Golpe de Estado en Bolivia: entre el pasado, el presente y el futuro incierto

Ph: Reuters

Por Lucio Garriga Olmo |

La historia no es lineal, no tiene un comienzo específico ni un final concreto. El hilo conductor que une a los diversos acontecimientos que se desarrollan puede enredarse, anudarse y volver, por qué no, a un punto similar del que partió. Bolivia no es la excepción. El martes a la noche, el presidente derrocado, Evo Morales, partió hacia México desde el Aeropuerto Internacional de Chimoré, en Cochabamba. El mismo fue construido por su gobierno, bajo los cimientos de lo que había sido, durante la década de los ´90, una base militar de la famosa Administración para el Control de Drogas (DEA) de Estados Unidos. Un lugar denunciado por haber sido centro de detenciones ilegales y torturas contra productores cocaleros y dirigentes sociales, es decir, de los compañeros de las primeras luchas que encabezó el propio Morales cuando comenzó a dar sus primeros pasos como dirigente social. El mismo espacio donde el Movimiento Al Socialismo (MAS) lanzó la última campaña presidencial del binomio encabezado por Evo y Álvaro García Linera, cuando el presente era de risas y el futuro era prometedor.

El presidente electo democráticamente con el 63,4% de los votos en las elecciones de 2014 abandonó su país, ante el riesgo inminente que corría su vida, desde la pista a la que nombró “Soberanía”. Hace más de 20 años hubiera sido muy difícil imaginar que una base utilizada por una dependencia del Estado norteamericano sería uno de los aeropuertos más grandes del país y que la propia DEA estaría expulsada de Bolivia. Asimismo, hace unos meses hubiera sido muy difícil imaginar que Evo Morales y Álvaro García Linera iban a abandonar el país en el medio de la noche llevándose con ellos, solamente, la ropa puesta y “un pedazo de tierra boliviana”.

Morales y García Linera siendo recibidos en México por el canciller de ese país, Marcelo Ebrard, en condición de asilados políticos.

Un presente no tan desconocido

En el transcurso de su historia, Bolivia ha vivido una importante cantidad de golpes de Estado, dictaduras y finalizaciones tempranas de mandatos presidenciales. Símbolo de la inestabilidad política que marcó al país andino desde su fundación es la denominación popular de la Casa de Gobierno: Palacio Quemado. Una referencia a los incendios que le provocaron los opositores al mandatario Tomás Frías (1872-1873 y 1874-1876) al arrojar antorchas. Es por esto que el presente nacional es conocido pero poco previsto. Conocido por la historia, pero poco previsto porque uno de los grandes logros con los que llegó Evo a la última elección fue la estabilidad política y económica lograda bajo sus mandatos.

El domingo 11 de noviembre el gobierno de Evo terminó de la peor manera: derrocado. La movilización social, capitalizada por los sectores más radicales de la oposición bajo los liderazgos de los dirigentes cívicos Luis Fernando “El Macho” Camacho –santacruceño– y Marco Antonio Pumari –potosino–; el amotinamiento policial en los nueve departamentos del país que permitió un propagación de la violencia, fuertemente centralizada contra cualquier símbolo que representara al MAS; la “sugerencia” de las Fuerzas Armadas (FFAA) al propio Morales para que renunciara; y la divulgación de la auditoría hecha por la Organización de los Estados Americanos (OEA), prevista para la mitad de la semana pero adelantada sorpresivamente para ese día, fueron una conjugación de factores y hechos que llevaron al binomio presidencial a presentar la renuncia para evitar un derramamiento de sangre. El mandatario que había logrado una estabilidad muy pocas veces vista en la historia nacional partió hacia el exilio en el medio de una crisis profunda, aguda y que pareciera no tener una pronta resolución.

A las crisis sociales hay que intentar encontrarles una solución rápida y efectiva, la inestabilidad es imposible de mantener en el tiempo. La oposición, que logró mantenerse unida como pocas veces lo había logrado bajo las presidencias de Morales, decidió hacerlo y avanzó con todo. En este contexto fue que la senadora beniana Jeanine Áñez se autoproclamó como presidenta, frente a un Senado que no contaba con el quórum ni con los votos mínimos necesarios para legalizar semejante maniobra. A esa altura, la legalidad de las acciones opositoras ya no era algo muy exigido por la política nacional e internacional si se tiene en cuenta que muchos dirigentes oficialistas, entre ellos el presidente de la Cámara de Diputados y cuarto en la línea sucesoria de la presidencia, Víctor Borda, fue obligado a renunciar luego de que su hermano haya sido secuestrado por simpatizantes opositores.

Jeanine Áñez

Frente al acorralamiento que vivía el gobierno, el presidente Morales decidió intentar resolver la crisis –a diferencia de muchos mandatarios anteriores, que recurrieron a la represión y a la militarización– a través de la participación ciudadana, cumpliendo lo que fue la primera exigencia de los sectores opositores movilizados: la realización de una nueva primera vuelta electoral bajo un Tribunal Supremo Electoral (TSE) completamente nuevo. Ya era tarde. La oposición ya había avanzado y la propuesta fue desoída por todos los sectores movilizados. La “traición” –como la calificó Morales– de las FFAA fue el último recurso que el gobierno perdió. Estaba rodeado por la calle, copada por la oposición más radical, por la policía que había dejado de responder y por las propias FFAA. El futuro para Morales tenía dos posibilidades: por un lado, resistir con lo que tenía, es decir, la movilización de los sectores que todavía le eran fieles, especialmente campesinos e indígenas, teniendo en cuenta la “sugerencia” de renunciar que realizó la propia Central Obrera Boliviana (COB); y, por el otro lado, la aceptación de la derrota y de las consecuencias que de ella partían, es decir, la salida del poder a través de su renuncia. “Decidí esta renuncia para que (Carlos) Mesa y Camacho no sigan persiguiendo a mis hermanos y dirigentes sindicales”, dijo.

Fue de esta manera que el presidente se replegó al sector que lo vio nacer dos décadas atrás como líder político y sindical: el Chapare cochabambino. Estuvo rodeado de muy pocos de sus allegados, apenas de su histórico compañero de fórmula, García Linera, y su ministra de Salud, Gabriela Montaño. Fue una prueba más que demuestra que la historia no es lineal: esa noche Evo durmió en el piso, como en sus tiempos de dirigente sindical. “Recordé tiempos de dirigente”, publicó en su Twitter.

Ph: Twitter Evo Morales Ayma

Un futuro desconocido

Por un lado, se puede sostener que el devenir de los acontecimientos que desencadenaron en la obligada renuncia de Morales siguieron aproximadamente un desarrollo conocido: desconocimiento de resultados electorales –polémicos pero no denunciados como fraudulentos, incluso por la propia OEA–, movilización social, amotinamiento policial y abandono de las FFAA. Mientras que, por el otro lado, no se puede afirmar que lo que vaya a pasar de ahora en más sea conocido y mucho menos previsible. Intentar delinear las jugadas futuras, tanto del gobierno de facto como del MAS, es peligroso, porque no hay indicios que indiquen una sucesión de hechos imaginados o posibles.

Cuando algunos se animaron a decir que la movilización callejera había abandonado a Evo Morales, las calles de El Alto se llenaron de miles de personas que exigen su vuelta al país y que ya encontraron una fuerte repercusión en ciudades de Santa Cruz y Cochabamba. Cuando se pensaba que Jeanine Áñez iba a alcanzar niveles de reconocimiento internacional lo suficientemente importantes como para despejar cualquier duda sobre su polémica autoproclamación, hasta el momento solo recibió el visto bueno de Estados Unidos –que de todas maneras es destacable–, Brasil, Colombia y el Reino Unido. En momentos en que muchos se animaron a prever el inicio de una guerra liderada por Morales desde su exilio en México, el todavía presidente constitucional –su carta de renuncia no fue aceptada por el Congreso– convoca al “diálogo” y se muestra dispuesto a volver al país y a no participar de las futuras posibles elecciones con el objetivo de “pacificar” Bolivia. Además, todavía persisten dudas que vuelven al futuro impredecible y peligroso.

Partidarios de Evo sostienen banderas en su favor durante una marcha en La Paz, Bolivia, 12 de noviembre de 2019. Ph: Luisa González / Reuters

Las principales dudas giran en torno a las futuras elecciones prometidas por la oposición y en qué condiciones se realizarán. Hasta el momento se sabe poco sobre este tema, que será de vital importancia ya que ha sido el elegido por las partes como el mecanismo de resolución al conflicto. La autoproclamada presidenta, Áñez, solo ha prometido que las mismas serán convocadas cuanto antes, que se realizarán bajo la administración de un nuevo TSE y que no contarán con la competencia de Morales y García Linera. “Decirle al MAS que tienen todo el derecho a participar en las elecciones y que vayan buscando candidato. Evo y Álvaro no están habilitados para un cuarto mandato”, dijo en conferencia de prensa.

Existen demasiadas incertidumbres sobre las futuras elecciones. La primera, y una de las más importantes, es por la fecha. La Constitución establece que deberán ser organizadas dentro de los próximos 90, pero el tiempo apremia, además, porque el 22 de enero vence el período legislativo, un órgano que deberá desarrollar un rol muy importante en la realización de las mismas. El cuándo, por ahora, sigue siendo una incógnita que deberá ser respondida prontamente. La otra pregunta importante es por el cómo. ¿En qué condiciones competirá el MAS? Áñez ya dijo que el binomio que compitió Morales-Linera no podrá hacerlo porque derogará el fallo del Tribunal Constitucional (TC) que lo habilitó. ¿Lo aceptará su partido? Son demasiadas preguntas que no tienen respuestas pero que deberán tenerlas, en el menor tiempo posible, para lograr una salida institucional reconocida por ambos sectores a la crisis.

Asimismo, el futuro es difícil de prever porque ambos sectores recolectan fuerzas y apoyos lo suficiente importantes como para sostenerse como actores políticos de importancia pero no lo necesariamente sólidos como para imponerse ante el otro. El bloque que ha logrado reunir Áñez cuenta con el apoyo de la oposición al MAS, las fuerzas de seguridad, los Comités Cívicos y algunos importantes países de la comunidad internacional. Por su parte, el bloque que lidera Morales ha logrado mantener el poder y las presidencias del Congreso y cuenta con una importante capacidad de movilización y confrontación social. En escenarios donde las fuerzas no son suficientes para ganar, las salidas institucionales son sumamente importantes, pero en este caso, por ahora, tampoco tienen la suficiente fuerza como para confirmar cuándo y cómo serán.

En este contexto, es difícil determinar cuál ha sido el comienzo y cuál será el final de la crisis que, hasta el momento, tiene un saldo de diez muertos. ¿Cuándo se inició el proceso que provocó la caída de Evo Morales? ¿Fue el 21 de octubre, como dijo el presidente destituido, o comenzó durante la campaña presidencial en momentos en que Carlos Mesa ya denunciaba fraude? ¿Fue la noche del 20 cuando el sistema de recuento de votos preliminar se detuvo?

Así como el pasado todavía provoca preguntas que no tienen respuestas, el futuro depara preguntas que las merecen y que, por ahora, son inciertas.