Todos los caminos conducen a Riad

Jamal Khashoggi, en diciembre de 2014 | Atlas |

Por Lucio Garriga Olmo |

Tras 17 días de interrogantes, acusaciones y amenazas, Arabia Saudita confirmó lo que la comunidad internacional sospechaba pero no se animaba a aceptar: el periodista crítico de la casa real, Jamal Ahmad Khashoggi, fue asesinado en el consulado saudí de Estambul, Turquía. Estaba desaparecido desde el pasado 2 de octubre, cuando ingresó a la dependencia estatal para tramitar sus papeles de divorcio y nunca más salió.

De esta manera, a los 59 años de edad Khashoggi se convirtió en una nueva víctima de una de las monarquías absolutistas más cerradas y oscuras del mundo, caracterizada por la persecución a cualquier tipo de disidencia. Como periodista llegó a ser asesor gubernamental, especialmente del embajador saudí en Gran Bretaña y Estados Unidos –un cargo no menor en la familia real–, Turki al-Faisal, y a pesar de haber sido un hombre con contactos en los palacios del reino, se ganó la oposición del príncipe heredo y el hombre fuerte del país, Mohamed bin Salmán, también conocido por sus iniciales MBS.

Como futuro rey, MBS está a cargo de los principales sectores del reino: economía, seguridad y relaciones exteriores, y desde el año pasado –momento en que fue designado como sucesor real– emprendió una dura persecución a cualquier tipo de oposición, ya sean familiares o defensores de derechos humanos o de las mujeres. Al mismo tiempo, intentó presentarse ante el mundo como el líder político que modernizaría al reino y abriría su economía, por lo que permitió que se abran salas de cines en todo el país y que las mujeres puedan manejar. A pesar de este intento de lavado de cara, Khashoggi denunció su política contra la disidencia a través de la prensa, lo que lo llevó a autoexiliarse en Estados Unidos en el 2017 donde se convirtió en escritor de The Washington Post.

Antes de desaparecer, Khashoggi le había dicho a personas de su círculo cercano que agentes del reino lo habían contactado para convencerlo de volver al país a cambio de recibir inmunidad y el 2 de octubre, minutos antes de ingresar en el consulado, le dio su celular a su novia con la consigna de que llame al gobierno turco –al que tenía llegada– si no volvía a salir. Su prometida, Hatice Cengiz, así lo hizo.

Khashoggi se convirtió en una nueva víctima de una de las monarquías absolutistas más cerradas y oscuras del mundo, caracterizada por la persecución a cualquier tipo de disidencia.

De la negación a la confirmación

Desde su desaparición hasta la aceptación de su asesinato, la prensa turca se encargó de divulgar información de forma dosificada constantemente y aseguró que el cuerpo había sido descuartizado. La principal denuncia de los medios de comunicación de Turquía, marcados por su cercanía al gobierno Erdoğan –ya sea por convicción o conveniencia ante la persecución existente– fue la de afirmar que el mismo 2 de octubre 15 hombres, entre ellos un experto forense, habían llegado a Estambul en dos vuelos diferentes desde Riad y se habían ido, ese mismo día, en cuatro vuelos hacia Dubái y El Cairo.

El primer relato formado por la casa real, en donde se aseguraba que Khashoggi había salido sano y salvo de su dependencia estatal sin presentar ningún tipo de prueba, se cayó con la presión internacional del gobierno y del Congreso de los Estados Unidos y de Europa. En una entrevista con la cadena CBS, Donald Trump prometió un “castigo severo” si Araba Saudita era responsable de lo ocurrido, mientras que el vicepresidente Mike Pence aseguró que “el mundo libre merece respuestas” y 22 congresistas invocaron la Ley de Responsabilidad de los Derechos Humanos Magnitsky para sancionar a Riad y, finalmente, los gobiernos de Gran Bretaña, Francia y Alemania expresaron su “grave preocupación” y exigieron una “investigación creíble”.

A la presión formal e institucional de los Estados se le sumó la ejercida por las grandes empresas y multinacionales del mundo que tenían previsto participar el 23, 24 y 25 de octubre del evento conocido como “Davos en el desierto”, donde el reino pretendía incentivar la inversión extranjera para diversificar su economía. El CEO de Uber, Dara Khosrowshahi, anunció que no asistirá porque estaba “muy preocupado”; por su parte, el presidente ejecutivo de Ford Motor Company, Bill Ford, tampoco lo hará, al igual que el secretario de Tesoro de los Estados Unidos, Steven Mnuchin, y sus pares de Francia, Gran Bretaña, Países Bajos y Alemania, entre otros.

Como decir que Khashoggi había salido del consulado se volvió insostenible para Riad, la estrategia comunicacional cambió: de una negación total se pasó a una aceptación moderada donde se responsabiliza a un grupo que actuó sin el consentimiento de MBS. De esta manera, Trump comenzó a bajar el nivel de las amenazas y negó que su administración vaya a cancelar el acuerdo militar que firmaron las partes por 110 mil millones de dólares. “Sería muy tonto para nuestro país”, dijo.

Este relato se observa en la explicación que brinda el reino, que atribuye la muerte de Khashoggi a “una pelea”. En este sentido, aseguró que hay 18 detenidos y que destituyó a dos altos rangos del gobierno: el número dos de la poderosa cartera de Inteligencia, Ahmad al Asiri, y Saud al Qahtani, un importante consejero de la casa real. Este domingo, en una entrevista con la cadena Fox, el canciller saudí, Adel al Jubeir, aseguró que Khashoggi “fue asesinado en el consulado” pero que no saben “los detalles de cómo fue” ni “dónde está el cuerpo”.

En un primero momento, Trump dijo que las explicaciones “eran creíbles” y que cualquier tipo de sanción que el Congreso podría llegar a aplicar contra Riad debería considerar que el reino “es un país muy rico”, con “compras e inversiones” en los Estados Unidos. A pesar de esto, luego aseguró que no estaba “satisfecho”. El gobierno de Canadá dijo que las explicaciones “carecen de credibilidad” y Gran Bretaña aseguró que “no son creíbles”. Por su parte, el ministro de Economía de Francia, Bruno Le Maire, sostuvo que “las autoridades sauditas han cambiado de táctica, admitieron los hechos y aceptaron cierta responsabilidad, por lo que estamos progresando”, y agregó: “Si continúan estableciendo la verdad con una investigación completa creo que podemos mantener nuestra sólida relación estratégica”. Con el correr de los días, las amenazas internacionales se diluyeron en el petróleo saudí.

Como decir que Khashoggi había salido del consulado se volvió insostenible para Riad, la estrategia comunicacional cambió: de una negación total se pasó a una aceptación moderada donde se responsabiliza a un grupo que actuó sin el consentimiento de MBS.

El amor y los negocios todo lo pueden

Este asesinato coloca en el centro de la escena al príncipe heredero MBS y demuestra que su intento de presentarse ante el mundo como el modernizador de un país que aplica la sharía islámica viene de la mano de una persecución a cualquier tipo de disidencia sin límites. El asesinato de opositores en el exterior por parte de gobiernos autoritarios no es una novedad en el mundo actual –sobre Israel y Rusia pesan decenas de denuncias de este tipo–, pero el caso de Khashoggi va un paso más allá porque se realizó en un consulado estatal. La directora de Human Rights Watch, Sarah Margon, aseguró: “Esto es un nivel completamente diferente”.

Por su parte, Trump también ha quedado en una posición incómoda. El asesinato de Khashoggi representa un serio ataque a la libertad de expresión mundial y congresistas, tanto republicanos como demócratas –a pocos días de la elección de medio término–, exigen que se tomen medidas como represalias para evitar que vuelva a suceder. El senador Marco Rubio aseguró que “habrá una respuesta del Congreso” y el líder republicano, Mitch McConnell, dijo que no puede “imaginar que no habrá una respuesta”.

Trump, MBS y su yerno
Trump junto al príncipe MBS, en mayo de 2017 en Riad | Jonathan Ernst (Reuters) |

Lo cierto es que la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudita es una de las más sólidas del mundo y ha sobrevivido a hechos iguales o peores. Entre ellos, el embargo petrolero de 1973 y los atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001, donde 15 de los 19 terroristas eran saudíes. Trump está entre la presión que recibe por parte del Congreso para tomar medidas y la historia que demuestra que la relación bilateral nunca ha tenido muy en cuenta las violaciones de los derechos humanos por parte de Riad.

En este sentido, habló el presidente de la Cámara de Representantes estadounidense, Paul Ryan, quien aseguró que “el caso es atroz” y que el Congreso tiene “leyes para eso”, pero sostuvo que cree que la relación “persistirá sin importar nada”. Por su parte, Trump ya ha confirmado que el acuerdo militar no se toca y que Arabia Saudita es un importante aliado regional, especialmente por la oposición conjunta contra Irán, y una parte necesaria en la lucha antiterrorista.

La importancia económica de la relación para ambas partes; la histórica amistad, que se remonta a 1945 cuando el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt y el rey Abdulaziz bin Saúd sentaron las bases del vínculo a cambio de petróleo y seguridad; y el cambio en el discurso, tanto por parte de los Estados Unidos y de Arabia Saudita, que intenta desligar a MBS de lo ocurrido, hacen indicar que Riad y Washington superarán esta crisis y seguirán manteniendo los lazos de reciprocidad a cambio del importante oro negro saudí y de la poderosa industria armamentística de Washington.