TLCAN: “Si se rompieran las relaciones, AMLO empezaría en un bache terrible”

John M. Ackeman

Cuando Donald Trump llegó a la presidencia de los Estados Unidos, las dudas sobre qué iba a ocurrir con los tratados internacionales firmados por sus predecesores llegaron a todos los rincones del mundo. A poco más de un año de haber asumido, el magnate neoyorkino, bajo su lema de campaña de Make America Great Again (Hagamos a América grande de nuevo), sacó a su país del acuerdo nuclear con Irán, del Acuerdo de París que busca revertir el cambio climático, de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por su sigla en inglés).

Ante el cumplimiento de sus amenazas electorales, México y Canadá se sentaron con Estados Unidos y renegociaron el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan o Nafta, por sus sigla en inglés), un acuerdo vigente desde el 1 de enero de 1994 que mueve más de un billón de dólares por año. Luego de meses de negociaciones, México y Estados Unidos anunciaron un acuerdo para aplicar una serie de modificaciones sin la aprobación, por el momento, de Canadá, que todavía mantiene negociaciones con Washington.

Las modificaciones implicarán un triunfo para Trump quien durante su campaña presidencial calificó al Tlcan como “el peor tratado de la historia”, porque se le cambiará el nombre y, a pesar de que no está claro cuál será la nueva denominación, Estados Unidos anunció que lo llamará Acuerdo Comercial Estados Unidos-México. De esta manera, el Tlcan será modificado y Trump cumplirá una más de sus promesas electorales.

El nuevo acuerdo exigirá que el 75% del contenido automotriz se realice en la actual región del Tlcan (antes era del 62,5%) y que entre el 40 y el 45% debe ser construido por trabajadores que ganen, como mínimo, 16 dólares por hora. Además, tendrá una vigencia de 16 años con revisiones cada seis. La gran incógnita es qué ocurrirá con Canadá. El actual canciller mexicano, Luis Videgaray Caso, dijo que si Washington y Ottawa no llegan a un acuerdo, “ya sabemos que aún habrá un acuerdo entre México y Estados Unidos”. Por su parte, el futuro canciller mexicano Marcelo Ebrard Casaubón, que asumirá una vez llegue al poder el presidente electo Andrés Manuel López Obrador (AMLO), dijo que el acuerdo era un “paso positivo” pero que la participación de Canadá era “indispensable”.

Sobre las renegociaciones comerciales y el futuro gobierno de López Obrador, L’Ombelico del Mondo habló con John Ackerman, investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e intelectual mexicano. Ackerman aseguró que lo que tratará hacer el futuro presidente mexicano será “fortalecer la economía dentro del mercado nacional en un marco de libre comercio sin ceder en la soberanía nacional”, y declaró que “su objetivo central es acabar con la corrupción, la violencia, la desigualdad y la pobreza”. Además, lo comparó con el líder demócrata estadounidense Bernie Sanders y manifestó que no “pertenece a la izquierda socialista o bolivariana de Sudamérica”.

–¿Cómo analizás los cambios que se anunciaron sobre el Tlcan?

–Los acuerdos son un avance importante porque había varios temas que se habían atorado en la negociación entre México y los Estados Unidos y ahora, de repente, se van encontrando salidas que logran beneficios para las dos partes de manera sorprendente. Trump, al parecer, no está insistiendo en los temas más difíciles para México y creo que esto se explica, en parte, por la increíble y contundente victoria de Andrés Manuel López Obrador el pasado 1 de julio con más de 30 millones de votos, que lo posiciona como el presidente entrante con mayor legitimidad de la historia reciente de México.

“Los acuerdos son un avance importante”.

La gran pregunta es qué va a pasar con Canadá. Al parecer van a reunirse para tomar una postura al respecto. Veremos si ellos logran superar las diferencias entre (Justin) Trudeau y Trump. Esa es un poco la estrategia de Trump: arrinconar, poner contra la pared a Canadá para obligarlos a aceptar algunas condiciones que le quiere imponer. Lo más interesante es que México está saliendo más o menos bien librado de esta negociación y esto es gracias a los resultados electorales y a lo que va a ocurrir a partir del próximo 1 de diciembre, y esas son buenas noticias para México y América Latina.

–¿Qué ha significado el Tlcan para la economía de México? ¿Cuáles son las consecuencias de su implementación?

–Es difícil ver los efectos específicos de los diferentes elementos de la estrategia económica de México en los últimos 30 años. En México tenemos 30 años de neoliberalismo, una política económica que no se ha modificado después de los evidentes fracasos del Consenso de Washington y de los años 80. Nosotros seguimos como si estuviéramos en los 80. Una parte central de esta política neoliberal ha sido el Nafta, que la idea era vincular la economía mexicana mucho más integralmente a la economía estadounidense e imponer reglas neoliberales dentro de México y en su trato hacia México con los Estados Unidos. Esto no ha dado frutos, el crecimiento de México ha sido raquítico, un 2% por año promedio en los últimos 20 años. No hemos tenido grandes beneficios con este acuerdo ni con el modelo neoliberal.

“En México tenemos 30 años de neoliberalismo (…) el crecimiento ha sido raquítico, un 2% por año promedio”.

Con la llegada de López Obrador, se va a cambiar el modelo y la cuestión es si esto todavía es consistente con mantener el tratado de libre comercio. A mí me parece que sí. Lo que se está buscando es, desde una economía nacional fortalecida, un nuevo modelo de desarrollo en México, poder incluso aprovechar estas relaciones de libre comercio para crecer como país y tener una incidencia mayor en Norteamérica. El tratado de libre comercio en sí no es el culpable de la falta de crecimiento. Tampoco es el responsable de alguna gran modernización de la economía. México podría prescindir de este acuerdo en un principio, pero lo que sí sería terrible, por lo menos en el corto plazo, sería si de repente se acabara con el tratado. Eso es lo que quiere evitar López Obrador. Si de repente hubiera un rompimiento en las negociaciones con Washington para el primero de diciembre –cuando asuma el nuevo presidente–, estaríamos en una situación de mucha especulación y de crisis financiera internacional. Ya sabemos cómo se manejan los circuitos de dinero. Si de repente se rompieran las relaciones, el inicio del gobierno de López Obrador empezaría en un bache terrible. Él lo que está tratando de hacer es fortalecer la economía dentro del mercado nacional en un marco de libre comercio sin ceder en la soberanía nacional en estas negociaciones.

“Con un rompimiento de las negociaciones, estaríamos en una situación de mucha especulación y de crisis financiera internacional”.

–¿Cómo ve la presidencia de Trump y cuáles son las principales implicancias para México?

–Una cosa que le permite a Trump este anuncio sobre el Tlcan es declarar su victoria en términos en que lo que se anuncia no es la continuidad del tratado de libre comercio de los tres países sino un acuerdo bilateral con México. Entonces, en ese sentido está cumpliendo en acabar con el Nafta, que era su promesa. Veremos qué pasa con Canadá, pero aunque entre ahora y se continúe con la negociación tripartita, él va a salir como el gran ganador frente a sus bases porque logró poner a Canadá contra la pared, por lo menos en las apariencias. No le conviene a Trump romper relaciones comerciales con México y mucho menos con Canadá, porque ya se ha generado en los últimos 20 años, una interdependencia entre los tres países y hay cadenas de producción que atraviesan las fronteras. Romper de repente las relaciones comerciales con México afectaría no solamente a México, sino también a los Estados Unidos. Lo que él está buscando ahora es una victoria mediática y pública, pero lo que tenemos es una continuidad de las relaciones económica y una oportunidad de que México aproveche del libre comercio desde un enfoque nacional y soberano.

–Usted es hijo de Bruce Ackerman, uno de los catedráticos más importantes de la justicia constitucional de los Estados Unidos. ¿Cómo ve las investigaciones contra Trump por la supuesta injerencia rusa en las últimas elecciones presidenciales que ganó?

–Creo que se está desviando un poco el tema político en los Estados Unidos con el tema penal en contra de Trump. El verdadero problema es político. Trump recibió el respaldo de más de 40 millones de votantes, lo cual refleja un problema serio en la calidad y el nivel del debate público en los Estados Unidos. La respuesta no es tanto sacarlo por la vía penal para que se haga la víctima, sino sacarlo por la vía política a partir de la educación cívica y el debate público y elevar el nivel de discusión para poner a alguien realmente que rechace el statu quo pero desde otro enfoque. Bernie Sanders, yo creo, le hubiera ganado a Trump en las elecciones, pero por el miedo de una parte del establishment de los Estados Unidos  se puso a Hillary Clinton, que era un blanco muy fácil para Trump. Para las siguientes elecciones, se debería organizar una verdadera oposición progresista capaz de derrotar a Trump políticamente con o sin la intervención rusa. A mí me parece que eso es una gran distracción aunque puede existir; no niego la intervención rusa. Es muy fácil echarle la culpa a eso y no ver el problema más de fondo con la cultura y el debate político en los Estados Unidos que está aprovechándose de ellos Trump. La izquierda debería generar otra visión.

–¿Cuáles crees que serán los principales desafíos para la cuestión migratoria de México? Tanto mirando hacia el sur en Centroamérica como hacia el norte en Estados Unidos.

–López Obrador está proponiendo un giro fuerte a la relación de México con los Estados Unidos en esta materia. Él no está buscando pleitos con Trump pero sí quiere cambiar la correlación de fuerzas. Quiere una interacción digna y de respeto mutuo entre los Estados Unidos y México. Hasta el día de hoy, Peña Nieto y su canciller Videgaray han sido totalmente serviles a lo que manda y hace Estados Unidos. No sólo con Trump, también desde antes.

La propuesta de López Obrador de la creación de un fondo de desarrollo para Centroamérica es una gran diferencia, porque lo que ha venido ocurriendo es que el gobierno mexicano estaba trabajando como policía fronteriza, como una extensión de la policía fronteriza de los Estados Unidos, deteniendo y regresando a su país a los centroamericanos. Lo que López Obrador quiere hacer es, en vez de usar la fuerza, empezar a intentar de resolver los problemas de raíz en Centroamérica para que los residentes de esos países tengan el derecho a migrar si quieren, pero también el derecho y la posibilidad de quedarse en donde están si eso es lo que prefieren. Acabar con la migración forzosa a partir de la violencia y la pobreza de esos países. Obviamente que no está de acuerdo con el muro que quiere construir Trump en la frontera en la frontera entre México y los Estados Unidos, y evidentemente jamás aceptaría que México pagara por ese muro, que es en lo que insiste una y otra vez Trump. En vez de meterse en esa discusión, López Obrador está intentando construir otras alternativas. La defensa de los migrantes en Estados Unidos también es un gran tema. López Obrador ha dicho que va a convertir los 50 consulados que están en Estados Unidos en centros de justicia y defensa de los derechos humanos para los migrantes, no sólo mexicanos, sino de todos los latinoamericanos, porque hay muchos sudamericanos a los que también les están vulnerando sus derechos.

–¿Cómo analizas lo que fue el sexenio de Enrique Peña Nieto? ¿Qué le deja a México su presidencia?

–Sus años de gobierno son terribles. El último resultado electoral demuestra el gran hartazgo de la población porque votaron por López Obrador no sólo los votantes de izquierda sino que arrasó en todo el país, porque estamos en una crisis histórica muy terrible en materia de corrupción, violencia y de falta de crecimiento económico. Es una economía nacional con instituciones públicas desmanteladas y la gente está queriendo recuperar una esperanza básica en la democracia, las instituciones y en la fuerza de economía mexicana. Hay un gran repudio con Peña Nieto, la gente va a estar muy feliz cuando asuma López Obrador. Afortunadamente se abrió la posibilidad de una transición electoral pacífica porque después de tantos fraudes electorales –2006 y 2012– la gente creía que no iba a ser posible, pero sí se hizo y ahora viene un trabajo muy fuerte de reconstrucción de las instituciones colapsadas y de combatir a la corrupción para que México esté otra vez de pie y para que se vuelva hacia América Latina, que es algo que se ha extrañado. México antes era una gran figura de solidaridad internacional hacia América Latina y de independencia de los Estados Unidos, y creo que ahora vamos a recuperar esa tradición.

“Si lo queremos comparar con algún líder estadounidense, sería más como Bernie Sanders. Tampoco pertenece a la izquierda socialista o bolivariana de Sudamérica”.

–Algunos caracterizaron al gobierno de López Obrador como un gobierno de izquierda cercano a la Revolución Bolivariana de Venezuela y otros como un gobierno de centroizquierda. ¿Cómo la caracteriza usted? ¿Qué se puede esperar de su gobierno?

–Es una gran pregunta y no sabemos todavía. Hay que esperar hasta que tome posesión. López Obrador no tendrá nada que ver con Trump en términos en que serían los dos populistas, porque son ambos anti statu quo. Esto no tiene nada que ver. Si lo queremos comparar con algún líder estadounidense, sería más como Bernie Sanders. Tampoco pertenece a la izquierda socialista o bolivariana de Sudamérica. Es muy distinto a Evo Morales, a Rafael Correa, a Hugo Chávez, a Cristina Kirchner o a Lula da Silva. Las realidades de Sudamérica son muy distintas a las de México, para bien y para mal. López Obrador es un producto muy doméstico, y no porque sea insular. Él tiene muy clara la historia mexicana. Él mismo dice que lo que él propone es una cuarta transformación de la República. Tenemos la independencia, la revolución liberal del siglo XIX, la revolución mexicana del siglo XX y ahora la revolución democrática, que sería la cuarta transformación del país. Su objetivo central es acabar con la corrupción, la violencia, la desigualdad y la pobreza. Son cosas que van juntas. Su visión es que México tiene la fortaleza en la economía, en la sociedad y en la cultura suficiente para salir adelante en esta coyuntura y que no es necesario, por ejemplo, aumentar los impuestos ni realizar expropiaciones. Eso ya está descartado para él y por eso muchos analizan que no sería un gobierno de izquierda pero, por ejemplo, poner el Estado de derecho y obligar a los grandes empresarios a pagar los impuestos, que ya están en la ley, sería una revolución en México, porque acá los oligarcas y las 16 familias que controlan la economía no pagan los impuestos y sacan su dinero del país. Obligar a esos grandes empresarios a que inviertan y que paguen lo justo en México no sería una revolución socialista ni comunista pero implicaría un avance significativo en el desarrollo nacional. Acabar con la violencia –tenemos más de 250 mil muertos en 12 años por la guerra impuesta por los Estados Unidos– y generar la condiciones para la paz y la reconciliación nacional, también sería revolucionario.