Siria: a la espera de Idlib

Ph. Ugur Can AP

Por Lucio Garriga Olmo |

Luego de semanas de especulaciones, amenazas y pedidos internacionales para evitar una masacre, Rusia y Turquía llegaron a un acuerdo para frenar, por el momento, una ofensiva de Siria y sus aliados sobre el último reducto rebelde del país árabe: la norteña provincia de Idlib. La guerra, que comenzó en el 2011 como un levantamiento civil contra el gobierno de Bashar Al-Assad, cada vez está más cerca de su final pero no por eso deja de generar problemas y temores para la comunidad internacional y para los civiles que viven en regiones que todavía no están bajo el poder central de Damasco.

Tras las victorias en Alepo, la segunda ciudad del país, y en Al Raqa, la capital del califato instaurado por el Estado Islámico (ISIS), Siria quiere dominar el último enclave rebelde, por lo que preparó una ofensiva que iba a contar con el apoyo de Rusia e Irán, para derrotar a los insurgentes en Idlib, donde el grupo terrorista Hei’at Tahrir al-Sham (HTS), vinculado con Al Qaeda, cuenta con más de 10 mil combatientes y donde, además, viven casi tres millones de civiles, de los cuales un millón son desplazados internos de la guerra.

El objetivo central del gobierno de Al-Assad es volver a controlar su territorio nacional y para eso está dispuesto a derrotar a los insurgentes –a los que acusa de “terroristas” sin ningún tipo de distinción– en donde sea, sin pensar en las posibles consecuencias. El ataque sobre Idlib comenzó a prepararse con una serie de amenazas públicas de Damasco y de sus principales aliadas, Rusia e Irán. El vicepresidente sirio, Walid Moallem, había dicho en la televisión rusa que capturar Idlib era una prioridad de su gobierno por la amplia presencia de “terroristas” que había. Por su parte, el canciller iraní, Mohammad Javad Zarif, en una visita a Damasco, dijo que los grupos armados debían ser “limpiados”, y el canciller ruso, Serguéi Lavrov, afirmó que el “régimen sirio tiene derecho a responder (a los ataques terroristas) y Rusia tiene el derecho de ayudar al ejército sirio en la lucha contra el terrorismo”.

A principios de septiembre, Rusia realizó los primeros bombardeos sobre Idlib, donde murieron 13 civiles según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH), mientras que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) informó que, en los primeros 15 días del mes, más de 38.500 civiles huyeron de la región ante los temores de un ataque a gran escala. La ofensiva parecía lista y los esfuerzos de la comunidad internacional para evitarla no daban resultados.

Estados Unidos, a través de su secretario de Estado, Mike Pompeo, su embajadora ante la ONU, Nikki Haley, y el presidente del Estado Mayor Conjunto, el General Joseph Dunfor, criticó un posible ataque y amenazó con intervenir si se llegaba a producir un ataque químico por parte de Damasco. El alto funcionario de la ONU, John Ging, dijo ante el Consejo de Seguridad que se podía crear “una emergencia humanitaria a una escala aún no vista a través de esta crisis”. Por su parte, el secretario general de la ONU, António Guterres, dijo que Idlib no debía “convertirse en un baño de sangre” y le pidió a Rusia, Irán y Turquía “no escatimar esfuerzos para encontrar soluciones que protejan a los civiles”.

Una posible solución pacífica pareció más lejana aún luego de que Rusia, Irán y Turquía, integrantes de los diálogos de Astaná, no hayan llegado a una posición común en la cumbre tripartita de Teherán realizada el 7 de septiembre. Cabe recordar que Idlib se encontraba en una zona de alto al fuego desde 2017, tras un acuerdo logrado por este mismo grupo, y que Turquía tiene 12 puestos militares para controlar que el mismo se respete.

Finalmente, cuando los tambores de la guerra retumbaban en Idlib, Turquía y Rusia firmaron un acuerdo para evitar una ofensiva. Tras una cumbre bilateral realizada en Sochi (fue el tercer encuentro personal entre Vladímir Putin y Recep Tayyip Erdoğan en tres semanas), ambas partes se comprometieron a crear una zona desmilitarizada de 15 a 20 kilómetros de ancho para separar los territorios controlados por Siria de las zonas rebeldes. La misma será creada para el próximo 15 de octubre y será patrullada por las tropas turcas y rusas. Además, se estableció que serán desmovilizados los grupos terroristas (Putin nombró específicamente al HTS) y que para el próximo 10 de octubre el armamento pesado deberá ser retirado del poder rebelde.

“Con este acuerdo creo que hemos evitado una gran crisis humanitaria”, dijo el presidente turco Erdoğan después de firmar el acuerdo y explicó que “la oposición continuará permaneciendo en las áreas donde están presentes”, mientras que Turquía se asegurará de que los “grupos radicales no participen en actividades en el área” y Rusia será la encargada de asegurar que la zona “no sea atacada”.

Por su parte, Putin afirmó que se había logrado “un progreso serio” y que las partes ahora pueden “avanzar en acciones coordinadas”. “Esperamos mover a los militantes, incluido Jabhat al-Nusra (nombre con el que se conoce a la filial de Al Qaeda en Siria relacionada con HTS) de la zona, y también esperamos eliminar del área el equipo militar pesado”, agregó el presidente ruso.

Ganadores y perdedores

El acuerdo firmado le deja un sabor amargo a Siria. Este dejó en claro que el gobierno de Bashar Al-Assad hace lo que le dicta Moscú porque Damasco no formó parte de los diálogos de Sochi y, al mismo tiempo, obliga a su ejército a no poder avanzar sobre la última provincia rebelde del país. El gobierno de Al-Assad tendrá que esperar para controlar todo el territorio nacional. Por otra parte, el pacto produce una esperanza económica pensando en la reconstrucción del país y en la vuelta de los millones de refugiados que huyeron desde el comienzo de la guerra. El acuerdo establece que para fin de año se reabrirán las rutas M4, que conecta la ciudad de Alepo con Latakia, y la M5, que conecta Alepo con Hama. Ambas estaban cerradas desde el 2014 y sus reaperturas permitirán desarrollar un flujo comercial entre el norte y el resto del país.

Mientras tanto, Turquía es uno de los ganadores del acuerdo pero, a la vez, uno de los países que más responsabilidades tendrá para que el mismo triunfe. Uno de los mayores interrogantes del acuerdo es saber cómo hará para que los grupos rebeldes se desarmen y abandonen la provincia de Idlib. ¿A dónde irán? Ante estas preguntas, Turquía ya ha comunicado que no permitirá que se instalen en la ciudad de Afrin, que está bajo su control tras haberla arrebatado del control de las Unidades de Protección Popular (YPG) kurdas con la operación Rama de Olivo, a principios de este año.

El Frente Nacional para la Liberación, un grupo que reúne a varios sectores del Ejército Libre Sirio (ELS) –que cuenta con el apoyo de Turquía–, ha emitido un comunicado en el que asegura que cooperará con el acuerdo pero que mantendrá el “dedo en el gatillo” ante el temor de una posible “traición por parte de los rusos, el régimen y los iraníes”. En este sentido, manifestaron que no renunciarán a “nuestras armas, ni a nuestra tierra ni a nuestra revolución”.

Turquía logró evitar una ofensiva que podía llegar a provocar que miles de refugiados lleguen a su país y debiliten la ya frágil economía turca o pongan en alerta a la seguridad nacional ante posibles ataques de extremistas. En este punto también se ve favorecida Europa, que evita la llegada de refugiados y de posibles terroristas a sus fronteras.

Por su parte, Rusia podrá enfocarse en una de sus grandes ambiciones en la guerra siria: la estabilización del gobierno de Bashar Al-Assad, la reconstrucción y la vuelta de los refugiados. Tras la firma, el director del OSDH, Rami Abdel Rahman, informó que “más de siete mil desplazados volvieron a sus localidades y pueblos”. Una ofensiva que hubiera ocasionado muertos y desplazadas con la participación rusa hubiera boicoteado cualquier intento de desarrollar el post guerra.

Uno de los grandes perdedores de este acuerdo es Estados Unidos. Desde el 2015, cuando Rusia empezó a participar activamente en la guerra con el pedido de ayuda de Siria, Washington perdió terreno en la toma de decisiones de la guerra y esto se volvió a manifestar con este acuerdo, en el que no participó y sobre el cual el Departamento de Estado solo dijo que ve con agrado cualquier esfuerzo para reducir la violencia.

Además, la negociación entre Turquía y Rusia puede significar un futuro aún peor para Washington. Por un lado, porque la firma demuestra que la alianza turco-rusa es capaz de sortear los problemas y las rispideces que se generan. Al mismo tiempo, por el momento, queda descartado un posible reacercamiento entre Washington y Ankara tras la crisis por la detención del pastor Andrew Brunson y, además, la solución sobre Idlib puede permitir que Turquía se enfoque en atacar a las YPG, un aliado de los Estados Unidos al que considera un grupo terrorista, en otros lugares de Siria. Sobre este tema, el Consejo de Seguridad Nacional turco comunicó que “seguirá aumentando las actividades para eliminar al terrorismo en otras regiones de Siria”.

Un futuro incierto

El acuerdo es prometedor e importante porque logró evitar un ataque que iba a generar que miles de civiles se vean obligados a abandonar sus hogares o mueran bajo los ataques ruso-sirios. Pero, al mismo tiempo, es frágil porque puede fracasar ante el primer incumplimiento de cualquiera de las partes. Existen muchas dudas sobre lo que se pueda llegar a lograr, principalmente cómo abandonarán las armas y el territorio los grupos terroristas.

Las partes lograron un importante triunfo en su intento de proteger a los civiles de la guerra pero, a partir de ahora, deberán redoblar sus esfuerzos para que el acuerdo llegue a buen puerto. Siria en particular, pero también las grandes potencias y la comunidad internacional estarán a la espera de lo que pueda llegar a ocurrir en Idlib para lograr una salida de una guerra que ya ha dejado más de 500 mil muertos y más de 5 millones de refugiados.