Elecciones en España: cruzando el Rubicón

Julio César cruza el Rubicón

Por Juan José Yañez*|

Durante años, los españoles observaron los avatares políticos de los gobiernos italianos como si fueran espectadores de una commedia all’italiana protagonizada por Alberto Sordi o Ugo Tognazzi. Aquel viejo género cinematográfico, hijo del neorrealismo, era un vademécum de elementos satíricos y dramáticos. Y así se miraba y analizaba Italia desde España, como una suma de lejanas y ajenas situaciones grotescas: primeros ministros que solo duraban unos meses, mociones de censura, votos de confianza, inestabilidad permanente. Se burlaban de sus primos hermanos, hay que decirlo, con cierto aire de superioridad. Tan iguales y, a la vez, tan distintos.

Es que a pesar de tener un sistema parlamentario de gobierno más o menos parecido, España jugó durante décadas con la ventaja de contar con dos grandes partidos: el Partido Popular (PP), en el rincón de la derecha; y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en el de la izquierda. Gracias al complejo sistema electoral de circunscripciones provinciales y al reparto de las bancas de diputados basado en la Ley D´Hont, estos partidos se adjudicaron por años la casi totalidad de los escaños.

Pero un día, como cantaban los viejos anarquistas, la tortilla se volvió.

“Agua de Mayo”

Según los filólogos, el refranero español es el más rico y completo del mundo. Muchos de estos refranes se conocen y son usados también en América Latina. Siempre hay una frase, un proverbio, que aporta una cuota de sabiduría popular a situaciones cotidianas. Por eso no fue raro que, cuando el 15 de mayo de 2011 centenares de personas tomaron en protesta por la crítica situación económica y social la plaza de la Puerta del Sol de Madrid, muchos dijeran que esa demostración espontánea se esperaba como “agua de mayo”. Esas aguas son las lluvias que el campo necesita antes del verano para que la cosecha sea provechosa.

En esa plaza de los “indignados” algo se empezó a romper. Allí se gestó el embrión de lo que luego sería Podemos, el partido “morado” (color que en España es sinónimo de republicano y de izquierda) fundado por jóvenes universitarios y liderado por Pablo Iglesias. Las ideas del PSOE y del viejo Partido Comunista (diluido en la alianza Izquierda Unida) quedaban demasiado lejanas para las nuevas generaciones. El discurso contra la “casta política” hacía mella y urgía una renovación generacional de la que no formaran parte viejas estructuras partidarias con muertos en el armario.

Casi al mismo tiempo, el bloque más conservador se empezó a mover y hasta un conocido banquero dijo que había que crear “un Podemos de derechas, orientado a la iniciativa privada”. El partido ya existía (aunque casi exclusivamente en Cataluña), se llamaba Ciudadanos y estaba liderado por la cara más joven y amable de Albert Rivera. Se cantó vale cuatro y así se llegó a las elecciones generales de 2015, repetidas en 2016.

El monstruo ya tenía cuatro cabezas.

Siempre hay una primera vez

Finalmente, en julio de 2016, el PP de Mariano Rajoy pudo formar gobierno con el apoyo de Ciudadanos y la abstención del PSOE, en un Congreso dividido en cuatro partes más o menos iguales. Pero solo unos meses más tarde, los graves y numerosos casos de corrupción minaron al gobierno popular. En 2018, por primera vez en la historia de la democracia española, una moción de censura tuvo éxito y el socialista Pedro Sánchez se hizo con el poder (en este caso con la ayuda de Podemos y los partidos nacionalistas vascos y catalanes, entre otros).

Cuando nadie lo esperaba, la estrella de Sánchez, al que sus propios compañeros habían desahuciado de su puesto de secretario general del PSOE unos meses antes, volvió a brillar y consiguió conchabo en la Moncloa.

Si algo tenía de bueno la existencia de solo un gran partido de derecha (el PP), era que en el vientre de esa ballena estaban albergadas casi todas las corrientes que podemos encontrar a la diestra del abanico político: liberales ortodoxos, democristianos, tecnócratas neoliberales, conservadores, monárquicos. Y también los más nostálgicos hombres del Movimiento Nacional (hay que recordar que el PP fue fundado por el ex ministro de la dictadura franquista Manuel Fraga). En su interior, las vertientes más modernas equilibraban, en cierta medida, a las más reaccionarias y todo fluía dentro de una relativa normalidad democrática. Para encarar su renovación el PP eligió como líder al treintañero diputado Pablo Casado, lo más parecido que se puede encontrar al ex presidente José María Aznar en el siglo XXI.

Pero allí también algo se rompió. Alentados por el devaneo independentista catalán (y siguiendo la estela ideológica ultra del Front National francés o la Lega italiana), el ala dura del PP se abrió, acusando de “tibio” a Rajoy, y creó Vox, un nuevo partido liderado por el ex miembro del parlamento vasco Santiago Abascal (otro sub-40). En las elecciones andaluzas del pasado diciembre, Vox entró como un elefante en una cacharrería y, gracias a su apoyo, la derecha gobierna Andalucía por primera vez en democracia, terminando con casi cuatro décadas de hegemonía socialista.

El escenario electoral se reveló cada vez más complejo: la partida ya se jugaba entre cinco.

En las elecciones andaluzas del pasado diciembre, Vox entró como un elefante en una cacharrería y, gracias a su apoyo, la derecha gobierna Andalucía por primera vez en democracia.

“Nadie da duros a cuatro pesetas”

Siguiendo con el refranero, el duro era la denominación popular de la vieja moneda de cinco pesetas. Nadie en su sano juicio la hubiese cambiado por menos de su valor. El refrán invita a desconfiar de las ofertas y los regalos. Por eso nadie se sorprendió cuando Podemos comenzó a exigir ciertas medidas a cambio de su apoyo parlamentario, especialmente para los Presupuestos Generales del Estado del 2019.

De esta manera, el gobierno de Sánchez y sus aliados negociaron y aprobaron diferentes leyes de carácter social, como nuevas medidas a favor de la lucha contra la violencia de género, la subida del salario mínimo, la recuperación del carácter universal de la salud pública y la exhumación del cadáver de Franco de su tumba-mausoleo del Valle de los Caídos (de momento, suspendida judicialmente), entre otras.

Pero un día los nacionalistas catalanes también preguntaron “¿qué hay de lo mío?”. Y cuando la prensa filtró unos supuestos 21 puntos reivindicados desde Cataluña para dar su apoyo a los presupuestos, toda la derecha y gran parte del propio PSOE pusieron el grito en el cielo. Entre las exigencias se encontraba la convocatoria de un referéndum para “hacer efectivo el derecho de autodeterminación”, aspiración inaceptable para la gran mayoría de la población no catalana.

Sánchez, ya casi sin margen para negociar, quemó las naves, disolvió el Congreso y llamó a elecciones generales para el próximo 28 de abril. Podría haber seguido gobernando hasta julio de 2020, pero hubiera visto bloqueadas sus iniciativas repetidamente. En resumen, el suyo será el gobierno más corto desde la restauración democrática: apenas 10 meses de duración. Ahora Sánchez se enfrenta al desafío de aumentar los 84 diputados socialistas actuales (de los 350 que conforman el arco parlamentario) y de alcanzar (con sus aliados) al menos los 176 escaños que le permitirían formar gobierno nuevamente.

Para Jorge Tuñón, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, experto en nacionalismos y consultor sobre asuntos europeos, hay que poner el foco de lo que vendrá sobre el siempre polémico sistema de reparto de bancas: “La gobernabilidad del país puede depender de los caprichos derivados de la Ley D´Hont y ahí, la reciente hiper-fragmentación de la derecha, podría ser decisiva para la conformación de coaliciones de gobierno de un signo o del contrario”.

Los sondeos indican que el PSOE ganaría las elecciones, que Podemos perdería un buen puñado de bancas y que hasta Vox podría ser el partido más votado de la derecha.

Pero ninguno de los bandos lo tendrá fácil. “La dispersión del voto y su traspaso entre los diferentes partidos tanto dentro del bloque de izquierdas como en el de derechas hacen prever un período más largo de formación de gobierno, cabiendo la posibilidad de que los resultados de las urnas no modifiquen en exceso las posibilidades de coalición”, asegura Tuñón.

Según las últimas encuestas, la balanza está sumamente equilibrada y la cantidad final de bancas serán casi las mismas a uno y otro lado del Parlamento. Los sondeos indican que el PSOE ganaría las elecciones, que Podemos perdería un buen puñado de bancas y que hasta Vox podría ser el partido más votado de la derecha (y así intentar encabezar el nuevo gobierno, Dios nos libre).

Sin embargo, las elecciones de abril serán apenas las primeras de una serie de votaciones. Tras las generales, seguirán las provinciales y municipales que se realizarán en la gran mayoría de las Comunidades Autónomas. Luego, a finales de mayo, llegarán las correspondientes al Parlamento Europeo. En apenas un mes, el panorama político español podría verse radicalmente modificado. Y según se presenta la ola de derechización de la derecha en Europa y en el mundo, el cambio podría llegar para quedarse un tiempo muy largo.

“En cualquier caso, la nueva realidad de un arco parlamentario dividido a la italiana con hasta cinco partidos nacionales, además de la tradicional importancia de los partidos de ámbito no estatal, hará necesaria la negociación de mayorías complejas en un marco poco adecuado a estos nuevos tiempos, donde las enemistades personales y la crispación entre los líderes de los partidos prevalece sobre el entendimiento y la gobernabilidad del país”, finaliza Tuñón. Un duro golpe para nuestro ombliguismo confirmar que en todos lados se cuecen habas y que la “grieta” no es un invento argentino. Machado ya hablaba hace 100 años de “las dos Españas”.

Pero a estas alturas las cartas ya están echadas. Solo el tiempo le dirá a Sánchez si patear el tablero fue una buena idea o si no hubiera sido mejor aferrarse a su cargo en la Moncloa hasta cumplir el período legal de su mandato. En definitiva, si era o no la hora de arriesgarse a cruzar un torrentoso Rubicón.

(*) Periodista argentino radicado en España.