Un Brasil a lo Bolsonaro

Bolsonaro luego de votar en Río de Janeiro. Ph. AP

El próximo 1 de enero Jair Messias Bolsonaro asumirá como el nuevo presidente de Brasil hasta el 2023. Ganó la segunda vuelta electoral y se impuso ante el candidato del Partido de los Trabajadores (PT) –elegido por Luiz Inácio Lula da Silva, el favorito a ganar los comicios antes de su encarcelamiento–, Fernando Haddad, con el 55,13%, un total de 57.797.847 de votos, contra el 44,87% de su rival, que reunió 47.040.906 de electores.

Bolsonaro se convierte, así, en el primer candidato en llegar al Palacio del Planalto por medio electoral, tras el golpe de Estado contra la expresidente Dilma Rousseff en el año 2016. Su discurso violento, racista, mesiánico y misógino logró reunir al sentimiento antipetista existente en amplios sectores de la sociedad brasileña que lo acusan de ser el responsable de todos los males del país, y al que creen profundamente corrupto. A la vez que su promesa de ordenar Brasil, con su tono duro de excapitán del Ejército –será el primer presidente exmilitar desde el retorno a la democracia en 1989– prendió fuertemente en un país con una tasa de homicidios que el año pasado lo equiparó a un país en guerra.

Su discurso violento, racista, mesiánico y misógino logró reunir al sentimiento antipetista existente en amplios sectores de la sociedad brasileña.

El milagro al que aspiraba el sucesor de Lula no llegó. Si bien Haddad encontró en la semana previa a los comicios una veta para ilusionarse ante la caída de la intención de voto de Bolsonaro, esta no alcanzó. El llamado del PT a defender la democracia frente al peligro fascista, incluso con el apoyo de diversos partidos que quedaron fuera de la segunda contienda, solo logró reducir la brecha entre ambos candidatos. Mientras Bolsonaro subió un 17,3% de la primera a la segunda vuelta, Haddad lo hizo en un 50,1%.

La distribución de los votos se mantuvo pareja en relación a la primera vuelta, con una importante polarización: el PT, una vez más, se hizo fuerte en el nordeste del país, caracterizado por un campesinado pobre, donde logró recolectar 18 millones de votos en total. Por su parte, Bolsonaro se impuso en el sur, centro y este del país y logró ganar tres gobernaciones (antes de las elecciones no gobernaba en ninguna): en Santa Catarina, el Comandante Moisés logró el 70% de los votos; en Rondonia, el coronel Marcos Rocha ganó con el 66%; y en Roraima, Antonio Denarium recolectó el 53%.

A esto hay que sumarle que en el Estado más poblado y el centro económico-financiero del país, San Pablo, ganó João Doria, que a pesar de ser miembro del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), llamó a votar por el presidente electo y se impuso con el 52%. Asimismo, en Río de Janeiro, el centro de la campaña de Bolsonaro, ganó Wilson Witzel del Partido Social Cristiano (PSC) –el partido que integró Bolsonaro antes de sumarse a las filas del Partido Social Liberal (PSL)– con el 59%. Witzel se hizo famoso durante la campaña proselitista por ser uno de los responsables de la rotura del cartel que recordaba a la concejala de la ciudad asesinada a principios de este año, Marielle Franco.

Las victorias en las diferentes gobernaciones son importantes para Bolsonaro ya que deberá moverse con un Poder Legislativo marcado por la atomización de las fuerzas políticas, donde el PT logró mantener la primera minoría en Diputados. En la Cámara Baja, compuesta por 513 parlamentarios, habrá más de 25 fuerzas políticas y su partido solo contará con 52 miembros; mientras que en el Senado, de 81 miembros, tendrá cuatro legisladores. Asimismo, cabe destacar que Bolsonaro ha ido cambiando de partidos a lo largo de sus casi 30 años de carrera política, siendo el PSL su última plataforma y una expresión minoritaria antes de esta elección.

Deberá moverse con un Poder Legislativo marcado por la atomización de las fuerzas políticas, donde el PT logró mantener la primera minoría en Diputados.

No obstante, a pesar de la poca representatividad orgánica de su partido, ya en campaña Bolsonaro obtuvo el apoyo de los tres sectores más importantes del Congreso. Pese a ser católico, con su bautismo en el río Jordán, selló su alianza con la “bancada de la Biblia”, compuesta por sectores evangelistas cuyo principal caballito de batalla es la lucha contra la “ideología de género” y que tiene 81 diputados y tres senadores. De por sí, tuvo el apoyo de su propio sector, el de la “bancada de la bala”, la que defiende la tenencia de armas por parte de la población y la intervención de las Fuerzas Armadas en la seguridad interna, entre otras cuestiones. Y, por último, obtuvo el apoyo de la “bancada ruralista”, representante de los grandes terratenientes, que le brindará un total de 261 parlamentarios. Los tres sectores juntos, negociaciones partidarias de por medio, ofrecen una hipotética mayoría absoluta.

Achicamiento y privatización: presidente nuevo recetas viejas

Tras la apuñalada que recibiera en su abdomen en la tarde del 6 de septiembre, las encuestas pre electorales elevaron a Bolsonaro a un 30% en intención de votos. Entonces, se selló la posibilidad concreta de que fuera presidente y, con ello, el establishment económico brasileño cerró filas en apoyo al candidato ultra derechista que hasta hace pocos meses regañaba. Esto lo hizo de público manifiesto con el aumento del principal índice de acciones brasilero, al día siguiente del ataque, y con una apreciación del real frente al dólar.

Para entonces, ya habían fracasado todos los intentos por impulsar a los candidatos propios del establishment, como Henrique Meirelles del Movimiento Democrático Brasileño (MDB), que obtuvo 1.200.000 de votos, y Geraldo Alckmin (PSDB), que consiguió poco más de 5 millones de votos. Ambos acusaron sus roles protagónicos en la crisis institucional que vive Brasil a partir del impeachment a Dilma Rousseff.

A la vez, se hizo público que la figura del economista Paulo Guedes integraría el gabinete de Bolsonaro. De este modo, el excapitán que dice no entender nada de macroeconomía hizo un giro de su nacionalismo económico hacia un neoliberalismo clásico de las posturas de Guedes, formado en la Universidad de Chicago, templo de las reformas pensadas hace cinco décadas por su mentor Milton Friedman.

Paulo Guedes ha afirmado que trabajará en la reducción del déficit fiscal y la deuda pública, a partir de la reducción del gasto público y la privatización de empresas estatales.

En esta dirección, Guedes ha afirmado que trabajará en la reducción del déficit fiscal y la deuda pública, a partir de la reducción del gasto público y la privatización de empresas estatales. Es decir, puede esperarse una continuidad de gran parte de las políticas económicas implementadas por el gobierno de Michel Temer tras la destitución de Dilma, las cuales, a partir de medidas como el congelamiento del gasto público por 20 años y la reducción de ministerios y programas sociales, alcanzó un déficit primario de 1,29% del PBI, registrado en los últimos 12 meses hasta septiembre pasado. Sin embargo, cuando se incluyen el pago de los intereses de la deuda, el déficit fiscal brasileño representa un 7,20% del PBI.

A la continuidad del achicamiento del Estado y la profunda y recesiva reforma laboral impuesta por Temer, Guedes prometió avanzar sobre una reforma a las pensiones, que constituye el sexto mayor bloque de pensiones del mundo. Y adelantó: “No vamos a dejar a ningún brasileño en una situación de necesidad, pero ojo: el mínimo es para quien trabajó”.

En cuanto a las privatizaciones de empresas estatales con las cuales prometen recaudar un trillón de reales, incluso el asesor económico del conservador Alckmin, Pérsido Arida, las calificó de “poco reales”. A la vez que el proceso de transnacionalización del capital y los recursos naturales se viene agudizando en Brasil desde el gobierno de Temer. Un ejemplo de esto es la reforma petrolera impulsada por Temer, que abrió la posibilidad de la participación de empresas petroleras extranjeras en aguas profundas. Las reservas del pre-sal –el gigantezco yacimiento que catapultó a Brasil por encima de Qatar y EEUU en reservas de crudo– empezó así a ser explotado por empresas extranjeras. Según el Instituto de Estudios Estratégicos de Petróleo, Gas y Biocombustibles (INEEP) de Brasil, de las reservas totales subastadas en las últimas cinco rondas del pre-sal, Petrobras adquirió sólo el 25% del total (13.000 millones), mientras que las petroleras del Reino Unido (Shell y BP) obtuvieron el 26,2% (13.500 millones); las estadounidenses ExxonMobil y Chevron el 20% (10.300 millones); y las chinas (CNOOC, CNPC, CNODC y Repsol Sinopec) obtuvieron el 9,5% (4,9 mil millones) de las reservas.

Un futuro incierto

A lo largo de toda la campaña presidencial, y de toda su carrera política, Bolsonaro se ha jactado de un discurso violento que, a pesar de que algunos creyeron que iba a moderar a medida que se acercaba a su victoria, no dio señales de apaciguar. Muestra de esto es que el último domingo antes de las elecciones prometió “borrar del mapa” a los “rojos” y en su primer discurso como presidente electo, brindado a través de Facebook Live, garantizó que “todos los compromisos asumidos serán cumplidos”.

“Tenemos condiciones de gobernabilidad”, dijo Bolsonaro con su esposa a un lado y aseguró que Brasil tiene “todo para ser una gran nación”. “Tenemos que acostumbrarnos a vivir con la verdad. El pueblo lo ha entendido perfectamente. Todos sabíamos para dónde estaba yendo Brasil”, afirmó. Y agregó: “Lo que más quiero es seguir los lineamientos de Dios”.

Lo que queda más que claro es que la política de Brasil, como la conocimos desde la vuelta a la democracia hasta hoy, ya vivió su punto de inflexión. Con un sistema de partidos corroído por la corrupción y que perdió su legitimidad en las urnas, un Poder Judicial cada vez menos independiente y cada vez más convertido en partido, y una violencia callejera en aumento, las instituciones brasileñas enfrentan una serie de desafíos inéditos. Y lo deberán hacer desfinanciadas, achicadas y desacreditadas.

La política de Brasil como la conocimos desde la vuelta a la democracia hasta hoy, ya vivió su punto de inflexión.

La campaña electoral dejó un tendal de ataques homofóbicos, machistas, transfóbicos y racistas que hacen dudar sobre el futuro. Las iglesias y el extremismo religioso lograron ocupar, en muchos casos, el lugar que antes tenían los líderes políticos y sociales, en un proceso de atomización pocas veces visto. Ni el mismo PT, bajo ataque permanente de los poderes fácticos e institucionalizados durante dos años, pudo elaborar una estrategia para generar una alternativa viable. Los movimientos sociales y la izquierda ya empezaron su autocrítica: no vieron lo que se venía. Tras una fenomenal desmovilización popular con la llegada del PT a las instituciones, la derecha ganó las calles en las movilizaciones de 2013, les volvió a torcer el brazo con el golpe de 2016 y ahora dio su golpe maestro llegando a la presidencia.

 Los lineamientos de política exterior del nuevo gobierno

Aunque durante la campaña el eje de la política exterior prácticamente fue nulo, el análisis de los discursos del Bolsonaro permiten intuir hacia dónde se orientará la vinculación internacional de Brasil cuando este asuma en enero de 2019.

En primer lugar, se arguye que Brasil se orientaría a fortalecer los lazos con Estados Unidos e Israel, en desmedro de la avanzada China en el país en la última década. En este sentido, es dable afirmar la posibilidad de que Brasil apostará por las relaciones bilaterales en desmedro del multilateralismo y de su participación altiva y activa en foros como el Brics y el G20. El discurso que el nuevo presidente electo leyó la noche misma de su elección confirmaría ese rumbo.

Brasil apostará por las relaciones bilaterales en desmedro del multilateralismo y de su participación altiva y activa en foros como el Brics y el G20.

Por su parte, el discurso de Bolsonaro contra los “rojos” en el ámbito interno y una vinculación más activa con EEUU en detrimento de China, expresa su ideología sistémica como si el mundo actual continuase siendo el de la Guerra Fría. Es decir, rompería con el alineamiento Sur-Sur de la estrategia petista y buscaría retomar el paradigma de alianza estratégica con la potencia norteamericana.

En este contexto, en un discurso similar al de Temer y sus cancilleres –José Serra y Aloysio Nunes Ferreira–, Bolsonaro expresó la idea de reformular el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil: “Vamos a liberar a Itamaraty de la tendencia ideológica de los últimos años, buscaremos relaciones bilaterales, recuperamos el respeto internacional a nuestro amado Brasil”.

Con respecto EEUU, las reiteradas muestras de apoyo a Trump y la aprobación de la Casa Blanca a Bolsonaro se traducen en un posible fortalecimiento de la relación bilateral dinámica que había tenido lugar con Temer, en donde se firmaron importantes acuerdos económicos y militar-estratégicos, a la vez que el magnate neoyorquino había excluido temporalmente a Brasil de la aplicación de aranceles al acero y aluminio.

Por su parte, en la mañana del lunes pos ballotage, Trump tuiteó: “¡Acordamos que Brasil y Estados Unidos trabajarán cerca en Comercio, Militares y todo lo demás! Excelente llamada, ¡le deseé felicitaciones!”.

Brasil rompería con el alineamiento Sur-Sur de la estrategia petista y buscaría retomar el paradigma de alianza estratégica con la potencia norteamericana.

Por otra parte, Bolsonaro demostró en reiteradas ocasiones muestras de apoyo hacia Israel y de concordancia con Trump luego de que este haya decidido el traslado de la Embajada estadounidense a Jerusalén, medida que el paulista del PSL seguramente emulará cuando llegue al Planalto, acoplándose con Paraguay: “Quiero mandar un abrazo para Trump por su decisión de reconocer a Jerusalén como capital de Israel, país hermano y cuna de nuestra cultura. Un país envidiable, de progreso, con una población maravillosa. Una isla en un mar de dictaduras. Ese es nuestra querido Israel”.

A su vez, Bolsonaro había afirmado que, en caso de ser elegido, cerraría la Embajada palestina ubicada en Brasilia, la cual se inauguró en 2016 luego de que Brasil reconociera en 2010 –finalizando el segundo mandato de Lula– a Palestina como un Estado independiente y con las fronteras de 1967. En este marco, Bolsonaro ha afirmado en distintas ocasiones que ello fue resultado de una negociación con “terroristas” y que “al no ser Palestina un país, no debería tener una embajada aquí”. Quizá estas cuestiones y el apoyo a Israel expliquen que el candidato del PSL haya arrasado en el ballotage con un 77% de los votos de brasileños radicados en ese país.

Con respecto a China, Bolsonaro ha expresado su intención de alejarse del gigante asiático, que es visto como un riesgo para el continente, en consonancia con la visión norteamericana para la región. A comienzos de este año, el paulista había realizado una gira por Asia en la que visitó a Japón, Corea del Sur y Taiwán, pero no a China. Es importante rescatar el hecho de que China desplazó en 2009 a EEUU como principal socio comercial de Brasil y que estos lazos se han fortalecido en el marco de los Brics y los acuerdos bilaterales estratégicos, en donde los inversores chinos han adquirido un papel creciente en los proyectos de infraestructura brasileños.

Es por ello que la visita a Taiwán en vez de a China llama la atención, no solo por el hecho de obviar la visita a su principal socio comercial sino, también, porque desconoce el principio de “una sola China”, elemental para el gobierno chino en sus relaciones internacionales. Esta cuestión sirve de base para comprender, entre otras cosas, que la vinculación de Paraguay con Taiwán sea el principal escollo para que el Mercosur firme un acuerdo comercial con China.

En este orden de ideas, Bolsonaro identificó como negativo el avance que ha tenido en los últimos años la segunda economía del mundo: “China no está comprando en Brasil, sino que está comprando Brasil. Este es un gran problema que debería preocuparnos”. A pesar de ello, el portavoz de la Cancillería china, Lu Kang, felicitó rápidamente a Bolsonaro por su victoria en el ballotage y expresó su disposición a continuar fortaleciendo la colaboración y la asociación estratégica entre los dos países. El tiempo dirá si Bolsonaro podrá prescindir de tan importante aliado.

Con respecto a la región latinoamericana, el principal apuntado ha sido Venezuela. En este sentido, en el programa del PSL se sostiene: “Dejaremos de elogiar a dictaduras asesinas y de despreciar o atacar a democracias importantes como Estados Unidos, Israel e Italia”. Por ello, es esperable que Bolsonaro continúe con la ofensiva hacia el gobierno de Maduro impulsada por Temer, tanto bilateralmente como en el marco de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y en el Grupo de Lima.

El Mercado Común del Sur (Mercosur) también ha sido objeto de crítica, dentro de los cuestionamientos generales a la integración regional sudamericana. En este sentido, Paulo Guedes criticó las restricciones del bloque comercial en Sudamérica. De esta forma, todo parecería indicar que el Mercosur sufriría su estocada final en un marco sensible desde hace años debido a su falta de consolidación institucional, a pesar de que Macri y Temer lo hayan impulsado a partir de su “flexibilización” y una relación más estrecha con los países de la Alianza del Pacífico.

Finalmente, en cuanto a la relación con Argentina –miembro del Mercosur y tercer socio comercial de Brasil–, queda cierta inquietud sobre qué postura tomará la administración Bolsonaro: si fortalecer el vínculo bilateral o romper el Mercosur y negociar TLC bilaterales, por lo que la relación se debilitaría fuertemente. La decisión de anunciar su primera visita como presidente a Chile, en lugar de Argentina –como tradicionalmente ha sido para los presidentes brasileños– generó fuertes malhumores y todo tipo de indiscreciones sobre el futuro de la relación bilateral. Sin embargo, Bolsonaro no deja de ser, en línea de máxima, un potencial aliado para el gobierno de Macri, con quien acuerda en la necesidad de abrirse al capital extranjero, de redimensionar las estructuras regionales y en la situación venezolana.

Bolsonaro deberá entonces gobernar un país cuyo tejido social e institucional está fuertemente debilitado, y las estructuras tradicionales de la política vaciadas de legitimidad. Un panorama inmejorable para quien se presentó desde el comienzo como un salvador. La construcción de un enemigo interno –movimientos sociales y delincuencia– para desencadenar desde el Estado un escarmiento aleccionador, parecería ser de las primeras decisiones ya anunciadas indirectamente para pagar el apoyo obtenido en las urnas. Sin embargo, la grave situación económica, y el aún más grave plan previsto por sus asesores, podrían seguir alimentando un declive basado en el binomio pobreza-represión tan querido por los sectores que Bolsonaro representa. Habrá que esperar los próximos meses. Pero el panorama resulta realmente desolador.