Libia, la historia de un caos moderno

Fuerzas leales al mariscal Hafter toman lugar en Bengasi, la segunda ciudad en importancia de Libia. Ph: Reuters

Por Federico Larsen |

El pasado 19 de enero, en Berlín, Rusia, Turquía, EEUU, la Unión Europea y Egipto llegaron a un acuerdo acerca de la situación de Libia, en medio de una durísima guerra civil que ya lleva ocho años destrozando al que fue el país más avanzado de África hasta 2011. Según el comunicado conjunto, las potencias presentes en la conferencia se comprometieron a un alto el fuego permanente y un embargo de armas verificable. Es que el caos libio también tiene que ver con su acción. Hoy en el país hay decenas de milicias compuestas por una constelación de brigadas surgidas de las facciones del antiguo ejército libio y las fuerzas de seguridad ligadas a las tribus locales, además de las facciones yihadistas y de mercenarios enviados por países extranjeros.

Al país han llegado miles de armas provenientes del tráfico ilegal internacional y de la repartición del arsenal del otrora ejército nacional y de las policías. De sus puertos zarpan no solamente las naves cargadas de crudo –cuyo control está hoy dividido– y los gasoductos que garantizan energía a media Europa, sino también las barcazas de migrantes que llegan desde el África Occidental y se entregan a organizaciones criminales ligadas a tal o cual facción para cruzar el Mediterráneo. Armas, petróleo, gas, migraciones, son cuestiones muy sensibles para las potencias occidentales y explican, en parte, su involucramiento en el pantano libio.

Los jefes de Estado participantes de la Conferencia de Berlín. Ph: Reuters

En Libia, el caos y la violencia son protagonistas desde 2011. Tras la oleada de protestas conocidas como “la primavera árabe”, que a partir de 2010 en Túnez y en Egipto lograron voltear a gobiernos autocráticos con el apoyo (¿o impulso?) de países europeos y EEUU, en Libia también comenzó una etapa de duros enfrentamientos para derrocar Muhamad Gadafi, presidente desde hacía 43 años. Para tal fin se creó el Consejo Nacional de Transición (CNT), una coalición de fuerzas políticas que logró establecerse como legítima representante de los intereses del pueblo libio ante la comunidad occidental, y obtuvo la ayuda necesaria para llevar adelante su revolución.

El 20 de octubre de 2011, Gadafi fue derrocado y asesinado en medio de los bombardeos de una coalición internacional guiada por la OTAN, que logró el beneplácito del Consejo de Seguridad de la ONU gracias a la abstención de China y Rusia. A nivel internacional, se elevaron fuertes protestas por la ejecución sumaria, pública y extremadamente violenta del ex dictador y sus colaboradores, pero eso no impidió que sus principales responsables, reunidos en el CNT, abordaran el futuro del país.

Libia es un país-mosaico. En él conviven pueblos, etnias, lenguas y culturas históricamente rivales. El equilibrio interno siempre ha sido extremadamente frágil, y una de las variables principales para lograrlo pasa por el liderazgo personal de un caudillo que obtenga la confianza o el apoyo de las tribus que componen la distribución del poder interno. Gadafi representaba a ese caudillo. Su destitución y ejecución violenta representó, simbólica y concretamente, la destrucción de un equilibrio ante el cual no se presentaban alternativas, salvo el vago modelo occidental de democracia representativa enarbolado por las fuerzas que impulsaron las llamadas primaveras árabes en diferentes partes de Oriente Medio.

Las profundas diferencias entre las formaciones que componían el Consejo, también fueron el presagio de lo que se vendría para el país. Los dos grupos mayoritarios, los liberales de la Alianza de Fuerzas Nacionales y el partido islamista Justicia y Reconstrucción –rama libia de los Hermanos Musulmanes– disputaron el control del proceso en las primeras elecciones libres celebradas el 7 de julio de 2012. Los liberales fueron el partido más votado pero, gracias a su política de alianzas, Justicia y Reconstrucción logró el liderazgo de la Asamblea Nacional Constituyente, conocida como Congreso General de la Nación (CGN).

El gobierno liderado por el liberal Alí Zeidan, que surgió tras esas elecciones, intentó sostener cierto equilibrio entre estas dos facciones y dentro del país. Pero su debilidad quedó rápidamente en evidencia. La caída de Zeidan fue adelantada tras el descubrimiento de que buques de Corea del Norte, país bajo un embargo casi total, lograban obtener petróleo libio negociando directamente con mercenarios y jefes tribales en el Golfo de Sidra. Es decir que el nuevo gobierno no lograba siquiera el control de sus recursos naturales básicos.

Ante el descontrol surgido por la caída de Zeidan, y el vals de líderes que le sucedieron, una de las figuras más importantes de la historia reciente de Libia decidió tomar mayor protagonismo: el general Jalifa Belqasim Haftar. Partidario de una Libia secular y simpatizante de las ideas del presidente egipcio Nasser, Haftar había sido Jefe del Estado Mayor de Gadafi y una pieza fundamental en la revolución que comenzó su gobierno en 1969, pero se exilió en EEUU tras ser acusado de traición durante la guerra con Chad (1978-1987). Desde entonces, comenzó su larga trayectoria como jefe de la oposición a Gadafi, y, tras el comienzo de las revueltas de 2010, volvió al país para liderar las tropas del CNT. En febrero de 2014 apareció en los medios nacionales de todo el país exigiendo la disolución del Congreso General de la Nación ante su incapacidad de garantizar un gobierno estable. Desde lo político, su clara intención era la de aislar las facciones islamistas y a los Hermanos Musulmanes (en clara sintonía con variados sectores castrenses de toda la región) que, según esta visión, sostenían el pantano de las instituciones surgidas de la “revolución” de 2011. Tras obtener el apoyo de algunos sectores políticos y de las milicias de diferentes tribus de la costa libia, Haftar proclamó el nacimiento del Ejército Nacional de Libia y comenzó el asedio en 2014 de Trípoli, la capital, y Bengasi, las dos ciudades bastión de las fuerzas islamistas. Comenzó así la Guerra Civil Libia, actualmente en curso.

En este contexto, la Corte Constitucional llamó a nuevas elecciones que se celebraron en junio de 2014 en pleno combate, y dieron la victoria al secular Al Thani, que debió mover la sede del gobierno a la ciudad de Tobruk, con el apoyo de Haftar y el reconocimiento de la comunidad internacional. Los islamistas, abroquelados en Trípoli, desconocieron esos comicios y mantuvieron la labor del Congreso General de la Nación en Trípoli, y nombraron un nuevo gobierno. En síntesis, para finales de 2014 en Libia había dos parlamentos, dos gobiernos y una guerra civil abierta, con mercenarios y tribus tomando postura entre los diferentes bandos de la contienda.

Ante esta situación, la ONU propició una conferencia que se celebró en Marruecos, en la ciudad de Sjirat. Allí, el 17 de diciembre de 2015 se firmó el Acuerdo Político Libio, un tratado de paz que fusionaba los dos parlamentos libios y creaba un gobierno de unidad nacional guiado por Fayez al-Serraj, político secular y abiertamente pro-occidental. Serraj, quien tomó posesión del gobierno en Trípoli en marzo de 2016, había obtenido la unción de las potencias extranjeras pero su autoridad interna era casi nula. El reconocimiento formal de su investidura nunca se logró, y en Libia fue asumido por muchos como un títere de los EEUU, Francia e Italia, principales potencias cuyos intereses juegan un papel fundamental en la política libia. Haftar no reconoció el nuevo gobierno, así como buena parte de las autoridades de Tobruk, y se hizo con el control de los cuatro puertos de exportación de la mitad del crudo de Libia. Para balancear esto, al-Serraj buscó y obtuvo el apoyo de las principales instituciones económicas del país, el Banco Central y, especialmente, la Corporación Nacional del Petróleo. Durante 2016, al-Serraj intentó también forjar una mayor unidad nacional lanzando una durísima batalla contra la célula del Estado Islámico que había logrado tomar la ciudad de Sirtre, aprovechando el caos generado por la guerra civil. Sin embargo, la victoria contra el EI en Libia se dio más gracias a la acción de la coalición internacional guiada por EEUU, que de todas maneras intentó mostrar a al-Serraj como el verdadero autor de la hazaña, que por la acción de un frente libio cohesionado. Por el contrario, en el ámbito militar el país estaba más fragmentado que nunca.

Libia, ¿quién controla qué?

Para 2017, Libia estaba dividida por lo menos en siete partes, controladas cada una por actores diferentes y con canales de comunicación extremadamente frágiles. El gobierno reconocido por la ONU solo controlaba directamente –y parcialmente– dos ciudades: Trípoli y Sirtre. Ante la imposibilidad de avanzar hacia una solución acordada, Haftar y al-Serraj aceptaron la mediación francesa, y en julio de 2017 acordaron la búsqueda de una solución política al conflicto libio. En esa instancia se acordó la celebración de elecciones generales para el 10 de diciembre de 2017, jamás celebradas a pesar de una nueva reunión en París en mayo de 2018 entre los dos líderes. Hasta abril de 2019, cuando Haftar decidió retomar los ataques directos y el asedio a Trípoli para hacerse del control de la capital. En su visión, la destrucción del “islam político” es una condición sine-qua-non para la estabilidad del país, y solo puede ser obtenida a través del uso de la fuerza. Cada región y tribu ha puesto en marcha su mecanismo de defensa, su milicia, y se vale de su propio sistema de lealtades y alianzas en función de sus intereses, que a menudo no van más allá de la simple supervivencia de su grupo social, sus tradiciones y hasta su lengua. Es en este contexto que, en los últimos meses, varias potencias extranjeras han decidido tomar cartas en el asunto.

Fuente: BBC

La injerencia de las fuerzas internacionales en el conflicto es evidente. La magnitud geopolítica de la guerra civil libia se mostró desde sus primeros momentos. El 11 de septiembre de 2011, el embajador de EEUU, Chris Stevens, y tres miembros del personal estadounidense fueron asesinados en un ataque al consulado general de Benghazi, en uno de los ataques más recordados de la historia reciente de Norteamérica.

Washington, París y Londres apoyaron abiertamente el derrocamiento de Gadafi, y con el devenir de los eventos otros actores tomaron posiciones más o menos claras. Emiratos Árabes Unidos declaró a los Hermanos Musulmanes, y a todas sus organizaciones afiliadas, como terroristas, y eso guía su accionar en buena parte de la región. Junto con Egipto y Arabia Saudita, representan los aliados de Haftar en Oriente, a los cuales se suman Rusia, que es acusada de haber enviado mercenarios desde 2018, y, de manera mucho más implícita, Francia.

Entre los aliados más activos de Al-Serraj se encuentra seguramente Turquía, que, entre diciembre y enero pasados, envió mercenarios para parar al Ejército Nacional Libio y aprobó leyes en su parlamento para sostener económica y militarmente al gobierno de Trípoli. También al-Serraj cuenta con el apoyo financiero desde un principio de Qatar.

Otra guerra internacional abierta es por la mediación: Francia e Italia se contienden desde el siglo XIX el rol de potencia en el norte de África y protagonizan desde hace ocho años una rivalidad muy evidente para imponerse como mediador en el conflicto, organizando conferencias internacionales alternativas y tratando de seducir a los actores en el campo para que les reconozcan ese papel. Italia llegó inclusive a acordar con las autoridades de Trípoli un tratado para que sus fuerzas de seguridad, que no llegan a controlar ni la mitad de las costas, contengan las salidas de migrantes hacia los puertos italianos, a cambio de equipamiento y asesoramiento en seguridad. 

En fin, la conferencia de Berlín del pasado fin de semana no es más que un nuevo episodio de una historia que, como se puede ver, tiene muchos antecedentes. Quizás la intención de alivianar el peso de los intereses y la presencia internacional en el conflicto pueda ser leída positivamente. Sin embargo, las señales dadas en la misma conferencia y en los días sucesivos no parecen ir en ese sentido. Ni Haftar ni al-Serraj participaron de esa negociación. Una vez más, sobre Libia deciden todos menos los libios.