“El acuerdo con la UE consolida un patrón de inserción dependiente y periférico”

Representantes de Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay junto con funcionarios europeos en la presentación del acuerdo Mercosur-UE en Bruselas el 28 de junio. Ph.: Thierry Monasse / Getty Images

Luego de más de 20 años de negociaciones bilaterales, el Mercado Común del Sur (Mercosur), compuesto por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, y la Unión Europea (UE) anunciaron un pre acuerdo comercial que, en caso de entrar en vigor luego de la ratificación de todos los Parlamentos involucrados en las negociaciones, será uno de los acuerdos más grandes de la historia. Según un informe publicado por la Cancillería argentina, el mismo concentrará el 20% del PBI mundial y reunirá a más de 500 millones de personas.

A pesar del entusiasmo promovido por los gobiernos nacionales de América de Sur, especialmente del presidente argentino, Mauricio Macri, y su homólogo brasilero, Jair Bolsonaro, y del apoyo expresado por algunos gobiernos de Europa, todavía queda un camino muy largo para que el acuerdo entre en vigor, ya que deberá ser aprobado por el Parlamento Europeo, los Congresos de los 28 países de la UE y los cuatro del Mercosur. En este sentido, todavía lo que se sabe de lo acordado entre las partes es poco y se desconocen los detalles más finos de las negociaciones y de las repercusiones que podrían llegar a tener en los países sudamericanos que, a primera vista, parecen estar mucho más expuestos a un acuerdo asimétrico y desparejo.

Sobre este tema, L`Ombelico del Mondo entrevistó a la politóloga (UBA), profesora en la UBA y UNDAV y ex coordinadora de la Unidad de Apoyo a la Participación Social en el Mercosur, Mariana Vázquez, quién criticó el pre acuerdo anunciado, ya que “es la renuncia a la vocación por una región que tenga cierta autonomía en el escenario internacional” y porque consolida “un patrón de inserción dependiente y periférico como región exportadora de materias primas y de productos con escaso valor agregado”. En este mismo sentido, declaró: “Se cerró porque los gobiernos del Mercosur aceptaron todas las condiciones de la Unión Europea”.

–¿Cómo podrías definir el cambio de rumbo que ha tenido el Mercosur con la llega al poder de Mauricio Macri y Jair Bolsonaro?

–Creo que lo que claramente define este cambio de rumbo es la renuncia a la vocación por una región que tenga cierta autonomía en el escenario internacional. Es decir, es un cambio de rumbo, siempre en disputa, nunca consolidando, que lo que busca es fundamentalmente perder independencia. Desde el punto de vista de la economía de la integración es un camino de apertura indiscriminada en su relacionamiento externo. En ese marco se lee el acuerdo todavía no firmado con la UE. Eso hace que sigamos consolidando un patrón de inserción dependiente y periférico como región exportadora de materias primas y de productos con escaso valor agregado. Consolida los peores caminos en términos de inserción económica internacional y esto tiene consecuencias muy graves en términos de empleo, en la calidad del empleo, genera exclusión, concentración de la riqueza y situaciones que son muy poco felices para nuestra población.

Después está la cuestión política. Estos gobiernos están alineados fundamentalmente con los Estados Unidos y eso, realmente, implica renunciar a valores muy caros para nuestras sociedades como son, fundamentalmente, la democracia, la paz, la autodeterminación de los pueblos, la posición que han tenido Argentina y Brasil fundamentalmente de fortalecer ese aislamiento que promueve los Estados Unidos y que no resuelve nada.

Bolsonaro y Macri en Brasilia. Ph.: Marcelo Camargo / Agencia Brasil / AFP

–En el medio de la crisis que está teniendo el comercio a nivel internacional, ¿quién va a poner las reglas para regir este tipo de acuerdos?

–Esto me permite poner en cuestión algo que está instalado en el sentido común y que dice que estos acuerdos son realmente de libre comercio y acá de libertad no hay nada. Acá lo que se discuten son las regulaciones del comercio, son las reglas en las cuales se van a dar esas relaciones comerciales, y no solo lo comercial. Eso es muy importante porque la libertad tiene buena prensa y en realidad no estamos hablando de libertad, estamos hablando de regulaciones. En este caso, con este acuerdo de nueva generación –como se llama al acuerdo que se negoció con la UE y que, aparentemente, estaría cerrado hace muy poco–, son tipos de acuerdos que incluyen mucho más que el comercio de bienes. De hecho en la negociación hay 16 temas: comercio de servicio, temas vinculados a la propiedad intelectual, compras públicas, contrataciones públicas. Es decir, no estamos hablando solo de regular el comercio de bienes sino con aspectos que tienen que ver con la autonomía regulatoria de los Estados, y en el caso de países como los del Mercosur, esa autonomía regulatoria es central para poder garantizar un camino de desarrollo. ¿Por qué? Porque tiene que ver con la autonomía, con la capacidad y los instrumentos que tengan los Estados y la región para promover políticas de desarrollo económico. Un ejemplo: la compra nacional. El Mercosur concedió dar trato nacional a empresas europeas para ser proveedoras del Estado renunciando a un instrumento central para nosotros de desarrollo económico, de inclusión social. Es decir, el país no va a poder discriminar entre comprar, desde el Estado, a una cooperativa o a proveedores locales sino que va a tener que comprar –no digo que se va a ver obligado, pero sí en igualdad de condiciones–, y si discrimina va a ser sancionado por eso, va a tener que dar igualdad de condiciones a empresas europeas que, en muchos casos –pensemos en provisión de algunos servicios–, son mucho más competitivas. Entonces, un gobierno que realmente esté preocupado por el desarrollo, por la inclusión, por generar empleo de calidad, por dar condiciones dignas a su población no puede aceptar este tipo de concesiones. Es por eso, más allá de lo que diga el gobierno, que se cerró el acuerdo. Se cerró porque los gobiernos del Mercosur aceptaron todas las condiciones de la UE, y eso es realmente muy grave para un país como el nuestro.

–En el período entre el 2003 y el 2016, en el cual vos trabajaste en la Cancillería, ¿cómo se hablaba de este acuerdo? ¿Había esperanzas de poder negociar y hacer pesar el rol del Mercosur o se sabía que en algún momento se iba a tener que ceder?

–Los países no tienen que ceder. Los países eligen políticamente ceder en función de un proyecto político nacional o eligen no ceder si tienen otro proyecto. Es decir, no hay un desenlace natural. No es que no nos queda otra que insertarnos en el mundo de una manera determinada. Eso se dijo mucho en los ‘90 y se dice hoy. Los países eligen –por supuesto con condicionamientos y con presiones– pero, por algún motivo –y justamente tiene que ver con la idea de proyecto–, hasta hoy no se aceptaron los condicionantes de la UE.

Otra cuestión que hay que aclarar, porque el gobierno plantea falsas dicotomías entre sí al acuerdo y no al acuerdo, es que un acuerdo en sí mismo no es bueno o malo. No es que por defecto hay que estar a favor o en contra de este tipo de acuerdos. En condiciones tan asimétricas en las que se da esta negociación –que son inevitables por las asimetrías de desarrollo, de capacidades productivas, de incentivos a la producción en el territorio son realmente muy grandes–, no se puede negociar simétricamente como se acaba de hacer. ¿Qué quiere decir esto? Que no podemos negociar de igual a igual. La UE tiene que aceptar, o por lo menos esa era la posición hasta enero del 2015, lo que en las negociaciones internacionales se llama “trato especial y diferenciado”: reconocer las asimetrías y reconocerlas en el contenido del texto que se está negociando. Un ejemplo: Argentina siempre propuso, hasta diciembre del 2015, que la UE aceptara una cláusula de industria naciente, es decir, que los países del Mercosur pudieran tener el derecho a incentivar a sectores que se consideren estratégicos sin que eso se considerara distorsivo de la competencia. ¿Por qué? Porque las condiciones de desarrollo son muy diferentes. Entonces, para poder desarrollarnos, la contraparte tenía que aceptar eso. Este gobierno renunció a estas cuestiones. El acuerdo es importante que se negocie pero no se tienen por qué aceptar condiciones que son realmente perjudiciales para el país. El Mercosur aceptó remover aranceles, por ejemplo, para todas las autopartes procedentes de la UE. Eso es un industricidio. Eso no tiene razón de ser.

“El Mercosur aceptó remover aranceles, por ejemplo, para todas las autopartes procedentes de la UE. Eso es un industricidio”.

–¿Cómo analizas las repercusiones que generó este anuncio de pre acuerdo en Paraguay y Uruguay, que son dos países que tienen industrias menos desarrolladas que Brasil y Argentina? ¿Crees que pueden salir más beneficiados de este acuerdo?

–En el corto plazo y en algún punto sí. Podemos decir que el país más dañado sería Argentina porque tiene una industria más desarrollada que Uruguay pero, a la vez, menos competitiva que la de Brasil. Uruguay está más centrado, en estos momentos, en la exportación de servicios; tiene un proyecto diferente. Pero hay sectores que promueven, incluso dentro del Frente Amplio, otro tipo de proyecto. Por ejemplo, el PIT-CNT, la central sindical uruguaya, está totalmente en contra de este acuerdo. Entonces es relativo.

En el caso de Paraguay, sí. Por aquellos sectores que buscan consolidar un proyecto de inserción de Paraguay con mano de obra, con ausencia de derechos laborales, con violación de los derechos más básicos sociales y económicos de las personas. Ese proyecto estaría de acuerdo. Pero ahora hay un acto del Frente Guasú, liderado por el expresidente Fernando Lugo, donde se va a hablar totalmente en contra de este acuerdo, junto con todo el movimiento campesino y parte del movimiento sindical. Es decir, este consenso es de aquellos sectores más concentrados y más extranjerizados de la economía, no representa a las grandes mayorías.

–Vos trabajaste en la Unidad de Apoyo a la Participación Social en el Mercosur. En la cumbre del Mercosur en Mendoza hubo una gran participación de movimientos sociales.  ¿Nos podes decir qué rol puede tener la sociedad civil en la vida institucional del Mercosur? ¿Eso funcionó en el pasado?

–Todos los espacios de participación social en el Mercosur, que se crearon con los gobiernos populares a partir del 2003, hoy están siendo desmantelados. De hecho, la Unidad de Apoyo a la Participación Social del Mercosur, que me tocó coordinar entre el 2013 y el 2016, tan pronto terminó mi mandato en vez de elegir a quién me sucedía –que correspondía que lo definiera Brasil por orden alfabético–, la unidad fue desmantelada. En el 2017, en Mendoza, no hubo una Cumbre Social del Mercosur; fue una Cumbre de los Pueblos porque el Mercosur, institucionalmente, organizaba las Cumbres Sociales, que eran espacios de diálogo con las organizaciones y movimientos sociales de la región cada semestre. De hecho, hay una norma que obliga a los gobiernos que tienen la presidencia pro témpore a organizar la Cumbre Social. Estas cumbres se organizaron ininterrumpidamente entre el 2006 y el 2016. La última fue en Uruguay en el 2016. A partir del 2017, con la presidencia pro témpore de la Argentina, y violando el derecho del Mercosur, el gobierno de Mauricio Macri no organizó la Cumbre Social. No tuvo voluntad política y, violando el derecho del Mercosur, no reunió a las organizaciones y movimientos sociales con el Mercosur. Entonces, las organizaciones y los movimientos, en Mendoza, organizaron la Cumbre de los Pueblos, que fue una Cumbre no especial. Esto es importante mencionarlo porque estos gobiernos ya no dialogan con las organizaciones en el mejor escenario, y en el peor escenario su forma de relacionarse es desde la violencia institucional.  

–¿Qué podemos esperar de la próxima Cumbre del Mercosur que se va a realizar en la ciudad de Santa Fe?

–Probablemente muchas de las concesiones que se están dando a nivel internacional se vayan avanzando sin la firma del acuerdo. Por ejemplo, los países están negociando una baja importante del arancel externo común del Mercosur. Es decir, bajar los aranceles es hacer un Mercosur mucho más abierto más allá de que se firmen acuerdos o no se firmen acuerdos. Estamos en una lógica muy similar –pero creo que este contexto es más dañino, lo cual es mucho– a la lógica de la década del ´90, donde teníamos una total convergencia de las políticas nacionales de apertura de los acuerdos del Mercosur que nos abría a la región y de un Mercosur que consolida, en la Organización Mundial del Comercio (OMC), un arancel externo común muy bajo. Entonces tenemos, nuevamente, un Mercosur muy abierto con una renuncia a un proyecto estratégico que realmente nos ponga en otro lugar en términos de cambiar el patrón de especialización histórico que hemos tenido como proveedores de productos sin valor agregado y sin valor tecnológico.