El futuro de Siria

Una miliciana kurda de las Fuerzas Democráticas Sirias, luego de que se anunciara el pasado 23 de marzo el fin del califato tras la derrota de los últimos combatientes en Baghouz. Ph: Delil Souleiman / AFP

Por Lucio Garriga Olmo |

La guerra que hace ocho años causa estragos en Siria ha dado un vuelco importante en las últimas semanas. El califato del Estado Islámico (ISIS), autoproclamado en junio del 2014 en la ciudad iraquí de Mosul, fue derrotado el pasado 23 de marzo por las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) –una alianza militar compuesta por milicias kurdas, árabes, asirios, armenios, turcomanos y circasianos, entre otros– en la ciudad siria de Baghouz.

En un edificio agujereado por las balas y los misiles, al lado de la bandera amarilla de las FDS, las fuerzas kurdas anunciaron “la destrucción” del ISIS y “el fin de su control territorial”. De esta manera, el califato islámico, que en su momento de esplendor llegó a dominar un territorio superior al de Gran Bretaña y a gobernar sobre más de 10 millones de personas, se convirtió en cenizas.  

Con la caída del califato se abren dos futuros inciertos en Medio Oriente. Por un lado, la comunidad internacional y los actores locales deberán definir cómo continuará la lucha contra el ISIS, ya que una batalla es su derrota territorial –es decir, su dominación en un espacio físico determinado– y otra muy distinta es su derrota total, teniendo en cuenta que la práctica terrorista no ha sido vencida y que los grupos que la llevan a cabo pueden seguir operando sin dominar ningún espacio geográfico. Por otro lado, el gobierno sirio empieza a vislumbrar la posibilidad de empezar a delinear el futuro del país, hoy en día destruido por una guerra civil –con la fuerte presencia de actores internacionales– que ya ha provocado más de 360.000 muertos y millones de desplazados.

El futuro del terrorismo

Antes de finalizar el anuncio de la derrota del califato del ISIS, las FDS aseguraron: “Nuestra guerra contra el terrorismo del Daesh [acrónimo de ISIS en árabe] continuará hasta que se logre la victoria completa y la eliminación total de su existencia”. El mensaje que quisieron enviar las milicias kurdas al mundo fue claro: derrotamos al califato pero no al ISIS. La lucha debe continuar. En este sentido, anunciaron “el inicio de una nueva fase en la lucha contra los terroristas” que tendrá como objetivo “eliminar por completo sus células dormidas que son una gran amenaza para el mundo entero”.

En este sentido, las FDS comunicaron en las últimas horas que desde el 23 de marzo se encuentran “persiguiendo a los terroristas del ISIS” por el este de Siria. El portavoz de la alianza militar, Mustefa Bali, aseguró que están “rastreando los restos” ya que hay “grupos escondidos”. Asimismo, el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, con sede en Londres, informó que desde el pasado domingo se realizaron más de una docena de bombardeos sobre Baghouz. Las milicias kurdas no son las únicas que diferencian entre la caída del califato y la derrota del ISIS. El ex enviado especial de Donald Trump para la Coalición Global para la lucha contra el ISIS, Brett McGurk, aseguró en Twitter que la “derrota del califato física no significa el final del ISIS”.

Son muchas las aristas a las que la comunidad internacional deberá prestarles atención para evitar un resurgimiento del ISIS en Siria o un establecimiento más fuerte en otras partes del mundo. Una de ellas será el futuro de los combatientes detenidos por las FDS, el de sus familias, sus hijos y sus simpatizantes. El encargado de las Relaciones Exteriores de la alianza, Abdel Karim Omar, informó que el grupo detuvo a “miles de combatientes, niños y mujeres de 54 países”. Ante este problema, aseguró que “es necesario que haya una coordinación con la comunidad internacional para enfrentar este peligro”. ¿Qué ocurrirá con los miles de terroristas extranjeros que fueron detenidos en Siria? ¿Serán juzgados? ¿Por quién? En este sentido, Donald Trump le pidió al Reino Unido, Alemania, Francia y otros países europeos que se hagan cargo de sus ciudadanos terroristas, pero la respuesta todavía no es clara y los detenidos siguen en un limbo que, por ahora, no encuentra soluciones concretas.

Además, las fuerzas militares deberán saber detectar y contrarrestar a las “células dormidas”, es decir, pequeños grupos terroristas que están a la espera del momento indicado para atacar ya sea en Siria, en Europa o en cualquier parte del mundo. Cuando el ISIS estaba en su momento de mayor esplendor y controlaba grandes sectores de la frontera con Turquía e Irak, llamó a sus seguidores a viajar a Siria para unirse a la guerra, pero cuando empezó a ser derrotado cambió su retórica y les comunicó que se queden en su lugar de origen y realicen ataques propios. A esto se le suman los miles de terroristas que huyeron de Siria y que hoy en día no se sabe cuántos son ni dónde están. Esta situación provocó un cambio importante, ya que miles de personas, influenciadas por la propaganda terrorista, pasaron a ser potenciales atacantes en distintos países del mundo sin haber viajado a Siria ni a ningún país que cuente con presencia del ISIS, lo que genera un grave dolor de cabeza para las agencias de seguridad destinadas a evitar atentados.

A este conflicto se le debe sumar el siempre latente peligro de una recomposición y una regeneración del ISIS que, hoy en día, en el corto plazo parece poco probable, pero en un futuro no deja de ser posible. Esta situación se podría ver potenciada por el anuncio de Trump de retirar un importante número de tropas de Siria que hoy ayudan a las FDS y que podrían provocar, según las FDS, “un vacío de poder” potencialmente explotado por el ISIS.

En este sentido, no se debe olvidar que el ISIS proclamó su califato en Siria e Irak pero que tiene presencia en otras regiones del mundo como Libia, Somalia, el Magreb africano, Afganistán y algunas regiones del sur de Asia. El terrorismo es un problema internacional que en el último tiempo estuvo centrado en Siria pero que tiene ramificaciones por diversos continentes. Quizás el ejemplo más claro del poder del ISIS fuera de Siria sea la actualidad de Filipinas. Hace poco más de un año, el Grupo Maúte, que le juró lealtad al ISIS, se enfrentó durante más de cinco meses con el Ejército nacional por el control de la ciudad de Marawi y, a pesar de haber sido derrotados en ese momento, en el pasado mes de enero se adjudicó un atentado en la Catedral de Nuestra Señora del Monte Carmelo, que dejó 23 muertos y más de 100 heridos. Ante esto, el Comandante militar Romero Brawner le dijo al diario The Guardian: “La lucha contra el ISIS no ha terminado”.

El futuro nacional

El futuro de la lucha contra el terrorismo mundial, y del ISIS en particular, estará ligado al futuro nacional de Siria. La guerra civil que comenzó en el 2011 todavía no terminó, pero el gobierno de Bashar Al-Asad ya piensa en el futuro y se imagina al frente del mismo. Uno de los puntos más importantes sobre el provenir de Damasco pasa por su integridad nacional, ya que al presente no la controla totalmente.

Actualmente, hay dos regiones principales del país que están fuera del alcance de Damasco. Una se encuentra en el norte del país, en la frontera con Turquía, donde grupos kurdos –que componen la mayoría de las FDS– han declarado la autonomía regional y han implantado un sistema de gobierno caracterizado por el anticapitalismo, el feminismo y el ecologismo, que no cuenta con la aprobación de Al-Asad. En este sentido, las FDS ya han solicitado un diálogo bilateral para respetar su estatus autónomo pero, por ahora, siguen recibiendo el rechazo sirio. A esta coyuntura se le suma la posibilidad de una agresión turca contra los grupos kurdos por las diferencias políticas existentes entre ambos sectores. Ante esto, Bashar Al-Asad les dijo a los kurdos: “Nadie los protegerá excepto su Estado. Nadie los defenderá excepto el Ejército Árabe sirio”. Un rechazo a cualquier intento de establecer una autonomía en el norte del país y un condicionamiento a una futura posible ayuda.

La otra región fuera del alcance de Damasco es Idlib, que hoy en día es dominada por el grupo terrorista Hayat Tahrir Al Cham (HTS), una ex rama de Al Qaeda. Esta región está “protegida” por un acuerdo tripartito entre Irán, Rusia y Turquía, quien apoya a los rebeldes y quien se comprometió a desarmarlos como garantía para evitar una ofensiva sirio-rusa. Lo cierto es que en el último tiempo esta región ha sido bombardeada por Moscú, violando el acuerdo existente, y el canciller ruso, Serguéi Lavrov, denunció que el pacto “no se ha implementado en su totalidad”.

La integridad territorial de Siria está conectada a la reconstrucción y al futuro del país. Damasco, junto a sus aliados y a la ayuda de la comunidad internacional, debe delinear una reconstrucción que, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), costará alrededor de 250 billones de dólares y, además, un futuro político y social que contemple a todos los sectores sociales del país. En la actualidad, se estima que el 89% de la población vive en la pobreza y que más de 11 millones de habitantes necesitan de protección y asistencia internacional.

Los desafíos de cara al futuro son muy importantes para Siria y para un gobierno que históricamente ha comandado al país con mano de hierro, sin contemplar a las minorías sociales y religiosas. La guerra civil se inició en el 2011 luego de una serie de protestas, en el marco de la Primavera Árabe, que exigían una apertura democrática. Damasco no podrá hacer borrón y cuenta nueva y volver a gobernar con mano de hierro sin tener en cuenta estas demandas porque volverá a cometer los mismos errores que han generado uno de los conflictos mundiales más importantes de los últimos años.