“La oposición está unida por el anti-frenteamplismo y no basta para gobernar”

La segunda vuelta en Uruguay se prevé en subida para el gobernante Frente Amplio (FA). Luego de 15 años en el gobierno, el decano del progresismo uruguayo enfrentó el pasado 27 de octubre su primera elección sin que ninguno de los dirigentes históricos –Tabaré Vázquez, José “Pepe” Mujica y Danilo Astori– se presente a un cargo ejecutivo. Daniel Martínez, ex alcalde de Montevideo, fue el elegido en las primarias de junio para enfrentar una oposición que se presentó dividida en la primera vuelta pero que decidió unir sus fuerzas para destronar al FA en noviembre. El candidato del Partido Nacional, Luis Lacalle Pou, vástago de una de las familias más importantes del Uruguay, reunió para esta segunda vuelta una “coalición multicolor” que reúne al tradicional Partido Colorado, a la extrema derecha de Cabildo Abierto, el Partido Independiente y el Partido De la Gente. Según todos los sondeos, es justamente esta heterogénea alianza la que tiene todos los números para ganar.

En L`Ombelico del Mondo dialogamos con el historiador y politólogo Gerardo Caetano, profesor titular de la Universidad de la República (UdelaR) y coordinador del Observatorio de Coyuntura Política del Instituto de Ciencia Política.

–¿Cuál es la situación política del Uruguay de cara a la segunda vuelta? ¿Está realmente tan polarizado como parece desde afuera?

–Desde hace ya varios años –se podría decir que dos décadas–, el Uruguay se ha perfilado en dos bloques. Un bloque progresista, básicamente integrado por el Frente Amplio, y uno de centro derecha, identificado con los partidos tradicionales. Eso fue lo que comenzó a surgir a partir de la reforma constitucional y electoral de 1996, que ha tenido hasta ahora cinco instancias de comicio. En el ’99, el FA obtuvo el 40%, el Partido Colorado 33% y el Partido Nacional el 22%, y en el ballotage ganaron blancos y colorados aliados con el 55% aproximadamente. En 2004, ganó el FA con mayoría propia y en primera vuelta. Fue la única experiencia. Para ganar en primera vuelta en Uruguay hay una exigencia máxima. Hay que tener el 50% más uno de los votos emitidos, lo cual incorpora también la consistencia de los votos en blanco y anulados. Luego, en el 2009 el FA ganó, pero debió ir a una segunda vuelta que también ganó con una diferencia de nueve puntos. y en el 2014 volvió a ganar, pero también debió recurrir a una segunda vuelta con una diferencia de 13 puntos. Esto significa que hace dos décadas en Uruguay efectivamente hay dos bloques políticos. Y que, salvo la primera de las experiencias de la nueva Constitución y de los nuevos marcos electorales, en las tres últimas el FA ha prevalecido e, incluso en las tres oportunidades, obteniendo mayoría legislativa propia.

Esta elección de 2019 es una elección que trae novedades fuertes. Incluso, en más de un sentido, es difícil compararla con las anteriores. Se la ha tratado de comparar con la de 1999, porque el FA obtiene prácticamente la misma votación con el 40% en primera vuelta, pero es una comparación inconveniente porque por entonces había dos grandes partidos tradicionales históricos, el Colorado que tenía 33% entonces y hoy tiene 13% y el Nacional que en el ’99 tuvo el peor resultado de su historia con el 22% y hoy tiene 29%. Pero la gran diferencia es que hoy tenemos algo inédito en la historia política uruguaya, que es un partido de ultra-derecha, comandado por quien hasta marzo de este año fue el comandante general del Ejército desde el año 2015, y debe señalarse que fue el comandante nombrado por gobiernos progresistas: fue electo por la última parte del gobierno de Mujica, y fue tolerado por Tabaré Vázquez, ya que hizo política permanentemente cruzando las franjas institucionales, y finalmente fue cesado este año. El partido Cabildo Abierto fue fundado en febrero de este año por quien hasta ese momento era el escribano de gobierno, Domenech. Este partido obtuvo un 11%, lo cual le da tres senadores y 11 diputados, lo cual significa, sin lugar a duda, la llave de las mayorías legislativas. E integrando como lo ha hecho la llamada coalición multicolor opositora en esta segunda vuelta, también le da la llave del gobierno. Todas las encuestas estarían dando un triunfo en segunda vuelta del candidato opositor, Lacalle Pou, con diferencias que van desde un 8 a un 5%. Si bien las encuestas dan un margen de indecisos pequeño, se considera muy poco probable que triunfe el candidato oficialista, el ingeniero Daniel Martínez.

–¿Esta situación habla más de un desgaste del FA o indica más bien una derechización del voto uruguayo?

–Indica varias cosas. Por un lado, con un grupo de investigadores venimos estudiando la evolución de la opinión pública respecto a ciertos temas clave, y efectivamente uno puede advertir, no en este último tiempo sino ya desde tiempo atrás, un corrimiento de la sociedad uruguaya hacia posiciones más de derecha. La sociedad uruguaya tradicionalmente ha tenido en su autoidentificación ideológica una postura más de centro hacia el centro izquierda. Y hoy ha acompañado el giro que se advierte en el latinobarómetro hacia posturas no de derecha extrema pero sí de centro y centro derecha. Ha caído el apoyo al funcionamiento de la democracia, que tradicionalmente era muy alto; ha caído la aprobación a las instituciones típicas de la democracia; ha caído de manera muy considerable el respaldo a los partidos políticos, mientras que ha subido mucho el respaldo a las Fuerzas Armadas; ha caído el respaldo a los sindicatos; y ha crecido la desconfianza hacia las instituciones y a nivel interpersonal.

Pero esto es uno solo de los elementos y hay que aclarar que, a pesar de la emergencia de este partido nuevo de ultraderecha cuyas credenciales diplomáticas son invocadas por sus líderes, generan dudas en buena parte de la población y hasta en algunos líderes que se han incorporado a la coalición opositora. Como por ejemplo el candidato del partido Colorado, que en la campaña dijo que los separaba un océano de Cabildo Abierto, reivindicándose como un liberal progresista. Pero ingresó en la coalición opositora y aceptó que Cabildo Abierto la integrara. Otro tanto hizo Pablo Mieres, principal candidato del Partido Independiente que, sin embargo, tuvo una votación paupérrima, lo cual lo llevó a obtener un solo diputado. Sacando esta singularidad, se podría decir que, a diferencia de otros países de América Latina, en el Uruguay sigue habiendo un acuerdo de régimen muy mayoritario y un funcionamiento de las instituciones sólido, lo cual, en principio –y abriendo los paraguas que imponen estos episodios imprevistos en América Latina y en el mundo–, la previsión sería que las instituciones uruguayas siguen siendo sólidas y su democracia sigue siendo plena como es considerada en los rankings internacionales.

La caída de la votación del FA –ha obtenido 8% menos que cuatro años atrás– se explica también por otros motivos. El desgaste luego de 15 años de gobierno; el descontento de un sector importante de adherentes frenteamplistas, algunos por izquierda que exigen mayor impulso a las reformas, y otros más por el centro. Pero entre los grandes temas que han calado hondo en el pronunciamiento ciudadano está, en primer lugar, el tema de la seguridad. Hubo un proyecto de reforma constitucional llamado “Vivir sin miedo” que incorporaba cuatro medidas a la Constitución de la república, entre ellas la conformación de una guardia nacional integrada por efectivos militares, que no salió pero tuvo un 47% de votos positivos el 27 de octubre. Lo cual es considerado una señal muy fuerte. Y la correlación de voto entre quienes respaldaron la reforma –que dicho sea de paso no fue respaldada por ningún candidato presidencial– con los que votaron a la oposición es enorme: más del 80% de los electores de partidos de la oposición apoyaron la reforma. Con lo cual el factor seguridad ha sido, yo creo, el factor más importante.

También ha pesado el factor económico. Uruguay puede plantear logros importantes a nivel económico y sobre todo social, como los 15 años de crecimiento ininterrumpido; una inflación que si bien está por arriba de la meta de gobierno, es una inflación mucho menor a muchos países latinoamericanos en un 8%; un aumento del salario real de los trabajadores y de las jubilaciones estimado en un 55%; una baja de la pobreza del 40% que había en 2004 a menos del 8% que hay hoy; una baja de la indigencia, que por entonces estaba en un 5% y hoy ha bajado a un 0,2%. Pero estas condiciones favorables en una perspectiva larga, en estos últimos cinco años han tenido una desaceleración. El crecimiento ha sido mucho menor, de hecho el crecimiento del PBI en el último año se perfila en un 0,5%, lo cual es prácticamente una situación de estancamiento; ha crecido la desocupación, se han destruido un aproximado de 60 mil trabajos, lo cual también tiene que ver con una caída de la inversión y la desaceleración en el mercado interno que durante mucho tiempo fue un factor de dinamización importante. Todo esto además agravado por un déficit fiscal que se acerca a un 5% del producto. Lo cual es una situación fiscal que, si bien no tiene de modo alguno la gravedad de Argentina u otros países latinoamericanos, para los estándares uruguayos es un déficit muy elevado. No hay una crisis de deuda. El Uruguay ha sabido renegociar su deuda en tiempos y en moneda de manera provechosa. Pero los tiempos económicos no han calzado con los tiempos electorales y políticos. Y esto sobre todo se ha visto en el medio rural. Uruguay tiene una zona metropolitana formada por la capital Montevideo y el departamento que la rodea, donde hay un 60% de la población del país. Luego hay un interior, de 17 departamentos, donde la oposición obtuvo una mayoría clara. Y es un voto que tiene que ver con el impacto de esta situación económica deficitaria. El Uruguay se ha convertido en un país muy caro. Desde la oposición se habla de manera muy enfática del retraso cambiario. Esto ha golpeado a la economía del interior, especialmente en las zonas metropolitana del interior urbano, que hace cinco años fueron un factor decisivo para el triunfo del FA. Y se advierte con claridad que este es un factor de relevancia.

La oposición alude también al factor corrupción. Pero esta ha sido muy pequeña con respecto a lo que acontece hoy en América Latina y concentrada en muy pocos casos que involucran también a la oposición. En relación al gobierno está el caso del ex vicepresidente Raúl Sendic, que debió renunciar por un manejo inapropiado de una tarjeta corporativa con la que compró bienes personales por un monto aproximado de unos 60 mil dólares. Si lo compara con los giros de Odebrecht y las coimas en cualquier parte de América Latina eso es un vuelto. Pero en Uruguay el rasero anticorrupción es muy fuerte y rígido, y es correcto que así sea. La oposición, por su parte, asegura que esta es la corrupción sabida, pero que hay un conjunto de corrupción encubierta que no ha estado visible pero que existe. Yo diría que en la campaña, si bien fue un tema, ha tenido menor impacto que la seguridad y el tema económico.

–Todos estos son los factores domésticos que dominaron la campaña. Pero, ¿qué incidencia puede tener la situación continental sobre el voto del domingo?

–El partido de gobierno ha encarado un discurso muy centrado en destacar los indicadores favorables y la situación de estabilidad uruguaya contrastándola con lo que está ocurriendo en otros países de América Latina. Especialmente con la catástrofe económica en Argentina, la catástrofe venezolana, la protesta popular en Chile y sus niveles de desigualdad, o el golpe de Estado en Bolivia, que nos ha sorprendido a todos. O el giro político de Brasil. Esto ha sido una constante en el discurso de los candidatos oficialistas. En su discurso en el acto final de campaña, Daniel Martínez insistió en una idea que ha sido un leitmotiv de su discurso: de ganar la oposición, el Uruguay viviría algo como lo que pasó en Argentina o Brasil. Hasta ahora, los estudios y las mediciones y mi percepción dicen que este factor de comparación regional no está siendo determinante, y que los electores están votando en relación a lo que ven en la perspectiva más propiamente local que en comparación con lo que acontece en el continente.

–El FA está viviendo una profunda renovación. ¿Cómo podría afectar una derrota en este proceso?

–El FA mantiene la condición de primera fuerza política del país. Y su votación, a pesar de haber bajado ocho puntos respecto a cinco años atrás, la confirmó como primera fuerza del país. Esto ya ocurre desde 1999. Es decir que, por quinta elección consecutiva, el FA confirma que es la primera fuerza política del Uruguay. Es decir que el balance electoral no es catastrófico. No es una implosión, es una caída importante que con seguridad le puede costar el gobierno porque toda la oposición está jugada contra el FA. Al FA le ha costado mucho la renovación de sus elencos. Desde hace mucho tiempo, décadas, la tríada de Tabaré Vázquez –dos veces presidente de la República–, José Mujica –una vez presidente– y Danilo Astori –que no ha sido presidente pero ha sido vice y figura central en la economía uruguaya en los últimos 15 años– conforman un liderazgo que llegó a su fin. Mujica tiene 85 años, Tabaré Vázquez va a cumplir 80 en enero y Astori va a cumplir 80 el año próximo. Hay un conjunto de nuevas figuras que se perfilan, pero todavía no hay un liderazgo sustitutivo. La sociedad uruguaya es muy envejecida, y esto también se ve en la política. Si bien hay nuevas figuras jóvenes todavía no aparece quien ocupe un rol de liderazgo. Daniel Martínez fue el candidato, pero claramente no se ha convertido en el líder del FA. Y emergen nuevas figuras que el tiempo dirá si pueden configurarse como clave. Por ejemplo, el intendente de Canelones que hoy es el jefe de campaña, Yamandú Orsi, o el ex presidente del Banco Central y eventual ministro de Economía en un nuevo gobierno, Mario Bergara, u otras figuras. Pero hoy tenemos tres grandes liderazgos que por razones biológicas están declinando, una tríada que jugó un papel muy importante especialmente luego de la muerte del líder histórico en 2004, el general Seregni, y figuras más jóvenes en ascenso, pero no hay líderes.

Hoy se está discutiendo si el estar en la oposición no generaría una fractura. Yo tiendo a pensar que no. Porque el FA, que se constituyó en 1971 –hace casi medio siglo– ha confirmado de manera muy clara, incluso bajo la dictadura, que su fortaleza está en su unidad. Y más allá de haber tenido momentos de gran tensión interna, porque hay una diversidad ideológica que busca articularse ante cada caso en una unidad político programática, hay una sabiduría instalada de que cualquiera que rompa, pierde. También se advierte que hay ciertas prácticas, que tienen que ver con el manejo de su orgánica, que requieren de un nuevo pacto y una renovación, no solamente ideológica sino política. El FA en el gobierno reformuló muchas de sus propuestas ideológicas por la vía de los hechos y el pragmatismo, de la necesidad. Persisten algunas visiones aún, como la de algunos dirigentes que siguen apoyando a Venezuela. Pero tanto José Mujica, como Astori y el propio Daniel Martínez han calificado de dictadura a Venezuela. Y la postura internacional de Uruguay no es que apaña a Venezuela sino que busca una salida negociada que evite la intervención o la guerra civil. Yo creo que la renovación debe ser fundamentalmente política. Y en cómo la tramite después de 15 años de gobierno y una probable derrota electoral dependerá mucho su futuro.

–¿Y cómo ve en cambio la fortaleza de la coalición opositora en caso de llegar al gobierno?

–Esa es la gran duda y es una incertidumbre abierta. En particular por la incorporación de este nuevo partido Cabildo Abierto. Todos los partidos han firmado un documento pero, como suele ocurrir, es un documento de bases muy genéricas, no está claro que sea una base programática clara. Y este partido nuevo tiene en varios aspectos propuestas muy extremistas. Condenan lo que llaman ideología de género, con un rechazo a la nueva agenda de derechos que ha sido muy importante para el Uruguay. Plantean una visión muy autoritaria y de orden duro frente al tema seguridad. Tienen una referencia militar indiscutible y siguen manteniendo vínculos muy fuertes con la institución castrense. Tienen en sus listas a figuras connotadas, que tuvieron intervención en la última dictadura cívico-militar, lo cual es una rotura de ciertos códigos no escritos, pero presentes, en la política uruguaya. Todo esto hace que haya dudas con respecto a cuánto va a durar y cuán profundo va a ser este gobierno de coalición. Lo cierto es que, hasta ahora, en términos electorales la coalición ha sido una convocatoria exitosa. Sobre todo porque está unida por un anti-progresismo que es el factor de unidad, pero no le bastará para gobernar.