Franco y la ignominia del Valle de los Caídos

Monumento del Valle de los Caídos, donde se hallan los restos del dictador español Francisco Franco. Ph. Martina Biasotti

Por Javier Biasotti* |

Hace un par de años, mientras planificaba la escala madrileña de una tournée europea, consulté a un amigo argentino residente en la capital española qué sitios visitar en esa ciudad. Luego de enumerarme los destinos turísticos icónicos de Madrid, mi amigo disparó: “Y si querés ver el lugar hacia el que una vez al año peregrinan miles de fascistas a rendir honor a Francisco Franco, no dejes de visitar el Valle de los Caídos”.

Inmediatamente, el convite funcionó como disparador de la curiosidad. De modo que una vez recorridos La Gran Vía, la Puerta de Alcalá, la Puerta del Sol y los museos del Prado y Reina Sofía, con auto alquilado y junto a mi familia enfilamos hacia San Lorenzo de El Escorial, distante a una hora de viaje en una apacible carretera, sitio en el que se emplaza –para quien esto escribe– la mayor obra concreta y material de cinismo político de la que tenga conocimiento.

Tras sortear un control de seguridad y el pago de unos cuantos euros en concepto de entrada, un camino serpenteante sube entre la sierra adornada de coníferas, con nieve sobre la banquina del prolijo asfalto. La magnificencia de la construcción y la deslumbrante arquitectura del conjunto empiezan a vislumbrarse conforme se asciende, guiados por la gigantesca cruz de hierro, cemento y piedra de 150 metros de alto y brazos de 24 metros, que puede distinguirse desde la autopista decenas de kilómetros antes de llegar a destino.

El conjunto arquitectónico, construido entre 1940 y 1958 por decisión de Francisco Franco con el propósito de rendir homenaje a los caídos durante la guerra civil española, en la práctica funcionó como el monumento que el dictador hizo erigir –como triunfador de la contienda– para su propia exaltación histórica. Con el agravante de que la fastuosa obra se concretó utilizando como mano de obra esclava a los vencidos, los integrantes del bando republicano. Una obra maestra del revanchismo político.

Franco, en la inauguración del Valle de los Caídos, en abril de 1959.

Luego del escaneo de pertenencias –trámite de rigor en todo monumento de la Comunidad Europea–, y tras atravesar el vestíbulo de entrada, aparece imponente una gran reja de hierro que da acceso al espacio formidable del templo. Entonces sí, el comienzo del recorrido de 262 metros de longitud por la nave central hasta el altar, se convierte en una sobrecogedora experiencia que conmueve hasta las entrañas.

La fastuosa obra se concretó utilizando como mano de obra esclava a los vencidos, los integrantes del bando republicano. Una obra maestra del revanchismo político.

Es que a los márgenes del extenso trayecto, incrustados entre las paredes de piedra, restos humanos de casi 34.000 personas –entre combatientes de ambos bandos y prisioneros republicanos forzados a levantar el santuario para así redimir sus penas– dan forma a una colosal fosa común, en la que los cuerpos acabaron formando parte de la propia estructura del edificio, casi corporizando lo que ha sido definido como “un cadáver colectivo indisoluble”.

Conforme se avanza hacia el presbiterio, la amplitud del espacio se agiganta, ayudada por la inhabitual ausencia de visitantes. Entonces, llego al altar y me detengo frente a la tumba de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange Española. Unas rosas rojas adornan su lápida, estratégicamente enfrentada a la de Francisco Franco. Cuando con algo de desdén me acerco a ella, una mujer mayor con aspecto de monja de clausura y un duro rictus en su rostro, me invita a desplazarme del lugar, en la seguridad de que me disponía a violar la estricta prohibición de tomar fotografías. Acertada su percepción, aunque en mi ánimo se prohijaba una actitud menos civilizada que la de robar una foto.

El Valle de los Caídos es visitado por miles de personas cada fin de semana. Los tours para rendir homenaje al dictador crecieron un 100% en 2018, luego de que tras la moción de censura parlamentaria a la administración de Mariano Rajoy cayera su gobierno, y una remozada versión del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) se alzara con un frágil e inestable poder, en alianza con sectores de Podemos y otras representaciones políticas menores en el parlamento español.

Es que a poco de formar gobierno en cabeza de Pedro Sánchez, la centro izquierda española retomó la siempre inconclusa tarea de restañar las heridas de un pasado doliente, en el contexto de una democracia formal sistemáticamente incapaz de encontrar la verdad y la justicia que reparase el dolor de las víctimas del franquismo.

“Ninguna democracia puede permitirse monumentos que ensalcen una dictadura. La nuestra, tampoco”, se envalentonó el socialista frente al Congreso de los Diputados al presentar la hoja de ruta de su gobierno. Su idea primigenia, la de retirar el cadáver de Francisco Franco del Valle de los Caídos para convertirlo en un monumento a la reconciliación de los españoles, comenzó un derrotero lleno de obstáculos.

El Valle de los Caídos es visitado por miles de personas cada fin de semana. Los tours para rendir homenaje al dictador crecieron un 100% en 2018.

El pomposo anuncio de la exhumación del cadáver de Franco para así cumplir con una deuda histórica de la democracia española funcionó como un primer golpe de efecto de la administración Sánchez. Pero a poco de andar se evidenciaron las limitaciones de la tortuosa empresa.

Por la expresa resistencia de los familiares del “Generalísimo”, la de los religiosos de la congregación que administra el monumento y la de los partidarios del franquismo en sus diversas y variopintas expresiones políticas –algunas más explícitas que otras–, materializar el deseo de desterrar todo vestigio franquista de la basílica ha sido inviable hasta la fecha.

Protesta contra el intento de Pedro Sánchez de exhumar los restos de Franco, en agosto de 2018. Ph. Efe

Para la sociedad española más cercana a la modernidad europeísta, resulta casi un insulto que cada 20 de noviembre, la fecha en que coinciden los aniversarios de las muertes de José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco, el Valle de los Caídos se transforme en el escenario central de fastos con claros sesgos militaristas, en medio de multitudinarias peregrinaciones de ultraderechistas que rinden culto a sus líderes levantando a los cuatros vientos y sin sonrojarse sus brazos derechos, enarbolando el típico saludo nazi.

Luego de unos escasos ocho meses en los que nunca pudo encarrilar la nave de su escuálido gobierno, y tras fracasar en su intento de obtener la aprobación del presupuesto, Sánchez se vio obligado a adelantar las elecciones generales para el 28 de abril, abriéndose así un escenario de marcada indefinición en la escena política española, ya de por sí inestable luego del triunfo de la derecha en las elecciones de diciembre pasado en Andalucía y la fractura entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, lo que dejó a Podemos a las puertas de un virtual desmembramiento luego de alumbrarse –hace escasos cinco años– como la principal novedad política de la península ibérica.

Del turbio espacio monumental que abruma las conciencias de los visitantes ajenos al franquismo, es que el desfalleciente gobierno de Pedro Sánchez pretende que se exhumen los restos del dictador que gobernó España entre fines de 1939 y 1975, y por eso –mediante un decreto presidencial dictado la semana pasada– acaba de conminar a los familiares de Franco para que le busquen, en un plazo de dos semanas, una sepultura menos hiriente para las conciencias cívicas.

En caso de ser exhumado el cuerpo, los familiares de Franco pretenden que sus restos descansen en la madrileña catedral de La Almudena, donde yace una hija del dictador. El gobierno se opone a ese destino, en el convencimiento de que esa céntrica localización facilitaría la realización de actos de “enaltecimiento o exaltación” de quien manejó autoritariamente y por décadas a España, algo que está prohibido por una endeble Ley de Memoria Histórica, sancionada en 2007.

Se trata de una norma por la que se reconocieron derechos y se establecieron medidas a favor de víctimas de persecución o violencia durante la guerra civil española y la dictadura franquista. Una norma a todas luces insuficiente e incapaz de cerrar las profundas heridas abiertas sobre la epidermis española.

De sortear las férreas resistencias para su exhumación, y cualquiera sea el nuevo destino del embalsamado cadáver, se abrirán las puertas a una simbólica reparación para las miles de víctimas atragantadas por la falta de justicia cristalizada por más de siete décadas.

Tal vez, el aire del Valle de los Caídos se tornará menos denso, más respirable para los que aspiramos a habitar geografías en las que la memoria de los dictadores no disfrute de monumentos sino que experimente el desprecio de los ciudadanos.

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(*) Periodista