Las elecciones, el reflejo roto del Perú

Elecciones en Perú.

Por Estanislao Arpone, desde Perú|

Hay que esquivar autos, todos tocan bocina y pocos paran, los buses son informales y pasan cuando quieren; al llegar a la tienda, el pedido que dejé no está listo y piden un día más, nadie da las disculpas. Ayer era en Lima, hoy en Cusco, y sucede en todas las ciudades del Perú. Sin embargo, la gente vota, cada un par de años, y espera que algo cambie. El domingo 26 fueron las elecciones para el nuevo Congreso del Perú, donde ningún partido superó el 11% de los votos. Y la noticia fue el regreso al Congreso del Frepap, brazo político de la Asociación Evangélica Misionera Israelita del Nuevo Pacto Universal. Aun medios y analistas hablan de sorpresa, y Zavalita, en la novela de Mario Vargas Llosa, se pregunta cuándo se jodió el Perú.

La violencia

Quizás no hay un solo momento de cuándo se jodió Perú, pero sí hay mucho para hacer todos los días, o para que no se joda más. El país está centralizado en Lima. Las decisiones políticas, económicas y sociales sobre la selva y la sierra, sobre el patrimonio y la cultura, se toman en el desierto que los españoles hace casi 500 años instauraron como la capital. Las discusiones entre lo público y lo privado son nulas. Los colegios y universidades más prestigiosos son privados. Las escuelas públicas marchan a ritmo militar, deben vestir camisa y pantalón, mientras las mujeres llevan falda. Los centros de arte son subvenciones de Francia o de Estados Unidos. En julio de 2019, el Ministerio de Educación cesó las tareas a 32 artistas que integraban el Conjunto Nacional de Folclore con una trayectoria de 44 años. La salud también es privada. Y ante todas las situaciones, las mayorías no hacen nada para cambiarlo. Existe una naturalización de la situación, desinterés o desasosiego que anula otras perspectivas y que puede tener sus bases en la violencia que vivió durante toda su historia el Perú. La Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), creada para analizar y documentar la violencia –asesinatos y secuestros, desapariciones forzadas, torturas, violaciones a los derechos colectivos de las comunidades andinas y nativas del país– ocurrida en el Perú en el siglo XX a manos de organizaciones terroristas, agentes del Estado o grupos paramilitares, en sus conclusiones dice “que el conflicto armado interno intensificó hasta niveles insoportables el miedo y la desconfianza, que a su vez contribuyeron a fragmentar y atomizar la sociedad. En esas condiciones, el sufrimiento extremo ha causado resentimiento y ha teñido de recelo y violencia la convivencia social y las relaciones interpersonales”. Y una de las secuelas que dejó fue la “descomposición moral en la que se hundió el país”.

En este sentido, el sociólogo Eloy Neira dice que en el país hay “un problema de afecto más que de educación: estrechez de corazón. Se construyó el Perú en base a un modelo europeo homogeneizante. Con profesoras que prohibían los ritmos y músicas populares y patronales, por miedo a ensuciar el sonido. Con racismo y machismo”. El investigador dice que “el único acuerdo nacional es la comida peruana, donde todos reconocen la diversidad” y que, sin embargo, esas diferencias sociales y culturales “podrían ser una riqueza”. Y aclara: “en Perú no hay un sentido de comunidad, fundamental para el civismo”.

Existe una naturalización de la situación, desinterés o desasosiego que anula otras perspectivas y que puede tener sus bases en la violencia que vivió durante toda su historia el Perú.

Los políticos son el síntoma

Los últimos cinco presidentes (Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski) están presos, prófugos, y Alan García se suicidó cuando lo fueron a detener.

No son casos aislados de corrupción, son el reflejo sistemático de una clase política en una sociedad acostumbrada a la mentira, la impuntualidad, que  trabajan por dinero y no por placer, con justificación y favores. En el caso de Kuczynski, renunció ante la denuncia de supuestas dádivas que habría recibido de Odebrecht, que se sumaron a videos donde ofrecía dinero para detener una investigación. Todos esos destapes, sumados a una amnistía a Alberto Fujimori el día de Navidad, forzaron su renuncia y la llegada de Martín Vizcarra a la presidencia. Vizcarra, en reiteradas oportunidades, sintió imposibilitadas sus gestiones ante un parlamento hostil dominado por fujimoristas (hoy Keiko Fujimori está presa). Como contempla la Constitución, y tras diversos vericuetos, el nuevo presidente cerró el Congreso y llamó a elecciones para cubrirlo. Así, el Congreso actual por primera vez en la historia solo cumplirá mandato por un año, hasta las elecciones generales de abril de 2021.

En ese caldo criollo de denuncias y descontento social, primó un voto de sálvese quien pueda sin grandes ganadores. La primera fuerza fue el tradicional Acción Popular. La segunda más votada, y que vuelve al Congreso tras dos décadas, es el Frepap. Movimiento que se dice campesino, que fundó Ezequiel Ataucusi Gamonal, muerto en el 2000, velado envuelto en joyas a la espera de la resurrección. Desde entonces, sus dos hijos luchan por el poder. El mayor, Juan Ataucusi Ospina, denuncia que su hermano, Ezequiel Jonás Ataucusi Molina, se robó el partido con sus 42 mil miembros, diezmos y una herencia que cuantifican en 33 millones de dólares. “Han hecho de la institución su chacra, su garbanzal. Están quebrantando la ley de Dios”, dijo Ospina. Sin importar las disputas internas, el Frepap ya piensa en su gestión y uno de los nuevos congresistas, Wilmer Cayhualla, se refirió a gays y lesbianas como personas que tienen “enquistado en su corazón y su sangre el mal”. Cayhualla también tiene denuncias por maltrato a su mujer.

Como dice Neira, “la búsqueda de la representación real, una y otra vez fracasa, y se pasa del patrón de hacienda al patrón político. El deterioro es tan grande que una persona de bien no quiere entrar. Eso es algo que debe cambiar”.

El tercer partido con más votos fue Alianza para el Progreso, creado por César Acuña, dueño de una universidad y denunciado por falsificar su título.

En ese caldo criollo de denuncias y descontento social, primó un voto de sálvese quien pueda sin grandes ganadores.

Veintiún partidos se postularon al Congreso Nacional. Con ellos, cambiarán algunos nombres y se aprobarán nuevas leyes. Lo que está por verse es cuánto del fondo cambiará con el sueño de que en décadas futuras otro Zavalita de otro escritor se pueda preguntar, cuándo fue que todo se cambió, y no más todo se cagó.

Por ahora, queda seguir visibilizando la discriminación y falta de aceptación de multiculturalidad que, como informa el censo nacional de 2007, llevó a que un 13% de la población peruana decidiera no transmitir el idioma a sus descendientes por temor al rechazo o la burla. Con respecto a ese valor que tiene el país en su variedad de lenguas, se cree que unas 37 ya se perdieron desde la instauración de la Colonia, y unas 62 lenguas están en peligro de desaparecer. Según los expertos, con el fin de una lengua se pierde conocimientos naturales, además de una manera de concebir el espacio, el universo y la relación con otros seres humanos.

Dado la situación social del país americano, es indispensable que los actores políticos se abran a, como dicen las conclusiones de la CVR, “la reconciliación como un nuevo pacto fundacional entre el Estado y la sociedad peruana, y entre los miembros de la sociedad”. Además, el mismo informe en sus conclusiones “entiende que la reconciliación debe ocurrir en el nivel personal y familiar; en el de las organizaciones de la sociedad y en el replanteamiento de las relaciones entre el Estado y la sociedad en su conjunto. Los tres planos señalados deben adecuarse a una meta general, que es la edificación de un país que se reconozca positivamente como multiétnico, pluricultural y multilingüe. Tal reconocimiento es la base para la superación de las prácticas de discriminación que subyacen a las múltiples discordias de nuestra historia republicana”.