en 24 horas hubo como 800 desaparecidos, que no se sabe de dónde saca todos esos datos), es la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (Anpdh). La Anpdh nace en 1986 en Miami, creada por Ronald Reagan, porque era la organización de derechos humanos de la contrarrevolución, y se traslada a Nicaragua después de la derrota electoral de 1990 del Frente Sandinista, y cuyo presidente por más de dos décadas fue el actual Obispo de Estelí, Abelardo Mata, que es el más reaccionario y conservador. Entonces, entiende que uno mira datos que sabe quién es la gente y el trabajo que ha hecho en estos años, es difícil darle credibilidad porque vienen arrastrando una historia personal de confrontación con el Frente Sandinista o es gente que se salió del Frente Sandinista y que está muy cercana a la oposición política disidente como puede ser la ANS. Entonces, de verdad es muy complicado entender y creer y confiar en estos datos.

–Respecto a las fuerzas paramilitares presentes en Nicaragua, el presidente Ortega señaló que tendrían que ver con un sector de la oposición que se encuentra en la Asamblea Nacional, mientras que informaciones periodísticas, como la investigación de Wilfredo Aburto, indicaron que había por ejemplo camionetas de la Alcaldía de Managua que eran utilizadas por estas fuerzas paramilitares. ¿Quiénes son concretamente los que están produciendo esta situación de agudización del conflicto en Nicaragua?

–La Alianza Cívica que se ha sentado en el diálogo nacional está conformada por diferentes sectores. Hay sectores empresariales, estudiantes universitarios, sectores de las ONG y de la sociedad civil. Hay un poco de todo. Adentro de estos sectores, hay dos más conservadores. Por ejemplo, adentro del Consejo Superior de la Empresa Privada en Nicaragua (Cosep), que es la empresa privada conformada por las diferentes cámaras, hay sectores fuertemente conservadores y reaccionarios que vienen arrastrando todavía los odios y rencores de los años 80, con todo lo que pasó con el Frente Sandinista, el gobierno revolucionario y la empresa privada y la contrarrevolución, que no han superado esta situación y han conservado en los últimos años esta alianza tripartita entre el gobierno, los sindicatos y la empresa privada porque le convenía económicamente. Hay sectores menos conservadores que se entienden con el gobierno de Ortega y aceptaron llevar adelante este proceso de una forma mucho más consciente. Entonces, en este momento de crisis y de caos, estas divisiones salen a flote. Lo mismo pasa en la sociedad civil. Si ustedes se fijan, las organizaciones que están ahí representando a la sociedad civil, la mayoría son ONG y la mayoría de la gente que está ahí sentada y no se sabe bien a quién representa ni a cuántos sectores de la oposición, es gente que viene de la disidencia del movimiento sandinista. Esto todo el mundo lo sabe porque todo el mundo se conoce; Nicaragua es chiquito. Entonces, ahí dentro, los sectores más conservadores de la sociedad, las ONG, como de la empresa privada, como de la jerarquía católica y una parte de los estudiantes universitarios que venían preparando el plan que mencionaba, fueron los principales instigadores de crear el caos para capitalizarlo políticamente en un segundo momento. Son los sectores que desde el primer momento que comenzó el diálogo nacional dijeron “no nos interesa dialogar, nosotros estamos aquí para definir cuándo el presidente Ortega se va, renuncie”. Esa fue la posición. Un sector ultra conservador que fue afortunadamente derrotado, porque si no íbamos a una guerra civil. Fue derrotado también por la comunidad internacional porque tampoco la OEA, lo mismo EEUU, aceptaron apoyar un plan tan brutal como este porque iba directo a la guerra civil. Porque ellos no pedían solo que se fuera Daniel Ortega y la vicepresidenta Rosario Murillo, sino que disolvieran todas las instituciones, todo el mundo tenía que renunciar, se disolvía todo, incluso la Asamblea Nacional e iban a instalar una supuesta Junta Provisoria de Gobierno para llamar a una Asamblea Constituyente y después ir a elecciones. O sea, algo que no existe en ningún punto de la Constitución. Era una ruptura del orden constitucional. Esto nunca lo aceptó el gobierno, afortunadamente, ni la comunidad internacional aceptó apoyar esta propuesta. Es por eso que antes decía que se les cae el plan de botar al gobierno en el primer mes cuando la conmoción era muy fuerte, se vivía esta dimensión como paralela, como una realidad virtual donde todo el mundo se creía lo que pasaba en los medios de comunicación de las redes sociales y la tensión era muy fuerte, estuvimos a punto de caer en una guerra civil.

En apoyo a la Policía, el gobierno de alguna manera usó combatientes históricos de ellos para apoyar esta operación; al otro lado, más que paramilitares –no me parecen que eran paramilitares– había un poco de todo: estos movimientos fueron infiltrados también por la criminalidad común del barrio, de pandillas, y seguramente no podemos olvidar que hay sectores de la antigua contrarrevolución que nunca se han pacificado con el Frente Sandinista.

Entonces, respecto de los paramilitares, yo no sé bien, es difícil. Seguramente cuando hay una reacción del gobierno porque estos sectores más conservadores empiezan a perder consenso porque la misma base de la ciudadanía que llegó de forma espontánea a salir a las calles las primeras semanas se da cuenta de que hay algo raro, que hay algo que no está funcionando, empieza a tener miedo, empieza a mirar que no es tan así como se lo están contando las redes sociales y comienza a abandonar las calles. En este momento, la oposición se ha debilitado muchísimo, hay gente en las calles pero nada que ver a las primeras grandes movilizaciones de las primeras dos, tres semanas; se ha debilitado mucho, se le ha caído un poco el discurso más radical. Y el gobierno ha ido a la ofensiva –si me permiten la palabra–, ha limpiado un poco todo el país. Acuérdense lo que vivimos aquí más de un mes, un mes y medio, que prácticamente era imposible salir de la casa porque no nos podíamos mover a ningún lado del país porque había tranques, barricadas en todas las carreteras y en los barrios de las diferentes ciudades. Esto ya se revirtió. Para hacer esto, creo que el Frente Sandinista –y esto es un problema porque el gobierno tendrá que explicarlo– utilizó parte de su base, de sus combatientes históricos que han hecho la guerra de los 80, para apoyar a la policía en estas operaciones, como dicen ellos, de limpieza del país. Concretamente, de quitar todas estas barricadas, todos estos tranques que se habían dispuesto en varios puntos del país y que se habían convertido en lugares muy peligrosos, en los que también participaba la criminalidad. Ahí había de todo. Yo vivo muy cerca de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), entonces vivimos en carne propia quiénes estaban ahí adentro. Había absolutamente de todo y estaban armados. Entonces, esto también de la insurrección pacífica, desarmada y todo eso no es cierto. Claro, nada que ver la fuerza de un lado y del otro, porque también del otro lado ha habido armas, había una infiltración. Entonces, yo creo eso, que en apoyo a la Policía, el gobierno de alguna manera usó combatientes históricos de ellos para apoyar esta operación; al otro lado, más que paramilitares –no me parecen que eran paramilitares– había un poco de todo: estos movimientos fueron infiltrados también por la criminalidad común del barrio, de pandillas, y seguramente no podemos olvidar que hay sectores de la antigua contrarrevolución que nunca se han pacificado con el Frente Sandinista y que, en situaciones como esta, no en las ciudades pero sí en las zonas rurales, seguramente se han armado, han participado de este tranque, han participado en enfrentamientos con la fuerza de Policía. Y de ahí también la gran cantidad de muertos. Entonces, me parece que no hay nada institucional de decir que tenemos cuerpos paramilitares, pero en Nicaragua no es nada extraño que un pueblo que sigue siendo armado, por lo menos en las zonas rurales, haya tenido enfrentamientos entre fuerzas regulares y fuerzas irregulares. Esto es muy peligroso y hay que decirlo, no hay que demonizarlo pero sí decirlo, algo que claramente hay que resolverlo porque ni siquiera la Constitución reconoce la existencia de cuerpos armados que no sean la Policía, su cuerpo y el Ejército regular.

Un vacío de poder en este momento –la renuncia de Ortega– llevaría al país al borde de una guerra civil.

Yo creo que este es un momento extremadamente delicado porque se ha dado vuelta la situación, porque la oposición se ha debilitado. El gobierno está a la ofensiva, pero hay una Iglesia Católica claramente parcializada que no ha sabido desarrollar su papel de mediadora, y estamos en una situación de stand by que no sabemos hacia dónde vamos. Esto es lo más peligroso que puede pasar. A la par de eso, tenemos una presión internacional fuertísima, tanto de EEUU como de la OEA y también de la Unión Europea, que apuntan todo a polarizar más la situación. Y esto es un grave error. En lugar de tratar de acercar a las partes están polarizando más la situación, y esto es muy peligroso. Porque, claro, viendo una oposición debilitada están tratando de oxigenarla con la presión internacional. Yo creo que en este momento hay que entender dos cosas: primero, un vacío de poder en este momento –la renuncia de Ortega– llevaría al país al borde de una guerra civil. Lo más peligroso es insistir con la renuncia. No tanto por Ortega sino que, conociendo a este pueblo y estando en esta situación de crisis, un vacío de poder desencadenaría una reacción peligrosísima con una serie de pasadas de cuentas de un lado y del otro. Tenemos familias divididas, amistades que se han caído y gente peleada que se odia. Nos pasaron cosas horribles en estos tres meses. Entonces, vacío de poder, no. Segundo elemento: hay que volver de inmediato al diálogo, pero un diálogo serio. Hasta el  momento, ha habido dos partes que mostraban el músculo y que decían “yo quiero esto y yo quiero esto”, y punto. Eso no es diálogo. Entonces, se necesita un mediador serio que no trate de parcializar. No sé qué pueda hacer todavía la Iglesia Católica. Y que las dos partes den un paso atrás y se dispongan a escuchar al otro y buscar una salida negociada a esto, porque los muertos lo está poniendo el pueblo.