“El gobierno tomó una serie de medidas que aumentaron la vulnerabilidad del país”

Ph.: Reuters

El domingo 11 de agosto se llevaron a cabo en Argentina las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), donde resultó vencedor con más del 47% de los votos el partido Frente de Todos, encabezado por Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, quienes superaron por más de 15 puntos al actual presidente, Mauricio Macri, haciendo casi imposible una reversión del resultado para las elecciones generales del 27 de octubre.

Lo más destacable de las PASO, además de demoler nuevamente todos los pronósticos de las encuestadoras, fueron las primeras alocuciones de Macri luego de la brusca devaluación del peso, la escalada del dólar y del riesgo país. Según Macri, “la alternativa kirchnerista no tiene credibilidad en el mundo, (…) no tiene la confianza necesaria para que la gente quiera venir e invertir en el país”. “Por lo que hicieron antes pasa lo que pasó hoy en el mercado”, aseguró, frente a lo cual afirmó que los candidatos opositores “tienen más responsabilidad de demostrar esta actitud pro tranquilizar a la comunidad económica local y mundial”.

Para tratar de comprender las implicancias en materia de política internacional de las PASO, y a modo de reflexión sobre lo que dejan los cuatro años de mandato de Macri al respecto, L`Ombelico del Mondo dialogó con Alejandro Simonoff, Doctor en Relaciones Internacionales (UNLP), profesor de grado en la UNLP y la UCALP y de posgrado en el Instituto de Relaciones Internacionales (IRI-UNLP), coordinador del Centro de Reflexión de Política Internacional (Cerpi-UNLP) e investigador del Instituto de Investigaciones de Humanidades y Ciencias Sociales (UNLP-Conicet).

–¿Cuán real es concretamente la narrativa lanzada por Macri según la cual la reputación internacional de una fuerza política opositora puede llegar a afectar tan fuertemente la situación doméstica de un país?

–De hecho el presidente, en una conferencia de prensa posterior, pidió disculpas por lo que dijo antes. En ese sentido, el problema es que el modelo venía con ciertas debilidades. Porque si bien las cuentas referidas a la cantidad de dinero circulante y lo atesorado en el Banco Central tenía cierta relación con el precio del dólar, lo cierto es que había una amenaza latente que son todos los bonos que el gobierno utilizó para financiar y la ayuda del FMI, fundamentalmente, con el préstamo que se le otorgó a principios de este año, que fue lo que le permitió sostener la paridad cambiaria. Ahora, una vez que aparece el hecho de que pueden haber cambios o correcciones en la política económica, hacen que esos mismos factores de poder que habían sostenido este esquema tan precario que el gobierno de Cambiemos instaló se caiga a pedazos. Y es lo que estamos viendo. Porque, evidentemente, a partir del resultado de las PASO se termina de desnudar la última –tal vez– de las necesidades que puede tener alguien para gobernar, que es, por un lado, la capacidad de ejecución, que lo vemos totalmente como anulado –por decirlo de alguna manera– y, por otro lado, con escasísima capacidad de maniobra.

Y entonces este relato tiene que ver con una especie de relato que el propio gobierno construyó sobre la situación de la Argentina y que se lo terminó creyendo, por decirlo de alguna manera. Obviamente que el problema está en que también el gobierno tomó una serie de medidas que aumentaron la vulnerabilidad el país. De hecho hay un informe de la agencia Bloomberg, de hace un mes, donde decía que la Argentina era uno de los tres países más vulnerables del sistema internacional. Y eso tiene que ver con lo que está pasando ahora: el Estado no tiene capacidad de reacción frente a la acción de los grupos concentrados de poder, que fueron los grandes beneficiados del proyecto económico de Macri.

“El Estado no tiene capacidad de reacción frente a la acción de los grupos concentrados de poder, que fueron los grandes beneficiados del proyecto económico de Macri”.

–También lo relacionábamos con lo que había pasado en 2016 con Donald Trump, que tampoco era –salvando las distancias– un personaje tan querido por los mercados internacionales, pero la solidez que tenía –y tiene– EEUU le permitió evitar una debacle como la que estamos viviendo nosotros actualmente. Es decir, no se trata efectivamente del aprecio o no que se tiene hacia un candidato en una primaria.

–Claro, porque no tiene que ver con afectos, tiene que ver con intereses. La política se marca por eso. Porque además el gobierno hace esa apuesta del viernes antes de la elección, con todas esas encuestas fraguadas, de que estaba pareja la elección y bueno, eso hace que la confianza –que es otro elemento importante en la construcción de la política– también sea abandonada. Porque los grupos inversores dicen “esta gente nos dice tal cosa” y resultó ser totalmente distinto.

–Frente a esta crisis, ¿cómo ve la imagen que ha construido Macri en el mundo?

–En el medio de esta crisis, que ningún presidente haya hecho una declaración de apoyo a la Argentina dice mucho también de la efectividad de la política de Macri. Sobre todo, digamos que el gobierno construyó una especie de relato de cierta política presidencial, por decirlo de algún modo, en donde él tenía excelentes relaciones con diversos presidentes. Y sin embargo, salvo los exabruptos de Bolsonaro, después no hubo declaraciones o, incluso, cuestiones más importantes, como efectivizar apoyos con ayuda económica para poder salir de esta crisis. Esto también marca la efectividad de esa política.

–¿Cómo describiría esa política? ¿Cuáles fueron los trazos gruesos de la inserción internacional que quiso lograr Macri?

–Para mí, el problema principal es que hay un problema de diagnóstico. Es decir, el mundo al que apostaba Macri y en el que quería ser interlocutor es un mundo que ya no existe en gran medida, que tiene que ver con un mundo en donde la esperanza de un triunfo neoliberal estaba más afirmada. Eso hoy está en crisis. No solamente en lo que pueden ser los países subdesarrollados, sino también en las naciones centrales a partir de la crisis del 2008.

Y, por otro lado, la cuestión de la emergencia de China, que fue claramente subvaluada en todo este aspecto y que genera tensiones. Porque, para decirlo claramente, Macri busca una ubicación de la Argentina bajo el paraguas de EEUU, Europa occidental y Japón –lo que se llama la tríada occidental–. Sin embargo, económicamente la Argentina depende mucho más de China, como lo demostró la crisis del 2008. Entonces, hay una tensión entre las fuentes materiales y el lugar hacia donde quiere ir, y eso marca una diferencia muy notoria con lo que fue el modelo agroexportador del siglo XIX, donde claramente las condiciones materiales e ideacionales estaban juntas, que tenían que ver con Europa. Ahí hay una tensión en eso que se muestra a cada paso.

“Hay un problema de diagnóstico (…) el mundo al que apostaba Macri y en el que quería ser interlocutor es un mundo que ya no existe en gran medida”.

–Hablando de una posible futura administración de un gobierno argentino de otro color político, ¿cuáles cree que serán los principales desafíos que deberá enfrentar en la política exterior?

–La primera cuestión es evitar la sobreactuación. Uno tiene que tener un diagnóstico acertado de cómo opera el mundo y no manejarse con estridencias. Esa es la primera cuestión para empezar; ya ni siquiera estamos hablando de cuestiones de hacia dónde debemos ir, sino de procedimientos. Una vez resuelto eso hay que ver tanto el marco global, donde tenemos un mundo en donde no hay un orden internacional –eso es una ventaja para la Argentina, porque podría jugar y oscilar entre los diversos modelos que aparecen allí– y después, obviamente, ver cómo se construye una fuerte intención con lo que se llama el “Sur global”, porque son países que tienen las mismas problemáticas que nosotros y las mismas dificultades de interlocución con la globalización. Entonces me parece que esos serían los dos ejes que, yo entiendo, deberían seguirse –que son bastante antitéticos con lo que hoy está ocurriendo–, y en donde se busquen convenios y acuerdos comerciales donde las ganancias sean repartidas y no sean solo para un sector. Por ejemplo, en el caso del acuerdo Mercosur-Unión Europea ni siquiera es un patrón de relacionamiento parecido al del siglo XIX; se parece mucho más al Roca-Runciman, porque hay un solo sector que se va a beneficiar, que es el de la exportación de carnes. Después el resto, incluso de industrias relacionadas con la producción de alimentos –que nosotros tenemos potencialidades– van a padecer mucho si se lleva adelante ese acuerdo. 

Digamos, tienen que buscar cuestiones más amplias: diversificar la estructura comercial, que no esté tan concentrada en los commodities –en la soja, fundamentalmente–, incrementar la cantidad exportadora de automóviles. Hay que buscar una estructura diversificada que contenga la mayor cantidad de sectores sociales en el interior de la Argentina. Porque está demostrado que esperar el derrame es ilusorio; no es la primera vez que nos pasa, de hecho.

Hay que buscar una estructura diversificada que contenga la mayor cantidad de sectores sociales en el interior de la Argentina“.

–Pensando la futura relación con EEUU y la incidencia que tiene el vínculo con el FMI y el pago de la deuda externa, ¿cómo cree que deberá construirse esa relación bilateral? ¿Podrá ser más similar a la que construyó Duhalde en su momento para pagar la deuda y permitir una renegociación de la misma o cree que deberá ser más distante?

–Esa cuestión hay que solucionarla, uno no la va a poder postergar. Yo creo que ahí lo que va a haber que tener en cuenta –como se hizo en esa otra oportunidad– es cuál es la relación entre el Fondo y los EEUU. Porque, en función de la crisis comercial que hay con China, probablemente las relaciones entre el Fondo y los EEUU no pasen por un buen momento, a partir de la sanción que EEUU pretende que se le imponga a la moneda china por la devaluación de la semana pasada. Porque la devaluación cumple con todos los criterios que el FMI establece; no así el dólar, que está sobrevaluado. Entonces, yo creo que esos son puntos de tensión donde la Argentina va a tener que tener una lectura muy atenta para poder manejar esa situación, porque no necesariamente eso va a ser un conglomerado que funcione junto.

Y la relación con EEUU, por un lado va a depender de cómo es la forma de acercamiento hacia el modelo internacional de Trump, para decirlo de alguna manera. Yo creo que hay aspectos que son interesantes que aparecieron en la renegociación del TLC, como una reasunción, por ejemplo, de la soberanía de los Estados para litigar con las empresas multinacionales que operan en sus territorios, hay limitaciones arancelarias en función de los salarios que reciben los trabajadores que producen manufacturas, que son elementos aislados pero que son interesantes y que marcan cierto sesgo distinto al modelo que hoy estamos presenciando.

–En el caso eventual que Alberto Fernández sea elegido presidente, ¿cómo se van a tejer las relaciones dentro del Mercosur, teniendo en cuenta la relación con Bolsonaro y los preacuerdos que se están llevando adelante?

–Ahí la cuestión principal es cuál va a ser el estatus del Mercosur. Porque, en principio, el fin que le han dado Bolsonaro y Macri al Mercosur ha sido meramente instrumental en función de poder acordar con la Unión Europea, pero después el resto de las potencialidades en cuanto a la negociación, protección de la economía, etc., han sido dejados de lado. Y eso va a ser muy complicado. Por eso yo decía que la Argentina va a tener que tener vinculaciones más con el Sur global, más que reforzar la relación con Brasil, por lo menos en esta instancia.

Habrá que ver, porque hay un cambio muy importante en la élite brasileña: hay una transición hacia un comportamiento de naturaleza rentística, que se parece mucho más a los industriales argentinos de los años 90 que a la característica típica del industrial brasileño desarrollista –que, de hecho, estableció límites en los 90 al proyecto de [Fernando Henrique] Cardoso–. Entonces ahí hay un cambio muy importante también para tener en cuenta a la hora de establecer una estrategia. Sobre todo porque, además, es nuestro principal mercado y es un mercado en donde hay mucha exportación de productos industriales –de automotores, etc.–; eso es una fuente de generación de trabajos muy importante. Entonces ahí habrá que ver cómo se maneja esa cuestión. Y entiendo que es una dificultad grande la cuestión de Bolsonaro. Es cierto que también podemos ver otros polos, ya más latinoamericanos y menos conosureños. Habrá que ver si se puede establecer algún link con algunas estrategias de López Obrador.

“Argentina va a tener que tener vinculaciones más con el Sur global”.

–En estos cuatro años, la política exterior del macrismo y de los distintos gobiernos de la región ha girado mucho en torno a la crisis venezolana; de hecho, se han creado organismos con esa finalidad, alejándose de lo que fue la Unasur. ¿Qué podemos esperar del entramado de estos nuevos organismos y de los que existían hasta entonces?

–Ahí lo paradójico es que, si se buscaba una solución política –como denuncian los gobiernos del Grupo de Lima–, el mecanismo idóneo hubiese sido la Unasur, que funcionó desde el año 2009 en adelante como una caja de arreglo de las tensiones regionales existentes. Entonces, en ese sentido, la decisión de irse de la Unasur y dar un salto al vacío –que es el Prosur que ha impuesto Piñera– es medio incomprensible, sobre todo si la decisión es que haya una salida política en Venezuela. Entonces, me parece que ahí hay una tensión que es importante, porque yo creo que lo que hay que evaluar de toda esa situación –que es muy crítica, la crisis humanitaria que vive Venezuela no tiene parangón– es el hecho de que hay que buscar una salida política pero donde todos los actores políticos estén contenidos. La solución política no puede devenir de la exclusión de alguno de los dos sectores. Nosotros ya hemos pasado por situaciones de ese tipo y terminamos de la peor manera, con una dictadura que terminó asesinando a 30 mil argentinos.