Las falsas prerrogativas del Prosur

Los ocho funcionarios que firmaron la creación de Prosur en Santiago. De izquierda a derecha: el embajador de Guyana en Argentina, George Talbot; el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro; el presidente de Ecuador, Lenín Moreno; el presidente de Colombia, Iván Duque; el presidente de Chile, Sebastián Piñera; el presidente de Argentina, Mauricio Macri; el presidente de Perú, Martín Vizcarra; y el presidente de Paraguay, Mario Abdo Benítez. Ph: AFP

Por Juan Ignacio Aréchaga |

El pasado 22 de marzo, los presidentes de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Perú, Colombia y Ecuador, junto con el embajador de Guyana, firmaron la “Declaración de Santiago”, en lo que fue la primera cumbre del Foro para el Progreso y Desarrollo de América Latina (Prosur), un nuevo organismo sudamericano creado para reemplazar a la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). Bolivia, Uruguay y Surinam participaron como observadores, mientras que Venezuela fue excluida.  

Bajo pretexto de “desideologizar” las relaciones entre los países sudamericanos, en referencia al bloque impulsado por la diplomacia brasileña a comienzos del presente milenio y que nació en 2008, los presentes gobiernos de Colombia, Chile, Ecuador, Brasil y Argentina terminaron por sepultar a la Unasur. Sin embargo, el nuevo organismo responde a la coyuntural simpatía ideológica de los países fundadores, vertebrados sobre la presión internacional hacia el gobierno de Nicolás Maduro.

La Unasur se encontraba paralizada desde el fin del mandato como secretario general del colombiano Ernesto Samper, el 31 de enero de 2017, y, actualmente, solo cinco de los 12 Estados sudamericanos eran miembros plenos.

Tras el fin de la presidencia pro témpore de Venezuela, que no logró reunir el consenso para suplir la vacante, entre los meses de abril del 2017 y 2018 la presidencia la ostentó Argentina, cuyo presidente, Mauricio Macri, no realizó ningún llamamiento para resolver la situación de acefalía. Una clara muestra de que el objetivo del Prosur no fue otro que el de cancelar a la Unasur.

En todo caso, la simple participación de los actuales gobiernos sudamericanos de distintas vertientes ideológicas, en el marco de negociación que en el mismo recinto podría haberse llevado adelante, ello le hubiese otorgado efectivamente a la Unasur el carácter desideologizado propio de las relaciones internacionales que los creadores del Prosur afirman pretender.

La creación del Grupo de Lima, en agosto de 2017, fue el primer paso para la escalada americana de presión internacional hacia el gobierno de Maduro, dejando de lado los mecanismos sudamericanos para la resolución de conflictos y abriéndole el camino a los intereses extrarregionales en la solución de la crisis venezolana.

De este modo, los gobiernos sudamericanos contrariaron la propia historia de sus países en materia de relaciones internacionales, avalando –según sus considerandos– un virtual gobierno bicéfalo en Venezuela, en tanto que el autoproclamado presidente Juan Guaidó no exhibe ningún ejercicio del poder y el Estado continúa bajo el control de Maduro. Además de que los lineamientos expresados en favor de la postura estadounidense sobre el conflicto avalan también la violación del principio de no-intervención, dispuesto en la ONU por presión misma de los países latinoamericanos.  

La creación de la Prosur, al reverso de la tradición latinoamericana y con el carácter ideologizado de la misma, responde en consecuencia solo a la estrategia de alineamiento de los gobiernos precursores.


Foto oficial del encuentro en el Palacio de La Moneda. Ph: Alberto Peña / EFE

El sur a la deriva

Más allá de que el Prosur no parece tener como origen el fomento de mecanismos de cooperación, integración y profundización del comercio regional –vitales para las economías sudamericanas–, su aspecto más preocupante es, tal vez, la deriva en la que se sumerge la región, con una mirada de corto aliento de los gobiernos sudamericanos.

Asimismo, es reflejo de la deriva en la que se encuentran dos de los países más grandes de la región, Brasil y Argentina, que han sido corridos de su liderazgo regional en la creación del Prosur por Chile y Colombia. Fue el presidente de Colombia, Iván Duque, quien primero oficializó su salida de la Unasur y mencionó la iniciativa del Prosur en enero de este año; ya en febrero, se juntó con su par chileno, Sebastián Piñera, para felicitarlo por su participación exitosa en el Grupo de Lima durante la transmisión del “Venezuela Aid Live”, en Cúcuta. 

Desde 2015, con su asunción como presidente de Argentina, Macri buscó desarrollar un liderazgo regional en lineamiento con EEUU mientras que Brasil, la principal potencia sudamericana, se encontraba gobernada por el desprestigiado Michel Temer, quien había asumido su cargo a partir del impeachment a Dilma Rousseff. Si bien el alineamiento con EEUU le permitió a Argentina conseguir un préstamo inédito con el FMI, la misma política de apertura y endeudamiento que ha sumergido al país en una crítica situación socioeconómica –con su política económica monitoreada por el mismo FMI– le impiden construir ese liderazgo ansiado en la región.

Por su parte, Brasil es el caso más paradigmático. Durante los gobiernos del PT, el país reafirmó su estatus de potencia emergente a partir de su crecimiento económico, su incorporación a los Brics y la ambiciosa expansión internacional que realizaron las grandes empresas brasileñas entre 2006 y 2014. A partir de la crisis económica, profundizada por una más grave crisis política, el país derivó en un franco retroceso de su liderazgo, a la par de un retroceso de las transnacionales brasileñas, producto también de las subidas de las tasas de interés de EEUU.

Brasil fue el país que impulsó la creación del Consejo Sudamericano de Defensa en el marco de la Unasur para declarar a la región como una zona de paz y contrarrestar así el anillo de bases militares que EEUU había montado especialmente alrededor suyo y de Venezuela. En la actualidad, el presidente Jair Bolsonaro desliza la posibilidad de la instalación de una base norteamericana en el país y la idea de una participación brasileña en una posible intervención a Venezuela, todas cuestiones que deben ser rectificadas por sus aliados de gobierno, en una coalición que cada vez más muestra sus tensiones.

Subirse a la carroza

Desde el fin del ciclo progresista, como se denominó al cambio de signo político que tuvo lugar en distintos gobiernos de Sudamérica en los últimos años, se especulaba por tradición de las derechas latinoamericanas su alineamiento con EEUU. En materia de relaciones internacionales, esta estrategia supone, asimismo, que los beneficios del alineamiento son mayores a los costos de enfrentar al país hegemónico. Sin embargo, la incidencia de la influencia china en la región contrarían los postulados: China y otros países asiáticos continúan siendo el principal destino de las exportaciones latinoamericanas, a la vez que las inversiones europeas, chinas y japonesas siguen superando a las estadounidenses en muchos países.

Esa influencia económica de China en la región es la que el gobierno de Donald Trump pretende desandar, aunque no con inversiones u organismos de desarrollo, como otrora. Desde la asunción del mandatario neoyorquino, la política exterior de EEUU ha estado enfocada en reducir las cargas de su país, enalteciendo su poder disuasorio en todos los órdenes, desde la reformulación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte a la presión a los países miembros de la OTAN para que incrementen sus gastos militares, o la casi inutilización de organismos como la OMC. Una estrategia que el analista estadounidense Hel Brands calificó como “un nacionalismo pugilista y austero”.

Para América Latina, esta estrategia pugilista promueve la agenda securitaria y migratoria, con la adopción por parte de los países latinoamericanos de la doctrina de las “Nuevas Amenazas”, que intenta reutilizar a las Fuerzas Armadas para tareas de orden interno, entre otras cuestiones. Mientras que, en el plano económico, celebra la apertura de los mercados a contramano de su propia política y disputa con virulencia la posición de las empresas norteamericanas en materia de servicios y extracción de recursos naturales.

De modo que no es mucho lo que EEUU ofrece a cambio de su alineamiento, en una postura que le da plena vigencia a la Doctrina Monroe, pero en un escenario claramente diferente. “América Latina no es propiedad de ningún país ni tampoco es el patio trasero de ningún Estado”, declaró días pasados el vocero de la Cancillería china, Geng Shuang, en relación a las declaraciones del consejero de Seguridad de EEUU, John Bolton, sobre el arribo de aviones militares rusos a Venezuela: “Estados Unidos no tolerará la injerencia de potencias militares extranjeras hostiles en los objetivos compartidos del hemisferio occidental”.

En lugar del intento del arribo de una solución regional sobre la cuestión Venezuela, la creación del Prosur deja ahora a los países sudamericanos a merced de las negociaciones que EEUU, Rusia y China tejan sobre la misma, dejando vía libre hasta a una posible escalada bélica del conflicto.