Italia por ahora resiste el avance de Salvini

La ganadora por Forza Italia, Jole Santelli, junto con el ex primer ministro Silvio Berlusconi.

Por Federico Larsen |

Las elecciones regionales de Calabria y Emilia Romagna en Italia arrojaron resultados positivos para el actual gobierno de coalición del primer ministro Giuseppe Conte. Si en la región del extremo sur se confirmó la victoria de Jole Santelli, la candidata de Forza Italia, el partido del ex primer ministro Silvio Berlusconi, en la “roja” Emilia Romagna se produjo la ansiada continuidad del centro-izquierda del Partido Democrático (PD), con la reelección del gobernador Stefano Bonaccini.

Es que, desde hacía meses, la extrema derecha de Matteo Salvini amenazaba el poder del PD en la región. Una victoria de la candidata de La Lega, Lucía Borgonzoni, hubiese abierto una crisis de representatividad del PD, que sostiene la coalición de gobierno suficientemente grande para legitimar el pedido de la derecha de ir a las urnas anticipadamente. El actual gobierno de Giuseppe Conte se sostiene gracias al apoyo del otrora antisistema Movimiento 5 Estrellas (M5E) –que sufrió un descalabro descomunal en ambas regiones, obteniendo el 3,5% en Emilia Romagna y poco más del 7% en Calabria–, y sus otrora archi-enemigos del PD. Una coalición inentendible, si no fuera por la necesidad de ambos partidos de evitar el ascenso de la derecha xenófoba de La Lega que podría generarse si se llegara a un escenario de elección anticipada. Que es lo que Salvini busca desde su salida del Ejecutivo en agosto pasado.

La candidata, Lucia Borgonzoni, junto con el líder de La Lega, Matteo Salvini, en una conferencia de prensa pos derrota electoral. Ph: Reuters / Flavio Lo Scalzo

Al no existir elecciones de medio término en el sistema político italiano, Salvini trata de aprovechar el éxito de su programa antinmigración y fuertemente securitario en la seguidilla de elecciones regionales que se dan antes de la conclusión natural del gobierno, prevista para 2023. Su estrategia es cuestionar la legitimidad de la coalición entre PD y M5E, ganando en aquellos distritos donde las fuerzas gubernamentales tienen amplio sostén electoral. Lo hizo en octubre, cuando arrebató al centro-izquierda la región de Umbria, histórico bastión del Partido Comunista (PC) primero y del PD a partir de los 90 y 2000. Y ahora lo intentó en Emilia Romagna, gobernada por la izquierda desde la caída del fascismo hace más de 70 años.

En realidad, algún síntoma de debilidad de la hegemonía del progresismo en la región ya se venía advirtiendo desde hacía tiempo. El año pasado, Alan Fabbri, uno de los pocos dirigentes de La Lega de la región, ganó la alcaldía de Ferrara, bastión histórico del movimiento anarquista y comunista del último siglo. Si algo deja en claro el proceso político de los últimos años en Italia es que la pertenencia ideológica ya no se transmite a través del ADN como parecía lógico en la segunda mitad del siglo XX.

El gobernador Stefano Bonaccini durante su campaña, antes de obtener su reelección. Ph: REX

Emilia Romagna, Umbria y Toscana han sido históricamente regiones ligadas a una tradición de pequeña producción cooperativa campesina, de ciudades portuarias y pujantes experiencias fabriles tras la Segunda Guerra Mundial. Esto permitió que sus ciudades tuvieran una composición social muy fértil para el crecimiento de los partidos socialistas y comunistas, a tal punto que se la conoce como la “zona roja” de Italia. El PC entre los años 50 y 80 gestionó allí cooperativas, pequeños emprendimientos solidarios y movimientos que entraron a formar parte del tejido productivo y social de la región. Pero la crisis que vivió la izquierda italiana tras la caída de la URSS, su atomización y el rápido viraje hacia el centro de sus expresiones mayoritarias, como el PD, produjeron cierto alejamiento de las bases históricas.

Muchos votantes tradicionales de la izquierda, devenidos ya en medianos propietarios, comerciantes y clase media-alta de ciudades cada vez más modernas, siguieron votando al PD más por tradición que por convicción. Las direcciones que se sucedieron al mando de los partidos social-demócratas jamás terminaron de convencer. Y su electorado fue menguando con el pasar de los años. Un contexto cada vez más propicio para movimientos populistas y radicales como La Lega. El partido de Salvini hizo lo que hacía el PC hace 50 años: trabajar el territorio, acercar propuestas concretas y comprensibles a las zonas rurales y campesinas, marcar una clara narrativa de pertenencia y un enemigo encarnado en el burócrata, la élite italiana y europea que permite la “invasión” permanente de inmigrantes y la inseguridad. Su avanzada entre los sectores populares, como lo ha sido para todos los movimientos soberanistas y xenófobos europeos, se dio sobre el terreno abandonado por la izquierda, los sindicatos y los movimientos sociales.

En agosto pasado, la municipalidad de Bologna, histórica ciudad hegemonizada por el movimiento comunista y medalla de oro por la resistencia contra el nazi-fascismo, decidió desalojar el centro social XM24, que, desde hacía décadas, generaba espacios de socialización y debate, era sede de cooperativas y actores de la economía alternativa, además de ser un importantísima sede de contención y acogida para migrantes, que podían ir allí a aprender italiano y asesorarse acerca de su situación legal. Luego del violento desalojo, el edificio fue demolido y en su lugar se está construyendo un complejo de departamentos de lujo. Esa quizás puede llegar a ser la metáfora más clara del rumbo adquirido por cierta izquierda italiana que permitió el crecimiento de expresiones políticas como la de Salvini.

Ante la posibilidad de una derrota del PD en las elecciones del domingo, fue un grupo de jóvenes de Bologna los que impulsaron una iniciativa que se convirtió, por ahora, en el verdadero salvavidas del centro-izquierda italiano. En octubre pasado, frente a la organización de un comicio de Salvini en su ciudad, Mattia Santori, de 32 años, organizó un grupo en las redes sociales para dar vida a una contra-manifestación. El objetivo era juntar más gente que Salvini en una plaza central de Bologna donde, según los organizadores, iban a estar “como sardinas” por la masividad del rechazo a La Lega. Se propusieron juntar 6.000 vecinos. Pero a la cita acudieron 15.000. Desde aquél 14 de noviembre, las sardinas se convirtieron en el movimiento más citado y discutido de Italia, con encuentros en todo el territorio nacional, en algunos casos de más de 100 mil personas. Su principal impacto fue el de haber obligado a los aletargados votantes y dirigentes del centro-izquierda a mirar allí adonde no miraban hacía años, la calle. Su principal defecto es su naturaleza temporánea, desarticulada y el carácter interpretable de sus consignas. Santori y sus amigos debieron salir a explicar que se trata de un movimiento “de izquierda”. Pero su relación con la política partidaria y los demás movimientos sociales italianos no está definida, y corre el riesgo de terminar como los tantos fenómenos “anti” del progresismo italiano que se disolvieron en la nada, como los que se oponían a Berlusconi a principio de los 2000. Algunas de esas experiencias terminaron, inclusive, alimentando la militancia de partidos como el M5E o La Lega misma.

Una de las movilizaciones catalogadas como “las sardinas”, en la Piazza Grande de Módena, en noviembre de 2019

El “efecto sardinas”, sin embargo, tuvo mucho que ver en la derrota de Salvini en Emilia Romagna el pasado domingo. La afluencia en esta elección (donde el voto no es obligatorio) duplicó la de 2016, especialmente en los centros urbanos, donde la tendencia a favor del PD es muy evidente. Pero los interrogantes sobre el futuro de la política italiana persisten. ¿Hasta cuándo podrán los alicaídos partidos políticos soportar la embestida de Salvini?